Asalto a lo íntimo

Este es un presente plagado de paradojas. Unos se asombran de los recientes acosos a la intimidad de personajes públicos —sin duda, lamentables— cuando lo cierto es que el acoso a la intimidad es hoy un hecho común, bendecido y, con cierta exageración, legislado. Se privatiza lo público y lo privado se hace público. Lo peor de las crisis económicas es que permean perturbaciones morales y políticas que, inadvertidas, se instalan en el comportamiento de las sociedades, y lo curioso es que vivimos en una sociedad vigilada, pero no ya por el Gran Hermano (Estado), que también, sino por los propios ciudadanos que se entregan al exhibicionismo de su propia intimidad con una alegría desconcertante, cuando no con una predisposición jaranera de cumplir con un tópico falsamente democrático: el de contarlo, y enseñarlo todo, cuanto más indecente, mejor. Si medios de comunicación, de manera especial los audiovisuales, y redes sociales se nutren del desparpajo de la gente, ¿a qué extrañarse de que cuando pintan bastos la cosa se vaya de las manos y grupos envalentonados irrumpan frente a los domicilios? ¿No han irrumpido ya determinados programas de televisión bajo el beneplácito de la sacrosanta audiencia? Aquí parece que mienten todos o que, como el prefecto de policía Renault (Claude Reims) en la por tantas cosas mítica Casablanca, muchos «acaban de descubrir que se juega». Y se juega, sí, pero, en este caso con la intimidad de los ciudadanos.

Más allá de otro exhibicionista superlativo, Assange, o del escándalo reciente de las escuchas en Estados Unidos, o del asunto turbio y, por qué no decirlo, repugnante de las grabaciones privadas en el Reino Unido, y lo que venga, se esconde un enrevesado fenómeno de calado inquietante. Las cámaras vigilan, por mor de la seguridad, fronteras, aeropuertos, calles, plazas, hoteles, comercios, instituciones, carreteras. Qué decir de esa sensación de prisionero de un campo de concentración (eso sí, sofisticado e incruento) cada vez que un pobre ciudadano entra en el recinto de un aeropuerto: tensión, nerviosismo, humillación, donde solo eres, como en la gran serie de TV británica El prisionero, « un número » . El Estado —siempre benefactor y atento a la biopolítica— legisla sobre decisiones que atañen y competen a la vida privada. Pero ya sabemos que nadie se escapa a la solidaridad del Estado.

Datos personales atraviesan hoy las invisibles fronteras. Se preguntaba Somini Sengupta en The New York Times, en abril de este año: «¿De verdad valoramos nuestra privacidad?», porque lo cierto es que revelamos, no ya de manera consciente, como los freaks de los programas televisivos, sino inconscientemente, más datos personales de los que imaginamos: «Facebook puede ser especialmente valioso para los robos de identidad, especialmente cuando la fecha de nacimiento de un usuario es visible para el público». Señalaba Michael Ignatieff que «la vida democrática es un pacto difícil», y es que una de las claves de las sociedades democráticas, sociedades de votantes y contribuyentes, es el más escrupuloso respeto al individuo y a su privacidad, siempre, claro está, que tal privacidad no lesione derechos ajenos. Esta sociedad antes vigilada y ahora autovigilada pareciera que tiende, como ha señalado Giorgio Ambagen, «a la gestión del desorden».

Sociedad de la sospecha, de la cámara, del control obsesivo (alimentario, sanitario, tráfico). Refuerza el poder del Estado y debilita el del individuo, acosado por rocambolescas legislaciones pergeñadas en la oscuridad de un destartalado despacho burocrático. Lo paradójico del asunto es que las limitaciones a la libertad que las gentes de las naciones democráticas hoy aceptan habrían sido impensables hace apenas unas décadas. José Blanco White, un liberal sin neos ni neas, escribió en El Español el 5 de marzo de 1812: «La libertad verdadera y práctica no puede fundarse en declaraciones abstractas; su verdadero fundamento es la protección individual que el ciudadano debe hallar en los tribunales y en las leyes.» Pero doscientos años después, como bien ha señalado Antonio Valdecantos, resulta que «el individuo siempre es sospechoso». A más Estado, menos individuo, mayor control de las conductas, mayor sanción social, sazonada con el aplauso bobalicón de las audiencias.

Para el nobel Mario Vargas Llosa: «Vivimos en una época en que aquello que creíamos el último reducto de la libertad, de la identidad personal, es decir, lo que hemos llegado a ser mediante nuestras acciones, decisiones, creencias… aquello que cristaliza nuestra trayectoria vital, ya no nos pertenece, sino de una manera muy provisional y precaria». Y lo más espeluznante del caso es ese grupo de gentes que, con una aplicación de móvil, se presenta voluntaria (a fecha de hoy, más de un millón) para que se registre cada minuto de su vida. «Vivimos en la era de la vigilancia total» (Tim Weiner, autor de Enemigos: una historia del FBI), para sí habría querido ese turbio vigilante de vidas que fue J. Edgar Hoover la actitud de nuestros contemporáneos entregando gozosamente su intimidad. Así se destruye la sagrada línea que divide lo público y lo privado, porque lo colectivo arruina lo privado, lo devora, lo reduce a excentricidad y rareza.

Las redes cuentan todo, sí, pero de todos. «Vivimos fascinados —recordaba Fernando Castro en Revista de Occidente— ante la pecera catódica, hechizados por la insignificancia soporífera, indiferentes, incapaces de decir o hacer algo… Estamos atrapados en el exhibicionismo delirante de la propia nulidad con una extraordinaria falta de pudor y un singular servilismo de las víctimas que participan de la humillación (…) la confesión, conseguida en la oscuridad morbosa del encuentro con el sacerdote o en la disciplina más agresiva de los cuerpos, ha perdido cualquier sentido en el momento en que toda la gente quiere contar todo. Lo banal aumenta su escala, el nuevo banderín de enganche promete entretenimiento, el circo mediático eleva a los altares la estupidez sin asideros. Hace tiempo que los freaks tomaron el mando de las operaciones». Y como señaló Claude Chabrol, «la tontería es mucho más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene límites; la tontería, no». ¿De qué extrañarse, entonces, de los lamentables acosos? Si se alimentan desde dentro.

Por Fernando Rodríguez Lafuente, director de ABC Cultural.

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