‘Asesinato no voluntario’

Por Miguel A. Ibáñez Narváez, profesor jubilado (EL MUNDO, 15/02/07):

Reconozco que este título incurre en una contradicción en los términos mismos en que se expresa, igual que sería decir, por ejemplo, una alegre pena. «Asesinar», dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, es «matar a alguien con premeditación, alevosía, etc.». ¿Cómo puede ser no-voluntario un acto así? Cuando no hay voluntad, el acto de provocar a alguien la muerte se cualifica como homicidio, no como asesinato. Sin embargo…

Han pasado casi dos meses desde el atentado de ETA en el aeropuerto de Barajas de Madrid. Los escombros sepultaron a las víctimas mortales, dos jóvenes ecuatorianos que, en la intención de ETA, debieron no morir. La banda avisó con antelación para que se pudiera desalojar el aparcamiento y no hubiera riesgo de que alguien quedara sepultado bajo los escombros. Porque ETA, no es que no quiso matar, es que quiso no matar a nadie. Tenía mucho interés en que no hubiera muertos. Pero… ¿quién podía pensar que había dos jóvenes tan profundamente dormidos que no pudieran oír los avisos de las autoridades policiales mientras se desalojaba el aparcamiento?

¿Supone esto una disculpa para ETA? Por supuesto que no. Ni siquiera pensarlo. Por eso no dudo en llamar asesinato a esas muertes, incurriendo en esa contradicción que luego explicaré.

Pero, antes que nada, conviene ponderar el hecho del atentado, tal como supuestamente lo quería ETA; es decir, en el supuesto de que nadie hubiera quedado aplastado por los escombros de la Terminal 4 de Barajas. ¿Por qué la banda terrorista quiso cometer esa barbaridad de destruir la terminal? Porque la colocación de la furgoneta bomba y la enorme magnitud del destrozo que se habría de producir -eso sí fue voluntario- hubiera constituido por sí misma una gran atrocidad, incluso si no hubiera habido ninguna víctima mortal.

Si parece que prescindo de que hubo víctimas -cuando, por supuesto, en realidad las hubo- no es para ponderar el desastre material. Frente a la muerte, aun de una sola persona, los destrozos del aparcamiento, por muy grandes que sean, carecen de importancia. Pero no he visto que se haya reflexionado suficientemente sobre lo que sí quiso hacer ETA y por qué de esta manera. Más bien me ha dado la impresión de que se eludía deliberadamente pensar en ello -sólo comprensible por el impacto provocado tras conocer la muerte de dos pobres emigrantes jóvenes-.

Esa burrada (con perdón de los burros…) era sin duda un mensaje para Zapatero. ¡Qué delicadeza de mensaje! ¡Es que el muchacho no se enteraba! ¿No le parecían suficiente aviso ni mensaje los autobuses en el País Vasco destrozados, los cajeros automáticos y establecimientos quemados…? ¿Tampoco los repetidos mensajes desde el entorno proetarra de que las conversaciones estaban estancadas, de que ETA daba al Gobierno como plazo el final del otoño para que moviera ficha? Pero claro, si Zapatero era o se hacía el sordo, la banda creyó necesario hablarle con más volumen. ¡Y qué volumen!

Y conviene descifrar el mensaje de los etarras. «Que se entere de una vez de lo que somos capaces de hacer. Que no sólo no tenemos intención de dejar las armas, sino que nos hemos preparado para lo que haga falta. Que se deje de tonterías y no nos siga toreándonos». ¿Valdría así?

Pero… no salió la jugada perfecta. Porque había que seguir las reglas del juego. Una ficha del juego (macabro) era que no debía haber ningún muerto. Era el supremo argumento de Zapatero -«hace tres años y medio que no hay víctimas mortales»- para poder mantener que el «alto el fuego permanente» seguía vigente. Pero dio la maldita casualidad de que dos pobres muchachos, dormidos, quedaron aplastados bajo los escombros. ¡Qué mala suerte! ¡Bueno… también para ellos! Pero también para el juego a que jugaban ETA y Zapatero.

Pero… el argumento de los terroristas para justificarse era claro: «Eso no fue culpa nuestra. Nosotros avisamos con tiempo. Fue culpa de la Policía, que no evacuó bien la Terminal…». Así que el paso siguiente de Zapatero fue dar «orden de dejar en suspenso toda conversación»… de momento. Y después…, ¿por qué no seguir dialogando? Si el alto el fuego sigue en vigor… Aquello fue sin querer. Fue un «terrible accidente mortal».

A pesar de todos los signos que demostraban que nada en el entorno de ETA había cambiado, el presidente del Gobierno seguía impertérrito en la inexplicable confianza en que la banda sí había cambiado. Y en que pronto iba a declarar su conversión pacífica. Estaba a la espera anhelante de claros signos que demostraran que así era. Por tanto, ¿cómo iba ETA a desmontarle ese discurso poniéndole sobre la mesa de negociación un cadáver más en su macabra serie? Sería echar por tierra el gran argumento de Zapatero. Sin ese argumento, ¿cómo iba a poder seguir justificando el injustificable deseo de seguir dialogando con ETA?

La muerte de aquellos ecuatorianos fue un asesinato. ETA quiere matar. Y quiere no matar, y quiere todo lo que haga falta, siempre que sea útil para sus fines. Y, aunque afirma que mantiene «el alto el fuego», no descarta «la posibilidad de la lucha armada» porque sigue siendo de utilidad para cuanto pretenden. Por tanto, toda muerte de ETA debe ser llamada asesinato, porque la banda es asesina por naturaleza. Y por confesión propia. (¿Se acuerdan, por ejemplo, de las amenazas de Chapote al juez de darle siete tiros y arrancarle la piel a tiras?)

Por tanto, es una aberración ética por parte del Gobierno (aunque no sólo de él) pensar que si ETA deja de matar, ya no hay problema. ¿Es que el mal de ETA está sólo en las bombas y las pistolas? ¿O en el dedo que aprieta el gatillo o actúa el detonador de la bomba? ¿No está más bien en la perversión mental de creer que es lícito, e incluso normal, usar el asesinato, el secuestro, la extorsión, el estrago, todo lo que sea… para conseguir sus fines? Para ETA, estas acciones no son crímenes, tienen sólo un valor instrumental, desprovistas de toda dimensión ética. Por eso, aunque entregara las armas, ETA seguirá existiendo. Porque, como dijo alguien, «ETA no se va a hacer vegetariana de la noche a la mañana».

A lo largo de estos 40 años de existencia de la banda, ha habido entre sus miembros quienes han reconocido su error y se han apartado del crimen. Pero siempre han quedado quienes no renuncian a sus objetivos ni a sus inaceptables medios. Porque saben que, de otra manera, no pueden conseguir lo que pretenden. No vale engañarse con que en ETA hay dos tendencias. Porque si una renuncia a la violencia, deja de ser ETA, y en consecuencia deja de tener sentido dialogar y negociar la paz con ella. Y la otra, un resto siempre renovado, será la ETA eterna e irredenta con la que no cabe diálogo, sino persecución o sometimiento.