Así pasen cinco siglos, un galeón

Hay preguntas que nos esperarán después de rememorar el viaje de Magallanes y Elcano, que seguirán dando vueltas a nuestro alrededor cuando hayamos acabado de recordar los quinientos años de la Primera Vuelta al Mundo. Tal vez haríamos bien en definirlas, incluso imaginar respuestas. Uno puede preguntarse por el sentido último de conmemorar los hechos fundamentales de nuestra historia, como es -sin duda- esa primera circunnavegación global, probablemente el viaje más importante y difícil de todos los tiempos. O por el provecho de recordar como merece la llegada de Hernán Cortés a las costas de México, que añadió enorme complejidad a nuestra historia y a nuestra cultura. ¿A qué se debe esta aglomeración de aniversarios? ¿Qué vamos a hacer? Parece que hace cinco siglos empezase todo.

Por «todo» podríamos entender una sucesión de hechos asombrosos, viajes, exploraciones, conquistas, derrotas y extravíos gracias a los que España abrió caminos que otras potencias quisieron seguir, no pocas veces sangrientos, pero que en nuestro caso conformaron una civilización nueva en las tierras de América, que no era indígena ni era europea, sino mezclada, y que define el nacimiento del mundo moderno. A los críticos de aquel legado les gusta aplicar lupas en donde la injusticia fue visible, juzgar sumariamente nuestra historia con criterios de hoy y disimular esta miopía con luz forense frente a las manchas de sangre lejanas en el tiempo. Por contra, los entusiastas de lo hispánico suelen olvidar -incluso rechazar íntimamente- que la herencia de todo aquel imperio debe la legítima a cada uno de sus centros -que son tan hijos suyos como España- y también que se debe mirar desde América, justamente, la historia global de España, con sentido crítico constructivo, para comprender cabalmente la complejidad de la que procedemos.

imgLo más triste es que a unos y a otros se les ha olvidado algo fundamental. No hemos investigado como merece el único lugar que conserva todas las capas, estamentos y comunidades de aquella civilización y donde se pueden estudiar sus verdaderas relaciones: los restos de un viejo galeón naufragado. Esto es tanto como decir que hemos investigado el primer imperio global marítimo de la historia excluyendo los barcos, las máquinas que lo hicieron posible. La nación que impulsó la navegación oceánica, dio la vuelta al mundo y creó rutas -la carrera de Indias, el galeón de Manila- estables durante cuatro siglos no ha sido capaz de una investigación científica completa de uno de aquellos galeones que cambiaron el mundo. Numerosos países ya están en ese proceso.

De todos los naufragios de nuestra política y de nuestra sociedad no es este el más pequeño. Será difícil que la historia de aquellos buques desgraciados pueda ser contada, una vez desguazada en piezas si lo expoliaron los cazatesoros. Duele pensar lo que los científicos habrían extraído de aquellas ciudades flotantes en las que quedaron atrapadas las evidencias sobre cómo funcionaba la sociedad mestiza, en ajuares y aparejos; en comercios, contrabandos; en el marco de migraciones, de creencias y de una revolución tecnológica poco valorada aunque imprescindible para mejorar las flotas en competencia feroz durante siglos. Escribir la historia asociada a un galeón, la que contarán algún día sus restos -si no perdemos el rumbo a la esperanza-, en un proyecto conjunto entre España y otros países de América demarcaría un ámbito de progreso, innovación y cooperación científica internacional y espantaría muchos demonios, muchos prejuicios que interfieren tanto acá como allá con todo lo bueno que compartimos con las repúblicas hermanas.

Nuestra falta de lucidez -negligencia digna de estudio- se agrava con una ausencia de estrategia incomprensible para un país que valora el patrimonio. En lugar de involucrar a las universidades, alentar proyectos y firmar convenios iberoamericanos, dimos permisos a Odyssey Marine Exploration (y otras empresas del sector) en un juego peligroso que acabó en célebres expolios que hoy salen en un cómic y tendrán incluso una serie triunfal. Preferiría que los gobiernos del PP y del PSOE no hubieran tratado con Odyssey y ahorrarme el tardío triunfo judicial sobre los cazatesoros, que celebro sin ambages. Pero comprendan que preferiría estar aplaudiendo a nuestros científicos mientras rescatan el verdadero tesoro, la formidable historia de un galeón bien excavado, que la lucha de esforzados funcionarios para enmendar el terrible error que algunos de ellos consintieron y por el que nadie aún les ha pedido explicaciones.

Han pasado 12 años desde la fragata Mercedes y no se ha vuelto a tratar con Odyssey, claro. Mas seguimos sin visión, sin proyecto, sin estrategia. En México investigan estos días los barcos de Hernán Cortés con universidades norteamericanas y dinero (una beca) de National Geographic. ¿No tenía España universidades o una beca para involucrarse? México lleva dos décadas estudiando la flota de 1631 y quiso involucrar a España en la búsqueda y estudio conjunto del galeón Nuestra Señora del Juncal. Aquel acuerdo es hoy papel mojado, bajo informes e inventarios de pecios que no sirven para mucho si no se practica la arqueología. Solo la desidia, si no algo peor, puede explicar este fracaso concreto. Y desde 2013 sabemos que Colombia iba a por el galeón San José, con cazatesoros, y nunca dimos respuesta, seis años después no hemos presentado ni siquiera un proyecto arqueológico alternativo (Francia sí porque vio clara nuestra pasividad). En Uruguay se han repartido el año pasado al 50% con conocidos cazatesoros los despojos del Salvador, buque en el que se ahogó todo el batallón de la Albuera en 1812… Y no se ha movido ni un sello en Cultura. ¿No es para llorar?

Así que pasen los cinco siglos de Magallanes y Elcano quedará una pregunta elemental: ¿Por qué tan mal, tan poco, tan pobre? Si el problema de los galeones no se atiende en las costas de España (ahí está Ribadeo) ni en otras latitudes es porque su gestión es un error desde hace décadas. Hay pocos asuntos patrimoniales que dependan más de una política nacional: las Autonomías no tienen competencias en historia global de España y la materia depende de una subdirección general del Ministerio de Cultura que atiende otros problemas importantes. ¿A nadie, a ningún ministro le importa que no tengamos una institución científica al cargo -por no hablar de una partida del presupuesto- como Francia, México y todos los países con una gestión activa del patrimonio subacuático? ¿No merece este estrepitoso fracaso una pensada? Si no desarrollamos un sentido crítico hemos renunciado a hacerlo mejor. Y tal vez cuando haya un galeón España ya no participe en el relato.

Jesús García Calero es periodista.

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