Asesinos de esperanzas

Por Jesús Prieto Mendaza, antropólogo y profesor. Colaborador de la Universidad de Deusto y Bakeaz (EL CORREO DIGITAL, 14/01/07):

Hay noches en las que es difícil conciliar el sueño. Ésta es una de ellas. Las imágenes de lo ocurrido en la T4 de Barajas, el dolor de los familiares de estos dos jóvenes ecuatorianos, no ha hecho sino retrotraerme al sábado 16 de diciembre y recordarme, una vez más, la injusticia que supone convertirse en víctima de la violencia y el fanatismo. Esto ha sido, y no otro sentimiento, lo que me ha levantado del lecho y me ha empujado hacia el escritorio.

Aquel día acudí acompañando a la familia del ertzaina asesinado Jorge Díez Elorza al Palacio De Montehermoso, donde la Diputación Foral de Álava y el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz brindaron un esperado homenaje a las víctimas del terrorismo en nuestro territorio histórico. Fue, como esperaba, un día intenso y con una fuerte carga emotiva.

El alcalde Alfonso Alonso dirigió una calurosa y sincera bienvenida a todas las víctimas y sus familiares, muchos de ellos exiliados a miles de kilómetros de distancia. A continuación, reconozco que me emocioné, la presidenta de las Juntas Generales, María Teresa Rodríguez Barahona y el Diputado General, Ramón Rabanera, reprimiendo a duras penas las lágrimas, pidieron perdón y resaltaron la deuda que esta sociedad tenía contraída con cada uno de aquellos cuarenta y seis asesinados por ETA. Angel Altuna, José A. Ustaran y Natividad Rodríguez, viuda de Fernando Buesa, consiguieron con las narrativas de su victimación que los pelos se nos pusieran como escarpias a todos los allí presentes.

A través de un sencillo vídeo los ausentes fueron apareciendo uno a uno, quienes ya no pueden estar entre nosotros se mostraron ante el auditorio logrando así la visibilización pública que quisieron hurtarles sus asesinos. El llanto en estos momentos, créanme, fue imposible de reprimir para muchos de los allí presentes. No había sentido esa emoción desde que, hace un año, asistí completamente solo -en una ciudad, Vitoria-Gasteiz, de más de doscientos mil habitantes- en la sala de proyecciones, al visionado de ‘Trece entre mil’, esa extraordinaria película de Iñaki Arteta.

Fue impresionante observar cómo madres y padres, de avanzada edad y que a duras penas podían andar, deseaban estar allí presentes y recoger ese sincero homenaje, aunque tardío, a sus hijos muertos. Indiqué a dos jovencitas sevillanas dónde se encontraba determinada calle de Vitoria. Querían pasear por el lugar donde su padre murió asesinado. «Allí exhaló su último aliento papá, sabe usted, queremos conocer ese lugar. Muchas gracias por orientarnos, la gente de aquí sois muy amables… Déme un abrazo y feliz Navidad». ¿Dios! Aquellos brazos me encogieron el alma.

Silverio Velasco, cuñado del general Garrido, quien fue asesinado junto a varios miembros de su familia en Donostia, me hizo partícipe de varias confidencias. «En la capilla ardiente de los asesinados algunos familiares clamaron contra los asesinos. La madre, contando entonces casi noventa años, les recriminó su actitud. No es de cristianos la venganza, hijos, pido expresamente que si les detienen sean tratados correctamente… Mis sobrinos sufrieron muchísimo, nadie lo puede imaginar, pero son muy generosos, desean justicia pero nunca venganza. Ellos están dispuestos a perdonar». ¿Qué extraordinario alegato de amor y a la vez qué ejemplar contundencia contra el odio, la revancha o la tortura!

Recordemos que entre las víctimas de ETA no han existido casos de respuestas violentas (tan solo puedo recordar en estos momentos el repudiable caso del conocido ultraderechista Saenz de Ynestrillas) y los familiares de los asesinados o mutilados tan solo han pedido justicia, verdad y memoria por métodos pacíficos.

Cuántas frases más golpearon mi conciencia durante esa mañana.

-«Me considero una mujer fuerte pero… nos fuimos a Córdoba. Soy de Miranda de Ebro, pero he rehecho mi vida allí. Mira, estos son mis hijos… Se parecen a su padre».

