Asaltar el infierno

«En nuestro país, si una corre un buen rato, tan deprisa como lo hemos hecho nosotras, generalmente acaba llegando a un lugar distinto –dijo Alicia, todavía un poco jadeante–». «¡Un país bien lento! –dijo la Reina–. Aquí, como ves, se ha de correr a toda marcha simplemente para seguir en el mismo sitio». A nosotros, a la inmensa mayoría de españoles, nuestros principios nos inspiran una perspectiva cuya lógica exaspera a la Reina del otro lado del espejo. Somos lentos porque no deseamos quedarnos en el mismo sitio. Somos prudentes porque procuramos no dejarnos impresionar por las fanáticas seducciones de coyunturas como la que vivimos. Tenemos la audacia de la sensatez, y el coraje necesario para conservar un orden social y político que garantiza nuestros derechos y libertades. Y nuestra sabiduría, acumulada durante siglos, nos permite comprender la fragilidad de este orden que no se sostiene por inercia, sino que es la culminación de un largo viaje a través de la historia, durante el cual, hace menos de cien años, estuvimos a punto de encallar y callar para siempre en los lodazales del totalitarismo.

Pero los falsos profetas, los místicos de pacotilla, los liderzuelos mesiánicos salidos de las entrañas del desconcierto de tantos ciudadanos ven las cosas de distinto modo. Ellos ya han cruzado al otro lado del espejo, ya han franqueado la línea de sombra que atraviesa con su trazo oscuro el horizonte de nuestra cultura, y han llegado a ese reino en el que todo funciona al revés. Las fantasías mordaces en las que se han instalado pretenden hacérnoslas pasar por una nueva política , un afán democrático de superar los obstáculos para la plena realización de la soberanía popular. Su problema no es que tengan que explicarle sus patrañas a una perpleja adolescente como Alicia. Su problema es que tienen que enfrentarse a nuestras convicciones. Nuestro mundo es el de los adultos en estado de alerta, el de los ciudadanos cuyos valores vuelven a verse amenazados por quienes han corrido tanto para no moverse de sitio, o para devolvernos a circunstancias históricas que vencimos cuando Occidente recuperó su sentido común y su aprecio por la dignidad colectiva.

Porque también entonces la seducción populista totalitaria se presentó con el entusiasmo púber de la novedad. Porque también en aquellos años centrales del siglo XX, el nacionalismo se presentó como la única forma de garantizar la realización histórica de quienes renunciaban a su ciudadanía individual para ser meros fragmentos de un organismo social mitificado. Porque también entonces la desesperación se presentó como esperanza y el desconsuelo tomó la forma de la ilusión. Porque también la catástrofe quiso presentarse con la augusta zafiedad de un orden nuevo.

Lo que me preocupa es el aire de normalidad, la cortesía parlamentaria con la que se acoge a estos portavoces del desastre, las buenas maneras con que se trata a quienes manifiestan que vienen a destruir las instituciones. Y, desde luego, resulta insufrible esa estúpida costumbre de salón ilustrado, esa boba jovialidad de excéntricos sin principios, que repiten el falso lema de la tolerancia: todas las ideas son respetables. No. La democracia nunca se ha basado en el respeto indiscriminado por cualquier idea ni jamás se pensó que la cohesión cívica consistiera en adjudicar idéntica consideración a toda propuesta social.

Desde el otro lado del espejo, unos curiosos individuos han seducido a una parte de la ciudadanía con postulados que quizás a ellos, en su veloz carrera hacia ninguna parte, les parezcan innovadores. A nosotros se nos revelan con el penoso aspecto de quien no se ha movido de sitio y trata de defender sistemas que Occidente canceló con dolor social infinito, muchos años atrás. Si han podido ejercer esa seducción ha sido por la ausencia de debate, por la incomparecencia de quienes han renunciado al contraste de ideas para agarrarse exclusivamente al recordatorio de nuestra legislación. A los preceptos de quienes quieren devolvernos, con un billete de tercera, a los peores momentos del pasado, hay que responderles con nuestros principios en la mano, si no más nuevos, más fundamentales, más poderosos para cohesionar una sociedad, más fuertes para garantizar la libertad y el bienestar de todos.

Y mucho más respetuosos con la democracia. Porque el lugar en el que debemos emplazar el campamento dialéctico de nuestros valores es, precisamente, el de la defensa de la pluralidad y la tolerancia. El de la intransigencia frente a quien aún cree que puede darnos el gato del totalitarismo por la liebre de la soberanía nacional. La salida de España de la crisis, el reforzamiento de nuestra confianza en un futuro juntos, se verá obstaculizado por dos propuestas contra las que deberían ser implacables los creadores de opinión. Los populistas de Podemos dicen representar a la gente frente a la oligarquía, a las personas honestas frente a la corrupción. A todos los buenos frente a todos los malos. A todos los dignos frente a todos los sinvergüenzas. La moralización dota, así, al discurso político de una extraordinaria fuerza persuasiva, demostración evidente de la ansiedad de valores que sufre nuestra sociedad, sin que a nadie le preocupara mucho esa circunstancia. Pero la hipertrofia de esa actitud tajante que divide el mundo en justos e injustos, en pecadores y elegidos, con la inmisericorde vehemencia de un pastor calvinista, es un puro retroceso a una forma de entender la sociedad alejada del pluralismo y rendida a la ferocidad distintiva de la inclusión y la exclusión.

En Cataluña, el nacionalismo ha conseguido correr un poco más para lograr no moverse de su lugar ideológico. Y se ha expresado con tal carencia de escrúpulos democráticos y falta de atención a lo que se entiende por libertad y pluralismo en Europa, que debería haber provocado una enérgica repulsa que superara los habituales recordatorios de los límites de la Constitución. Fuera de la lista única, los ciudadanos que podrán estar a favor de una u otra forma de organizar la sociedad, mantienen sus necesarias diferencias, sus identidades complejas, sus actitudes diversas. Fuera de la lista de Mas y Junqueras, da fe de su existencia una sociedad plural. La propuesta plebiscitaria se empeña en mostrar una inexistente bipolaridad, en levantar un muro entre catalanes de primera y catalanes de segunda. Entre quienes son auténticos y tienen un arraigo impostado. Entre quienes son verdaderos ciudadanos y quienes solo son satélites avergonzados, colaboracionistas de una potencia extranjera, sucursales de una empresa exterior.

Nacionalistas y podemitas desean llevarnos a sus particulares paraísos artificiales y nos quieren desmemoriados de nuestra historia aún reciente y de cuanto se ha entendido por la cultura política, las relaciones sociales y el orden de una civilización. Lo hacen desde el otro lado del espejo. Desde ese mundo en el que todo funciona al revés, donde la lógica se quiebra y los valores se invierten. Porque allí no se toma el cielo por asalto, como dice anhelar Pablo Iglesias. Allí solo se pretende asaltar el infierno.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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