Artistas intérpretes o ejecutantes

La batería de instrumentos jurídicos internacionales de propiedad intelectual incluye una Convención específicamente dedicada a los artistas intérpretes o ejecutantes, productores de fonogramas y organismos de radiodifusión, conocida como Convención de Roma, que, en 1961, vino a complementar el marco jurídico de los derechos de autores, reconocidos y consagrados desde 1886 en el Convenio de Berna. No voy a ocuparme aquí de los instrumentos internacionales y regionales (europeos) que han venido actualizando posteriormente los inspirados conceptos de estas dos convenciones fundamentales. Ni siquiera intentaré analizar su deseable adaptabilidad al mundo digital. Sabiendo que la Convención de Berna protege las obras literarias y artísticas cualquiera que sea su forma de expresión (producciones literarias y científicas, obras dramáticas, composiciones musicales, obras cinematográficas, artes plásticas, coreografías, etc.) y que la de Roma se concentra en las prestaciones de artistas intérpretes o ejecutantes (actores, cantantes, músicos, bailarines y otras personas que interpretan o ejecutan obras literarias o artísticas), productores de fonogramas y organismos de radiodifusión, me ha parecido interesante analizarlas desde la observación del mundo que nos rodea. Constato que en el imaginario colectivo actual la figura del autor aparece desdibujada y hasta relegada por la popularidad de los artistas intérpretes o ejecutantes, las estrategias de las empresas discográficas y el poder de los medios de comunicación. No siempre fue así, pero es lo que hay en esta sociedad del espectáculo audiovisual en la que el mensajero predomina sobre el mensaje. Solo el mundo de los libros —y, en parte, el de las artes plásticas— escapa, al menos por ahora, a la muerte anunciada del autor. Conocemos bien a Shakira o a Bisbal, a Frank Sinatra o a Julio Iglesias, pero ignoramos todo sobre los autores de las canciones que les dieron fama, cuyo nombre aparece, casi ilegible, en las cubiertas de sus discos. Lo mismo sucede en el paisaje audiovisual. ¿Quién recuerda el nombre de los guionistas de las películas «Up in the air» y «Million dollar baby» frente a George Clooney y Clint Eastwood, que fueron respectivamente sus brillantes actores? Solo los cinéfilos podrán referirse a los directores, pero al guionista, nadie. Y lo mismo sucede con las más populares series televisivas. En las obras audiovisuales, los autores del guión tan solo se mencionan en esas interminables listas de créditos que nadie lee, convenientemente acompañados de luminotécnicos, peluqueros y hasta becarios (con el debido respeto a las aportaciones de estos profesionales). Después de todo, no es de extrañar, ya que frecuentemente el guión es solo una excusa para el lucimiento de los actores y/o de los llamados efectos especiales. No cabe duda; al igual que sus protagonistas, la Convención de Roma debería estar de moda.

Y, sorprendentemente, lo mismo sucede en la política. Recuerdo que hace años, siempre que criticábamos los vaivenes locos de algun líder político, un amigo mío y argelino, reconocido experto en derecho de autor, ponía los ojos en blanco y, tras un breve silencio, sentenciaba con admiración : «… C´est un artiste». Pues sí, tenía razón mi amigo; el liderazgo político de hoy está en manos de artistas intérpretes o ejecutantes apoyados en efectos especiales. El guión no importa; mejor dicho, no hay guión, ni relato, ni canción ni partitura. El mercado de la política está dominado por artistas esclavos de su imagen, quienes, a falta de guión, evolucionan improvisando sus prestaciones de solista, solo atentos a la sensibilidad de sus audiencias electorales. Estos líderes político-artistas, se rodean de otros muchos «artistas ejecutantes», corifeos vestidos de ministros y parlamentarios, cuya única tarea es ejecutar ciegamente las instrucciones del líder «artista intérprete» en un alarde de coreografía sin coreógrafo. Y ¡ay! de quien pierda el ritmo o intente por su cuenta una pirueta o un arabesco. Solo se acepta el «grand plié» como única alternativa a la expulsión de la compañía con cajas destempladas. El papel de los productores de fonogramas corresponde en esta metáfora a los conspicuos asesores de imagen, cuya misión es editar frases vistosas y eslóganes inconexos de breve recorrido, mantras que en boca del líder artista adquirirán valor de «mensaje» y se irán desgranando según convenga a los intereses de la compañía o partido político en cada momento; y, por supuesto, en función de la importancia que los organismos de radiodifusión —léase medios de comunicación— les hayan atribuido.

Tan imprevisible trasvase de artistas intérpretes o ejecutantes al universo político, de suyo desolador, es particularmente inquietante en tiempos de crisis. Que los líderes de la Unión Europea o del G-20 hagan dejación de la noble tarea política y de las altas responsabilidades que les incumben y —juntos o por separado— hayan decidido improvisar una prestación audiovisual global, o quizás un gran ballet, dejando de lado la sólida construcción de su correspondiente guión o coreografía, es una pésima noticia para los ciudadanos, por muy artistas que sean los líderes protagonistas y por más dóciles que se muestren los ejecutantes que les acompañan. Claro que lo difícil es redactar un buen guión. Su redacción en clave política exige madurez intelectual, conocimiento profundo a lo largo de la historia del pensamiento político, experiencia en relaciones internacionales, conciencia de la propia responsabilidad y de la complejidad de los problemas, capacidad de rodearse de los mejores, honradez, ejercicio constante de reflexión y ponderación, análisis prospectivo de escenarios alternativos, desarrollo de ideas y soluciones creíbles que sepan suscitar ilusión y esperanza, y, claro está, saber sacrificar los propios intereses a corto plazo en beneficio del interés público a medio y largo plazo. Pensar el futuro no es cosa de instinto, por mucho que este ayude a la propia supervivencia. Y siempre será mejor leer las memorias de Churchill que las aventuras de Mortadelo y Filemón, por decir algo.

Para nuestra desdicha, el mundo atraviesa un momento histórico particularmente difícil, marcado por la crisis económica, el desconcierto multilateral, el desencuentro de civilizaciones, la pérdida de los valores, el cambio de era, el desempleo, el terrorismo y la violencia, que pueden llevar al traste muchos logros de nuestra civilización decadente. Más que nunca, sería necesario contar con estadistas de verdadera talla, e intelectuales que no miraran hacia otro lado. Pero no están ni se avizoran. Los artistas intérpretes o ejecutantes han ocupado todo el escenario. Claro que, en realidad, el problema que tenemos no es de ahora. Ya era percibido allá en el siglo XI por ese gran filósofo y poeta persa que fue Omar Jayyám cuando renunció a aceptar el cargo de gran visir que, convencido de sus virtudes, le ofrecía el sultán Malikxah de Ispahan. Jayyám alegó para excusarse que «las cualidades que convienen al buen gobierno no son las que se necesitan para acceder al poder. Para gobernar —dijo— hay que olvidarse de uno mismo, no interesarse más que por los demás, sobre todo por los más desgraciados; en cambio, para llegar al poder hay que ser el más ambicioso de los hombres, no pensar más que en uno mismo y estar dispuesto a aplastar a los amigos más íntimos». Jayyám no estuvo dispuesto a aplastar a nadie. Va siendo hora de que estos talentos se encuentren algún día. Y cuanto antes, mejor.

Milagros del Corral, ex directora general de la Biblioteca Nacional.

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