Aseguran que debemos reír

Se me va el mes de octubre y este es el último sábado para dedicar a una de las singularidades más chocantes de la sociedad en la que vivimos. O lo hago ahora o tendré que esperar al próximo año, en el que quién sabe cómo tendremos el cuerpo para hacer el esfuerzo de sonreír. Porque no sé si ustedes están al tanto de que el primer viernes del mes de octubre, alguna autoridad internacional con escaso sentido del humor decidió consagrarlo al día mundial de la Sonrisa.

Esa es la razón por la que este año contrató a dos probos intelectuales españoles para que peroraran en lugar tan hermoso y emblemático como la Casa de América madrileña sobre la risa y la sonrisa. No he salido de mi asombro desde ese primer viernes del mes de octubre ante tamaño descubrimiento. ¿Por qué un viernes y el primero del mes? Se me escapa.

De niños, y estudiantes en colegios religiosos, el primer viernes de mes debíamos comulgar. Era un día señalado porque salíamos de casa sin desayunar, previa confesión de nuestros pecados la tarde anterior. Todo el colegio, en filas interminables, se colocaba ante aquel templete que servía de confesionario donde un dominico nos saludaba con unas palabras en latín a las que respondíamos, en castellano, “sin pecado concebida”, e inmediatamente pasaba a los detalles: “¿Has tenido malos pensamientos?, ¿te has masturbado ofendiendo a Dios?”. Nunca conocí a nadie que se masturbara pensando en Dios, sino en la criada, la vecina, la chica del colegio de al lado… Pero el ritual se mantenía viernes tras viernes de primeros de mes. Inmutable.

No era asunto como para reírse, pero cabe reconocer que aquello para la mayoría de nosotros era una día de fiesta que nos permitía suspender las primeras clases del bachillerato y sobre todo porque tras la comunión nos festejábamos con unos bocadillos que preparaban en casa y que no tenían nada que ver con el parco condumio de los días de labor. ¡Qué bocadillos! Recuerdo uno, imborrable en mi memoria, de un chaval del campo asturiano, hacia el monte y por encima de las brañas, que se deleitaba con uno de fabada. Frente a nuestras asexuadas tortillas francesas entre panes sin tomate, él llevaba un bocadillo contundente. Para mantener las alubias sin desparramar, la barra de pan venía ya de casa enrollada con una cuerdecita de bramante que iba retirando conforme avanzaba entre aquella farrapa que incluía amén de las alubias, el chorizo, la morcilla y el tocino, en pequeños trozos. De seguro aquel osado, de morirse de gula en aquel instante, hubiera tenido derecho al paraíso sin pasar por purgatorio alguno. Verle degustar aquel bocata, que diríamos hoy, nos llenaba de perplejidad, mientras retiraba la cuerdecita y se iba engullendo aquella monstruosidad gastronómica sin el menor rubor. Sonreía seguro de que tras la confesión y la comunión y tratándose del primer viernes de mes, nos retaba a entrar en el paraíso tan llenos y bien alimentados como él. ¡Quién sabe cuánto duraba la travesía!

Los tiempos han cambiado mucho y no sé si esta sustitución de las comuniones y los bocadillos de los viernes está vinculada a la decisión de ese primer viernes de octubre como día mundial de la Sonrisa. Tiene más coincidencias de las que ustedes se imaginan. En primer lugar, el pasado primer viernes de octubre profesaron, en dominicos posmodernos, dos cabezas intelectuales del primer orden en la religión de los nuevos creyentes. José Antonio Marina, filósofo al que se le entiende todo y con aspecto de cura antiguo de los que no acosaban ni metían mano, que eran legión.

