Arte y sangre en Nápoles (y 3)

La recién terminada Semana Santa siempre me provoca una sensación extraña. Algo que ver con una reflexión anual sobre la tradición y la sangre. Un vestigio de otra época, la Contrarreforma, que aún perdura. Frente al pietismo luterano y protestante, la exhibición pública, agobiante, de un catolicismo que no puedes esquivar. Es verdad que la inmensa mayoría de la población escapa y vacaciona, pero hay miles de individuos (e individuas) –(¿que se habrá hecho de aquella filóloga del zapaterismo, Bibiana Aído? ¿En qué puerta giratoria se habrá colado?)– a los que no me atrevería a llamarlos ciudadanos, expresión nacida de la Revolución Francesa, algo contraindicado en estos asuntos de la devoción y el ritual.

Arte y sangre en Nápoles (y 3)La sangre hace de argamasa en la tradición de la Semana Santa. Las procesiones llevan penitentes que sangran, y no me refiero a los empalados de Valverde de la Vera (Cáceres), ni a los picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja). No es lo mismo el espectáculo de una procesión andaluza que una zamorana. Recuerdo, hace años, lo mucho que me intimidó una Semana Santa en Zamora hacia 1970. Las andaluzas son fiestas, lo que no obsta para que la llamada tradición concentre unas dosis de fanatismo religioso al que nadie ha osado nunca describir y donde siempre aparece la sangre, ya sea en las imágenes, ya en los penitentes. En alguna ocasión ya conté cómo eran las Semanas Santas en el Oviedo de mi infancia. Implacable nacionalcatolicismo no apto para laicos, que debían recogerse en sus casas, o correr el riesgo de verse sometidos a sanción y ludibrio público. Yo lo presencié. ¡Aquello sí que era pensamiento único!

Que un dirigente de Podemos, alcalde de Cádiz, acompañe a su madre en la procesión, como ha hecho siempre, y por lo que parece descalzo y con cadenas –si no se trata de una manipulación televisiva–, a qué se debe: ¿al peso de la tradición, es decir, a la costumbre, o a las creencias íntimas –más que legítimas–, o al amor materno? Albert Camus en su discurso del Nobel dijo aquellas palabras de las que se arrepintió toda su vida, porque luego no hizo otra cosa que tratar de explicarlas para que no pudieran ser mal interpretadas. “Entre la verdad (¿o era la justicia?) y mi madre, yo escogeré a mi madre”. A mí siempre me dejó perplejo que la inmensa mayoría de los radicales revolucionarios de mi época se casaran por la Iglesia católica –estoy hablando del periodo franquista–, y solían argumentar “no quiero darle un disgusto a mi madre”. Algo patético; porque el mayor disgusto que le podías dar a tu madre era hacer una revolución y no precisamente rechazar los regalos de boda.

Si alguien quiere comprobar en un marco excepcional todo el peso de lo que fue, y aún sigue siendo, la Contrarreforma nacida en Trento (1545-1563) para frenar a los protestantes y mantener una Iglesia consagrada a la tradición, debe ir a Nápoles. Allí se mantiene viva, hasta tal punto que está considerada, hoy como ayer, como la capital de la Contrarreforma. Hay dos imágenes que sin ningún desdoro de la ciudad volcánica son signos de eso que la gente da en llamar tradición. Es cierto que una constituye la representación de las estafas más brillantes de siglos pasados. Te robaban y engañaban, ¡pero te garantizaban que ganabas el cielo, esa fabulosa invención de las vísperas en las que Dante que conmovió la cultura itálica!

La primera son las reliquias, asunto controvertido que llevó a más de uno a la hoguera, y que todavía hoy concita arrebatos criminales. ¿Alguien osaría burlarse de las reliquias futbolísticas? Pero en siglos pasados, fuera de personajes temerarios como Bocaccio o Rabelais, no osaban ni mentarlas. Hay que decir en su honor que incluso hombre tan templado como Erasmo llegó a denunciar aquella estafa. (Siempre admiré en Erasmo su negativa a venir a España por más que le invitaran. Era un hombre prudente).

