Arte transgresor

El miniescándalo de la retirada de ARCO de las fotos de delincuentes condenados o en espera de juicio nos induce a reflexionar sobre los alcances del arte. Obviando la intención del autor de crear polémica y ganar unos minutos de gloria y promoción con el vitriólico mensaje implícito (si son presos políticos es porque España es un régimen antidemocrático), cabe preguntarse dónde están los límites del arte, si es que los tiene.

¿Es arte cualquier ocurrencia de un ciudadano que se llame o pase por artista? ¿Es arte esta galería de fotos que parecen sacadas de un álbum policial? Debe serlo puesto que, según la galerista, un coleccionista ha pagado noventa y seis mil euros por la «obra».

¿Es arte cualquier provocación por previsible que sea? Hace años triunfó en la prensa internacional la ocurrencia del artista conceptual Piero Manzoni, que envasó el fruto excrementicio de su vientre en una serie de latas de conserva convenientemente numeradas (edición limitada, 90 ejemplares) bajo la etiqueta, impresa en varios idiomas: Mierda de artista. Contenido neto: 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961 que, teniendo en cuenta la complejidad conceptual del objeto etiquetado, bien podría cuadrar a una definición de tantas obras que pasan por ser arte solamente porque las refrenda la firma de un artista. No es ninguna broma. La conserva coprófaga puede admirarse, protegida por cristales blindados, en prestigiosos museos y colecciones particulares y su valor se acrecienta con los años. El último ejemplar de la serie que salió al mercado se adquirió recientemente en Milán por 275.000 euros.

Arte transgresorLo de Manzoni, como tantas otras presuntas obras de artistas pudiera tomarse simplemente como una provocación, pero eso sería quedarse en la superficie del asunto. Merece reflexión el hecho de que hace unos años más de medio millar de expertos, críticos y artistas, consultados sobre la obra de arte más influyente del siglo XX coincidieran en señalar La fuente obra del vanguardista francés Marcel Duchamp, un simple urinario de porcelana, tipo Bedfordshire, de los de piquera, que el provocador pintor envió al Salón de Artistas Independientes de Nueva York en 1917. El original se perdió, pero la idea, transmitida por algunas revistas de arte progres, cuajó de tal manera que hoy puede admirarse una veintena de réplicas en galerías tan prestigiosas como la Tate de Londres donde el objeto concita tanta admiración como las Meninas en el Prado o la Gioconda en el Louvre.

La transgresión de Duchamp creó escuela y hoy en esta sociedad acelerada y confusa en la que vivimos ha propulsado un tipo de arte que no necesita aprendizaje alguno sino solo inspiración, el arte conceptual, en el que prevalece la idea sobre la realización artística.

¿Por qué sufrir el largo y penoso aprendizaje de la formación académica, esa antigualla decimonónica, si el artista puede acceder al parnaso con su sola voluntad e inspiración? Una silla colgada en un clavo de la pared es arte; una roñosa escalera de mano que los pintores habían olvidado en la exposición de arte moderno instalada del antiguo cuartel de El Carmen de Sevilla, durante la Expo del 92, se incluyó en el catálogo y pasó involuntariamente como obra de arte.

A un famoso pintor barcelonés le encargó la Generalitat la portada de un anuario. Pasaban los meses y el artista daba largas al asunto. Finalmente, con el libro ya impreso y a falta de pasar al encuadernador, un responsable de la Generalitat se personó en el estudio del artista para apremiarlo. «De aquí no me muevo hasta que tenga la portada», amenazó. El artista no se inmutó. Aparcó por un momento los pinceles con los que lanzaba ráfagas de pintura a un lienzo y tomando una de las planchas de cartón corrugado con las que protegía el suelo de los goterones de pintura recortó a mano un rectángulo de bordes irregulares y se lo entregó: hoy se tiene por una de las más inspiradas portadas de las publicaciones de la institución.

Hace años el neodadaista Yves Klein exhibió en la galería Iris Clert una obra titulada Le Vide: una vitrina vacía en una habitación vacía. Tracy Emin presentó en la Tate Gallery otra obra consistente en una cama deshecha unos pañuelos usados sobre la esterilla del suelo y unas pantuflas desfondadas. Una obra casi perfecta si le hubiera añadido un orinal, si se nos permite esta salvedad.

El propio Yves Klein estableció en su momento que «el artista debe de crear constantemente una única obra de arte: él mismo», una idea felicísima que se ha convertido en dogma no solo de una legión de embadurnadores, sino de coachers y clientes. Hoy cualquier persona pública cultiva una estética que la singularice. No sé si habrán notado que la progresía que se ha adueñado de una buena parcela de la escena política española exhibe un estilismo deudor de cierta voluntad iconoclasta de alejarse del convencionalismo indumentario atribuido a la rancia derecha. Nada de trajes, nada de corbatas, incluso nada de peine o desodorante.

La nueva estética tiene mil maneras de expresar su disconformidad con el orden establecido. Oscila desde la pelambre hirsuta y el tono de voz impostado, entre cavernoso y ampuloso de Joan Tardá, a la coleta y las camisas countryproletarias de Pablo Iglesias, pasando por el flequillo rectilíneo, kale borroka, de Anna Gabriel. Por cierto que, como el arte debe adaptarse al medio, la joven diputada exiliada está mutando, en su nuevo perfil helvético, hacia una estética más convencionalmente femenina, cejas depiladas, melena suelta, cutis limpio, y atuendo discreto, nada de camisetas superpuestas con las mangas de la inferior algo más largas y consigna reivindicativa en el pecho. Ha sido como si hubiese pasado por uno de esos programas de la tele que, gracias al trabajo de un esteticista asistido por media docena de maquilladoras y peluqueras, convierte a un ama de casa dejada y ajada en un bomboncito de mujer, dicho sea desde el respeto y el aplauso que esta metamorfosis de la gentil activista nos merece.

Juan Eslava Galán, escritor.

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