Asia después de la guerra del Afganistán

En julio se producirán dos hitos en las relaciones, a veces torturadas, entre los Estados Unidos y Asia. Uno es el comienzo del fin de los combates habidos durante casi un decenio en el Afganistán, la guerra más larga en la historia de los Estados Unidos, pues el Presidente Barack Obama ha anunciado la  retirada de 30.000 soldados del país el próximo verano. El otro es el 40º aniversario de la misión secreta de Henry Kissinger a Beijing, punto de inflexión en la Guerra Fría y primer paso por la vía de China hacia la modernización, pero al mismo tiempo enorme conmoción para Asia y, en particular, el Japón.

La retirada del Afganistán que se perfila recuerda, al menos a algunos asiáticos, un tercero y aún más traumático acontecimiento: la caótica salida de los Estados Unidos de Saigón en abril de 1975. Entonces aquel desastre pareció presagiar una retirada más amplia de los EE.UU. de Asia, pues un público americano, cansado de la guerra, deseaba las supuestas comodidades del aislacionismo. En la actualidad el nerviosismo de Asia se debe no sólo a que el aislacionismo parece estar ganando terreno una vez más en los Estados Unidos, sino también a que la estabilidad del Afganistán sigue siendo dudosa, mientras que el poder de China está en ascenso a falta de un consenso o una estructura institucional panasiáticos.

Los Estados Unidos se ensimismaron, en efecto, a raíz de la caída de Saigón y su desatención del Afganistán, a raíz de la retirada soviética en 1989, propició el caos y casi la ocupación del poder en el país por parte de Al Qaeda. Por eso, no es de extrañar que muchos dirigentes asiáticos se estén preguntando qué compromisos mantendrán los EE.UU., una vez que sus tropas abandonen el Afganistán. Tal vez sea igualmente importante que muchos en Asia estén debatiendo sobre si podría reequilibrarse la región, en caso de que los EE.UU. redujeran su presencia militar.

Afortunadamente, el Secretario de Defensa de los EE.UU., Robert Gates, ha tranquilizado a sus amigos y aliados asiáticos, en el sentido de que no se está pensando en hacer una retirada de la región. En el reciente Diálogo de Shangri La, celebrado en Singapur, Gates, delante del ministro chino de Defensa, general Liang Guanglie, expuso sus ideas sobre la continuidad de la cooperación de los EE.UU. en Asia y con ella. Gates prometió –como parte del Acuerdo-marco Estratégico EE.UU.-Singapur– aumentar el número de buques de guerra de los EE.UU. desplegados en Singapur y el número de visitas de la Armada de los EE.UU. en puertos asiáticos, realizar más ejercicios navales conjuntos y mejorar la cooperación militar multilateral.

Aún más tranquilizadores fueron los principios que, según Gates, guiarán la futura estrategia de los Estados Unidos en Asia: comercio libre y abierto; apoyo al imperio de la ley y los derechos, los cometidos y la soberanía de los Estados de Asia; acceso libre a las rutas de navegación, al espacio aéreo y al ciberespacio asiáticos y mundiales y resolución pacífica de todos los conflictos. Dichos principios son importantes, porque Australia, el Japón, Corea del Sur, Tailandia, las Filipinas, la India, Indonesia, Singapur, Malasia, Nueva Zelanda, Vietnam e incluso Mongolia consideran –todos ellos– esencial la presencia militar de los Estados Unidos en la región para contrarrestar la potencia en aumento de China.

Sin embargo, Gates va a abandonar su cargo en breve, lo que es de lamentar, porque, en vista de la patente falta de estrategia explícita en Asia del gobierno de Obama, las garantías de Gates podrían no tranquilizar durante demasiado tiempo. Actualmente, la política de los EE.UU. en Asia necesita una concepción y una visión estratégicas como las que guiaron las conversaciones de Kissinger con Mao Zedong y Zhou En-lai hace cuatro decenios. Sin una doctrina clara y convincente, es probable que al menos algunos dirigentes asiáticos sigan abrigando dudas sobre la capacidad de los Estados Unidos para seguir siendo la fuerza militar dominante en Asia, en particular dadas sus desdichas económicas, su proyectada reducción fiscal y otros compromisos en el exterior. Esa falta de claridad puede llegar a ser particularmente problemática, en caso de que los dirigentes de China subestimen el carácter duradero de los compromisos de los Estados Unidos con Asia.

Sin embargo, el de lograr una estructura de paz en Asia no es un cometido exclusivo de los Estados Unidos. Sus amigos y aliados deben reflexionar profundamente sobre la clase de orden regional que quieren y deben empezar a colaborar para dar vida a una estructura de paz dentro de la cual toda Asia pueda prosperar y sentirse segura. El Gobierno del Japón en particular necesita formular una estrategia coherente para Asia y atenerse a ella, en lugar de inclinarse hacia China en un momento y hacia los Estados Unidos en el siguiente. Para la creación de una estrategia viable, la profundización de las asociaciones del Japón con las grandes democracias de Asia –la India, Indonesia y Corea del Sur– debe ser una prioridad.

Pero la cuestión más importante se refiere al lugar de China en un orden asiático consensuado y su disposición a colaborar con sus vecinos, además de con los EE.UU., para crearlo. Las dudas que muchos asiáticos abrigan ahora sobre las intenciones de China están bien fundamentadas, dado el carácter secreto de la acumulación de medios militares de China y el tono cada vez más agresivo de sus dirigentes en las controversias territoriales con la India, el Japón, las Filipinas y Vietnam. El incondicional apoyo de China al descarriado régimen de Corea del Norte, pese a sus repetidos crímenes contra la paz, es también un motivo de preocupación, en el sentido de si China respetará las preocupaciones de sus vecinos por su seguridad.

La región de Asía y el Pacífico ha pasado a ser actualmente el centro de la economía mundial. Según el Banco Mundial, dentro de un decenio tres de las cinco máximas potencias económicas (China, el Japón y la India) serán asiáticas. El auge al que se ha debido ese cambio ha sido posible porque la presencia militar de los Estados Unidos en la región brindó estabilidad y previsibilidad. No se debe permitir que la retirada de los Estados Unidos del Afganistán ponga en tela de juicio dicha estabilidad.

Lo que ocurra en el Afganistán, cuando los Estados Unidos empiecen a retirar sus tropas, pondrá a prueba la disposición de todas las potencias de Asia a cooperar para crear un orden regional seguro. En el Afganistán, sus intereses a largo plazo están esencialmente en armonía, pues nadie –incluida China– quiere que el Afganistán se convierta una vez más en un refugio para el terrorismo, pero sólo un fuerte consenso regional sobre el futuro del Afganistán puede evitar la posibilidad  de una nueva lucha para dominarlo. Sin embargo, si se llega a forjar dicho consenso, constituirá un fundamento para una mayor colaboración en la creación de un orden panasiático basado en el acuerdo y no en la fuerza militar.

Yuriko Koike, ex ministra de Defensa y asesora de Seguridad Nacional del Japón, y Presidente del Consejo Ejecutivo del Partido Democrático Liberal. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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