En el Santo Spirito napolitano se guardan unas dosis de la Sangre de Cristo y lo que es más espectacular, dos garrafitas de “leche de la Virgen”, algo que ni la mente más enfermiza podría alcanzar a comprender. La grasa (sic) de san Lorenzo (sería la que caía de sus torreznos puestos a la parrilla), ojos de santa Lucía (la de los ciegos), piel de san Bartolomé (al que desollaron, creo), y lo que parece menos grotesco, capuchas de san Francisco, una de las cuales favorecía a las parturientas, por razones que se me escapan.

Pero lo que más me conmueve de las llamadas tradiciones napolitanas es la sangre. No la sangre derramada a chorros en las últimas generaciones por el narcotráfico, sino la de los mártires-héroes, como los denominó el profesor Romeo de Maio. Una oración ferviente podía hacer aparecer en un relicario la sangre de santa Patricia. No digamos la licuación de la sangre de san Genaro, una leyenda viva. O la de san Juan Bautista. Hay incluso una lista de sanguíneos reconvertibles: los santos Esteban, Lorenzo, Pantaleón, Avellino, Camilo de Cellis…Todo esto se pagaba y estas regalías iban a una ciudad con más de 10.000 eclesiásticos que cobraban las indulgencias.

Hay que señalar que ese siglo terrible que fue el XVII en Nápoles sufrió dos catástrofes. Si Voltaire se quedó anonadado ante el terremoto de Lisboa (1755), qué no habría de suceder en la sociedad napolitana después de la erupción del Vesubio (1631) y la peste atroz de 1656, que se llevó al 60% de su población.

La sangre está presente en nuestra historia y si me desazona la Semana Santa es en lo que tiene de dolor y sufrimiento de una población creyente que parece gozar en la sangre. En el museo napolitano de Capodimonte, antiguo palacio que domina la ciudad y más que ligeramente abandonado –baste decir que tiene un catálogo museístico, lo único que se puede comprar, firmado por el Touring Club, que causa vergüenza ajena; el criterio de los diseñadores han cortado los cuadros como si fueran fotos de familia–. Pero no se desanimen. El museo en sí merece la pena aunque tenga ese aire entre palacio y hospital que conserva el madrileño Reina Sofía, al que nunca han logrado quitarle el carácter de antiguo receptor de pobres enfermos.

En Capodimonte se muestran dos magníficas obras de arte y sangre. Una más amenazadora aun que la otra, porque en la primera se trata de un Caravaggio donde se preparan para torturar a Cristo. ¡Qué rostros de asesinos profesionales! ¡Qué escobas de espino en las que uno ya detecta la sangre corriendo por un hombre apenas vestido con una cobertura para sus testículos y lo demás muerte! Es el único Caravaggio del museo, su obra de máxima exposición, magníficamente ubicada para quien contempla, intimidado por una piedad inmensa ante la sangre que ya parece brotar del cuerpo inocente.

La otra sangre que hace enmudecer es la de Holofernes decapitado por Judith. Nunca he llegado a penetrar en las razones que hicieron de este tema bíblico un lugar común, basado en el espeluznante relato de Judith en la Biblia. En este caso se trata de una pintora mujer, la más singular sin duda de la historia de la pintura –ni Frida Kahlo ni hostias–, Artemisia Gentileschi (Roma, 1593-Nápoles, 1653), la muchacha violada por un colega de su padre, pintor, con el beneplácito paterno, y que construyó una obra artística insólita en un mundo de hombres arrogantes, por su calidad y fuerza. Trató con Galileo y con los intimidados intelectuales de su época.

La sangre es algo que llama la atención en la pintura religiosa de la Contrarreforma; apenas si hay otra. Un rasgo de actualidad, porque convivir con la sangre, con la muerte en grupo, en masa, se ha convertido en un hábito de la época que nos toca vivir. Como en el periodo de la Contrarreforma, morir ensangrentado ya no es privilegio de dioses y santos o herejes. Basta con estar en el lugar marcado por el destino.

Gregorio Morán

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