El otro ponente, nada menos que Rojas Marcos, el psiquiatra andaluz de Nueva York, que se repite más que los rabanitos pero que me cae muy bien porque es capaz de explicarlo todo como si lo entendiera, y además la gente se queda contenta, convencida de que un genio le ha dedicado el tiempo suficiente para comprender su mal y darle un sentido a su vida. Sonreír. La efeméride del primer viernes del mes de octubre no tendría su detalle cotidiano si no añadiéramos que por más que se celebrara en edificio oficial como la Casa de América madrileña todo iba pagado por una empresa de yogures. La relación entre la leche y la felicidad es anterior a Freud, porque apela a los momentos más naturales y por tanto más felices de nuestra infancia: mamar del seno materno y luego evocar la vaca, ese animal totémico de nuestra infancia. ¡La leche recién ordeñada, tibia, ambrosía del recuerdo!

Tan egregios tratadistas intelectuales se esfuerzan en hacernos entender los motivos por los que tenemos que sonreír hasta descojonarnos de risa. En principio tengo dudas de que sea bueno para la salud, porque es sabido que la risa es la manifestación más común de los tontos. Ahora bien, me intimida la pretensión de crear una “ciencia de la sonrisa”, muy útil para la superación de la crisis: “Tú no puedes ir a una entrevista de trabajo y decir algo así como que soy una persona realista. Ni se te ocurra. Hay que decir siempre soy positiva y sonrío”, Rojas Marcos dixit.

Fíjense en el detalle. Si está usted parado y está cargado de hipotecas, hijos, suegras, nietos, angustias y desazones, no se le ocurra reconocer la realidad, y diga algo así como “soy feliz, y aunque podría vivir con las herencias de mis padres quiero aportar a la humanidad a través de su magnífica empresa mi entusiasmo, independientemente de la mierda que me va a pagar, las horas que me robará y las humillaciones que he de sufrir; pero míreme la jeta, ¡ve mi sonrisa!”, eso es lo importante. La mueca de la felicidad.

El gran Marina, José Antonio, hombre bregado en televisiones y tertulias, ¡qué claridad de pensamiento! Alcanza un nivel digno de Ortega o Unamuno, aunque sea a precio de Danone, la empresa promotora, y advierte contra una de nuestras inclinaciones seculares: “En España, el pesimismo tiene un prestigio intelectual que no se merece”.

La pregunta que llevo haciéndome desde el primer viernes de mes de este octubre que se acaba es cómo se puede tener tamaña desvergüenza a costa de los yogures y de la publicidad y de la candidez de la gente. Llevo un mes buscando motivos para reír, e incluso en su detrimento para sonreír, y es verdad que he encontrado razones para desarrollar todas las variaciones que consiente el sarcasmo, desde que me levanto hasta que me acuesto, pero reír o sonreír no puedo.

A reír no le encuentro el sentido, a menos que hagamos chistes sobre Narciso Serra y cómo se llevó la pasta de Catalunya Caixa en “leal y legal”, o que compartiera jolgorio con los delincuentes multimillonarios de la operación Malaya marbellí, que al leerles la sentencia parecía que les hubiera tocado la lotería. Y no era para menos.

Estos gañanes de la inteligencia deberían ser muy conscientes de que por más que estafen ideológicamente a la ciudadanía pagados por la leche de los yogures y la idiotez de la gente desnortada, en España hay una constante que condensa la risa y la sonrisa. Este país tiene por libro de cabecera, por más que se lea poco y se cite mucho, al Quijote, aunque habría amplia literatura vernácula para abundar en la misma idea del reír por no llorar. Y la historia de aquel hidalgo Alonso Quijano, que fue leída en su época con la misma idea que estos empleados por horas de yogures Danone y provocaba hilaridad a raudales, hoy no puede contemplarse más que como una historia dramática de un tipo que creyó que el mundo, su mundo, podía mejorarse.

Y ahí nace nuestra historia, para que vengan estos gilipollas titulados a explicarnos que la risa y la sonrisa mejoran nuestra salud y su bolsillo. ¡Estaríamos todos mucho más sanos si pudiéramos tener una economía saneada y una vida digna sin que se burlaran de nosotros! ¿Por qué nos callamos ante este atentado a la inteligencia? Antes de que nos demos cuenta estos fantasmas bien pagados se habrán convertido en gurús de la inteligencia, con una salud de hierro. Se levantan y se acuestan riéndose de nosotros.

Gregorio Morán

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