Asesinos en bicicleta

Por Juan Villoro, escritor (EL PERIÓDICO, 23/06/07):

En la novela Amsterdam, de Ian McEwan, los protagonistas sellan un pacto para ir a Holanda, donde la eutanasia es legal. Al recorrer esas calles, sienten que están en el sitio más civilizado de la Tierra: incluso los carniceros tienen aspecto de profesores de historia.
Holanda ha construido una sociedad que asume las discrepancias como un estímulo para la pluralidad y para formar complejos gobiernos de coalición. Pero las cosas no siempre fueron así en el país donde Rembrandt registró la forma en que enrojecen las mejillas.
En el siglo XVII, Baruch Spinoza fue perseguido por su racionalismo. El filósofo conservó una capa rasgada por un cuchillo para recordar el límite de sus ideas. La ilustración holandesa permitió transitar de los oscuros canales donde un pensador podía ser acuchillado a una sociedad de envidiables conquistas cívicas. Desde el linchamiento de los hermanos De Witt, en 1672, los únicos brotes de violencia parecían ocurrir en las tribunas del Ajax.

EL 2 DE noviembre del 2004, el cineasta Theo van Gogh avanzaba tranquilamente en bicicleta. Había recibido amenazas por su documental Sumisión, donde retrataba el sometimiento de la mujer en la cultura islámica, pero se negó a tener guardaespaldas. «Esto es Holanda», comentó sonriendo. Más que por su histórico apellido, se sentía protegido por la tendencia holandesa a enfrentar una polémica con otra polé- mica. Esa mañana se topó con un ciclista que pensaba distinto: Mohammed Bouyeri, marroquí de 26 años, le disparó a quemarropa, trató de decapitarlo y le clavó un mensaje en el pecho con un cuchillo. Bouyeri actuó en público, convencido de ganar el cielo. El caso dio lugar al libro de Ian Buruma Asesinato en Amsterdam, que explora las fronteras de la tolerancia. Aunque el título alude a una trama de misterio, Buruma no busca culpables: expone, con la mayor sensatez posible, las contradicciones de un país donde el respeto a la discrepancia coexiste con el fundamentalismo religioso. Esta tensión también se presenta al interior de la rica cultura árabe.
¿Es aceptable que una sociedad que preconiza la igualdad reciba a comunidades que la rechazan? Recuerdo la tarde de lluvia en Barcelona en que hice una larga cola ante una oficina de migración. Delante de mí iba una chica que no llevaba paraguas. Traté de protegerla con el mío, sin que el gesto fuera invasor. Ella no hablaba castellano. Me vio con una mezcla de gratitud y desconfianza. Aceptó una parte del paraguas, ofreciendo la mitad del cuerpo a la tormenta. Cuatro horas después llegamos a la oficina. En la puerta ella se desmarcó de mí. Seis árabes llegaron a la fila, perfectamente secos. La chica había hecho la cola para ellos.
¿Qué sucede cuando, en el seno de una democracia, una religión fomenta un trato desigual hacia la mujer? La fórmula holandesa de integración en la diferencia ha sido puesta en entredicho. Tres años antes que Van Gogh, el político Pym Fortuyn, que abogaba por frenar la cuota de inmigrantes, fue asesinado por un hombre blanco que llegó al lugar del crimen en bicicleta.
El mensaje que Bouyeri clavó en el pecho de Van Gogh iba dirigido contra Ayaan Hirsi Ali, la mujer que escribió el guión de Sumisión. Ali nació en Somalia, creció en Kenia, padeció la discriminación como mujer negra en territorio musulmán, se trasladó a Holanda, estudió Derecho en la Universidad de Leiden, con menos de 35 años se convirtió en diputada del Parlamento y narró su aventura en un libro excepcional, Mi vida, mi libertad. Al entrar en contacto con una sociedad abierta, se atrevió a criticar al profeta Mahoma por aceptar como esposa a una niña de 9 años y se opuso a las prácticas restrictivas del fundamentalismo, incompatibles con la democracia. Su mensaje de separar la religión del Estado sonaba como el de Voltaire en el siglo XVIII. En la integradora Holanda, Ali fue amenazada de muerte. Después del asesinato de Van Gogh, un comando antiterrorista se hizo cargo de ella y la sacó del país en una situación parecida a un secuestro. Cuando pudo volver, advirtió que su defensa de los derechos de la mujer islámica en suelo europeo había causado una crisis política.

AL LLEGAR a Holanda, más de 10 años antes de estos sucesos, Ali dio un nombre falso, pues era perseguida. En varias entrevistas admitió esto, pero solo cuando se volvió incómoda, el dato sirvió para revocarle la ciudadanía. La activista tuvo que abandonar Holanda y se asiló en Estados Unidos.
En la crónica de Buruma, Van Gogh aparece como un clown genial, Ali como una mujer atractiva, lúcida e intransigente, Fortuyn como un narcisista deseoso de escandalizar. Buruma no exculpa a los asesinos, pero busca comprenderlos como si la causa de su violencia no fuera el fanatismo sino la provocación de las víctimas. En el estremecedor libro de Ayaan Hirsi Ali no queda duda de quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos. La multiculturalidad ha servido para abrir espacios de tolerancia. ¿Qué pasa cuando esta imprescindible tarea se convierte en una ideología que da votos? Es el desafío de las sociedades de apariencia tranquila, donde la amenaza puede llegar en bicicleta. La capa de Spinoza atravesada por un cuchillo vuelve a marcar los límites de la libertad.