Asesinato en el Consejo Ciudadano

«¿Te has enterado de la cochinada de Manolo?”. En su epílogo a la edición de 1997 de Asesinato en el Comité Central, Gerardo Iglesias comenta cómo la novela cayó como una bomba entre la militancia del PCE. Allí se retrataba a un partido “completamente en cueros, con sus dosis de resistencialismo, con un concepto de la disciplina militante que ya no tenía cabida en los años ochenta, […]un partido con más triunfalismo que visión política para medir sus posibilidades de influencia con un abultado culto a la personalidad del secretario general”.

Recordemos el contexto. En 1981 se celebraba el V Congreso del PSUC, cuando la crisis era ya insalvable y Manuel Vázquez Montalbán planteaba una crudísima alegoría de un aparato enrocado en su cultura militante. Era reciente el recuerdo de las cloacas de un Estado que aún conservaba su estructura franquista y el partido usaba la coartada de su indudable hostigamiento mediático para promover una excepcionalidad y un resistencialismo que empezaban a parecer anacrónicos. En la confrontación con un PSOE mucho más fresco y sin tanto bagaje militante —“Cien años de historia y cuarenta de vacaciones”—, además se dejaba en el camino todo lo que constituía su especificidad. Desde abril de 1979, tras conocerse los resultados de generales y municipales, escribía Gregorio Morán, “se empieza a percibir que el PCE y su secretario general se están suicidando. Ni uno ni otro son capaces de admitir ni el más pálido y evidente reflejo de esa evidencia”. Hasta Carrillo, “el mago de la táctica” que había terminado absorbiendo las tesis críticas y realistas de Semprún y Claudín —el régimen no estaba tan erosionado—, perdía su aura de genialidad tacticista.

Asesinato en el Consejo CiudadanoA pesar de ser entendido como una “traición”, bajo el engañoso dispositivo literario de la novela negra, MVM realizaba un honesto y respetuoso ajuste de cuentas con su propio pasado sentimental. Sin embargo, no recurría al exhibicionismo un tanto narcisista de Semprún —“Semprún mata a Carrillo mucho más, aunque si yo hubiera escrito todo lo que sé habría sido una novela más espectacular que la de Federico Sánchez”—. Más interesado en comprender la nueva sociedad emergente que en ceder al resentimiento hacia su antigua identidad política, el autor se internaba en una reflexión sobre la admirable militancia comunista del pasado y sus anacronismos, reconociéndose un heredero herético de la misma. Sobre la disposición a “asaltar los cielos”, acentuada necesariamente en la clandestinidad, MVM escribía en su libro sobre la Pasionaria: “Si el Romanticismo identifica el yo individual como un aspirante a ser el único y el héroe, la inversión instrumental del socialismo científico prefiguraría en ‘El Partido’ como sujeto colectivo, como intelectual orgánico colectivo, todas esas características, ‘El Partido’, depositario instrumental del sentido de la Historia”.

No deja de ser una ironía de la historia que Pablo Iglesias, en 2015, poco después de la irrupción de Podemos, lanzara algunas puyas a Alberto Garzón recurriendo a algunos pasajes de la novela. Llama hoy la atención que se interesara por cómo los marxistas creen que es suficiente “poner música a la letra de las condiciones materiales” sin ser conscientes de que son “tan esclavos de la cultura como todos los demás”. La historia no se repite, pero rima. Desde entonces, su organización no ha hecho más que recuperar viejos modelos, como si la atmósfera cerrada descrita por MVM volviera como escena originaria. A la vista de los malos resultados y de la incapacidad de realizar una autocrítica que no apele a la división interna de la izquierda y culpe a los traidores, resulta ilustrativo evocar su análisis. Aunque la novela se leyó como una crítica al sentido religioso de la militancia, hoy nos ilustra acerca de los procesos de aprendizaje de nuestra cultura política más que cualquier tratado. Podemos ha cambiado nuestro escenario político —¿podría entenderse el actual PSOE de Pedro Sánchez sin ese corrimiento de tierras?—, pero su agotamiento hoy es tan evidente como la situación carrillista descrita por MVM. Se ha cerrado un ciclo y necesitamos pensarlo todo de nuevo: el liderazgo, la forma del partido, la militancia y la relación de la política con la sociedad.

Estamos en 2019 y del llamado hace unos años “régimen zombi del 78 (ni vivo ni muerto del todo)” estamos entrando en un nuevo capítulo de lo que parece una “larga Transición”. Me atrevo a calificar este momento como “régimen sentimental del 78”. Cierto que el miedo ha cambiado de bando: la residual estructura ya no se enroca frente al terror rojo de Podemos; el miedo ahora es a una posible vuelta al pasado. Las “dos Españas” emergen bajo nuevos rostros como una suerte de estado de naturaleza frente a un imaginario del progreso tampoco en buena forma. ¿Algunos síntomas de este momento sentimental? La exagerada despedida de Rubalcaba como “hombre de Estado”; el eco terrorista de la detención de Josu Ternera; el peligro del desdibujamiento de la derecha distanciada del “centro”, el temor a la llegada de la extrema derecha a nuestras instituciones, que solo parcialmente puede entenderse como una “alerta fascista”… Reconozcamos la extraordinaria resistencia de esta cultura política y sus líneas de fuerza históricas, su contumacia ante cualquier impugnación, pero también que esta fase sentimental de “vuelta a la izquierda moral” y bipartidismo de bloques también descansa en suelo frágil. No lo olvidemos atendiendo a la situación económica y geopolítica.

Describiendo la trama del asesinato del secretario general, MVM buscaba dar sentido a la crisis de la izquierda buscando responsables, no culpables. ¿Quién se carga a Carrillo? Para responder a esta pregunta ahonda en su propio desencanto político y en la estructura sentimental emergente. Entender ese fin de ciclo —el de un comunismo español curtido en las catacumbas de la lucha antifranquista— implicaba distanciarse con respeto de la cultura militante del PCE. Quien asesina al secretario general no es la mafia ni las cloacas del Estado ni la venganza fratricida de un compañero. La alegoría busca diseccionar la muerte de una ilusión concreta. Lo que destruye esa pulsión de futuro es un modo de entender la política y el poder: la uniformidad, el cierre de filas, la exhortación sacrificial, el miedo a la falta de control, la búsqueda permanente de “traidores”. El personaje de José Santos lo define como “la atrofia del sentimiento de la realidad”. El carrillismo como una forma de liderazgo fallido entre dos mundos históricos.

Podemos hoy intuir la zozobra interna del escritor, que se resiste a banalizar o ridiculizar. Solo se permite el sarcasmo con personajes, por otra parte, admirados como Cerdán —trasunto de Manuel Sacristán—, por considerar, entre otras causas, que esa relación traumática atenta contra su sentido epicúreo del goce. MVM tampoco entendió nunca que a Anguita no le gustara comer. Su respeto profundo a la lucha de su excompañeros, incluso la matizada comprensión del asesinado —a Carrillo, obviamente, la novela le desagradó— nos interpelan hoy como recuerdo de que la crítica más honrada es la que sitúa al crítico, en alguna medida, lo bastante dentro como para seguir avanzando como heredero de las ilusiones marchitas y lo bastante distanciado como para no perder el “sentimiento de la realidad”. Cuando se cierran las puertas del Comité Central, Carvalho, eso sí, deja a los fieles en el interior de ese espacio presumiblemente cada vez más asfixiante.

Germán Cano es profesor de la UAH y fue consejero estatal de Podemos

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