-«Le enterramos casi solos… Ni nuestros amigos se atrevieron a venir. Después…, sin despedidas, sin nada, nos fuimos a vivir a Madrid».

-«Habían matado a mi padre y a los pocos días me insultaban en el patio de mi colegio…., ‘hijo de txakurra’ me decían».

-«A veces pienso que he sido una cobarde por coger a mis hijos y llevármelos lejos… pero aquí el ambiente se me hacía irrespirable».

-«Dios… Nadie sabe lo que pude sufrir. En lo único que pensé durante muchos años fue en quitarme la vida. Éramos tan jóvenes, él era tan buena persona…, perdona… ¿Qué hizo de malo? Lo único que hacía era regular el tráfico en una carrera ciclista… Nadie me ayudó, me encontré sola, recién casada y sola. No podía quedarme, no podía. Dicen que incluso un cura estaba implicado… ¿Por Dios!»

Cuarenta y seis asesinados en Álava, muchos más en todo Euskadi y una cifra cercana al millar en toda España, cientos de familias y de proyectos de futuro truncados. Bien, a pesar de todo su dolor no escuché una palabra de reprobación contra Euskadi ni contra la sociedad vasca, todo lo contrario, sus palabras fueron de agradecimiento y de afecto. No percibí ningún alegato a favor de la venganza, sino ejemplos encomiables de disposición al perdón (un perdón que, como apunta acertadamente el profesor de la Universidad de Deusto Xavier Etxeberria, no excluye en ningún momento la demanda de justicia), a la generosidad y con la esperanza puesta en que el horror sufrido por ellos no volviera a repetirse en ninguna otra persona. «… Deseamos de todo corazón que nuestras esperanzas de paz no se vean frustradas… Creo que esta vez se logrará, parece que esto ya es definitivo… Qué alegría que todo el horror que yo sufrí no lo padezcan más personas, esa posibilidad supone una gran alegría para nosotros».

Disimuladamente tuve que retirarme al servicio; allí, después de refrescarme la cara -como si la vergüenza pudiera eliminarse con agua- observé mi rostro en el espejo y no pude sino espetarme airado: «¿Maldito cabrón! ¿Dónde estabas tú aquellos años de plomo? ¿Qué hiciste salvo estudiar, divertirte de fiesta en fiesta y mirar para otro lado cuando todos ellos se convertían en víctimas del fanatismo que asesinaba en tu nombre? Quizá si te hubieras movilizado antes, la lista del horror en Álava no hubiera llegado hasta estos, casualmente todos varones, cuarenta y seis hijos de nuestro miedo y de nuestra pasividad. Quizás el número de féretros tanto en Euskadi como en el resto del territorio español no habría sido tan elevado si nos hubiéramos plantado ante tanta sinrazón».

Hubiera deseado pedirles perdón uno a uno. Perdón por mi miedo y por mi falta de decisión ante el fascismo vasco. Perdón por haberme encontrado rehén de lo que yo pensaba equivocadamente que era el amor por la cultura y lengua vascas, por la patria, por la ikurriña, por los derechos colectivos…, sin darme cuenta de que me estaba comportando exactamente igual que los miles de alemanes que conocían la existencia de los campos de exterminio. Tardé mucho tiempo en darme cuenta del terrible sentido que tomaban para mí las famosas palabras de Simone Weil: «A una colectividad sea la que sea, patria, familia, bandera…, no se le debe respeto por sí misma, sino como alimento ético para los seres humanos».

Comenzamos el año 2007 con el terrible mazazo de lo ocurrido en el aeropuerto madrileño. Hemos tomado las uvas y una copa de cava con el amargor de pensar en que el dolor de esas cuarenta y seis víctimas alavesas se verá reproducido ahora en dos familias centroamericanas, pero sobre todo quienes han sido asesinadas en este trágico fin de año han sido las esperanzas de paz de una sociedad que confiaba, de una vez por todas, en alcanzar una ciudadanía libre y normalizada; que deseaba con todas sus fuerzas dejar de ser el único tumor maligno que queda en la Unión Europea.

Los terroristas han sido, sobre cualquier otra consideración política, asesinos de esperanzas.