Asia Oriental, atada a su pasado

Hace ya mucho que las relaciones diplomáticas en Asia Oriental están supeditadas a la historia. Pero el “problema histórico” de la región se intensificó los últimos tiempos, cuando el creciente nacionalismo de importantes actores regionales como China, Japón y Corea del Sur alimentó disputas por temas muy variados, desde territoriales y por los recursos naturales hasta cuestiones de monumentos de guerra y libros de texto escolares. ¿Podrán los países de Asia Oriental superar su pasado de conflictos y forjar un futuro compartido que beneficie a todos?

Tomemos por ejemplo la relación entre los más estrechos aliados que tiene Estados Unidos en la región: Japón y Corea del Sur. Aunque hace tiempo que los desacuerdos históricos dificultan los vínculos bilaterales, las posturas cada vez más nacionalistas del primer ministro japonés Shinzo Abe y de la presidenta surcoreana Park Geun-hye echaron más leña al fuego. Si estos países no se ponen de acuerdo para evitar que revivan amargas disputas históricas, su relación seguirá detenida en el tiempo, lo que beneficia a China.

Y a nadie le gusta tanto jugar la carta de la historia como a China, cuyo presidente Xi Jinping también usa el nacionalismo para legitimar su gobierno. El año pasado, China instituyó dos nuevos días de memoria nacional para conmemorar su larga lucha contra la agresión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial: el “Día de la Victoria en la Guerra contra la Agresión Japonesa”, el 3 de septiembre, y el “Día de la Masacre de Nanjing”, el 13 de diciembre. ¿Qué pasaría si países como Vietnam y la India dedicaran días a recordar las agresiones chinas sufridas desde 1949?

Al reforzar estereotipos negativos de rivalidad entre países, estas rencillas por la historia y el recuerdo siembran fragmentación e inestabilidad, y sin duda fueron un factor en las recientes disputas territoriales de la región. De hecho, la politización de la historia sigue siendo el principal obstáculo a la reconciliación en Asia Oriental. La creación de instituciones regionales se vuelve casi imposible por los reiterados intentos de reescribir la historia (a veces literalmente, con la revisión de libros de texto) según líneas nacionalistas.

No debería ser así. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, son democracias vibrantes y potencias económicas exportadoras, con lazos culturales tradicionalmente estrechos y muchos valores compartidos. Es decir, son socios ideales.

El presidente estadounidense, Barack Obama, es consciente de este potencial y ha procurado promover un aumento de la cooperación estratégica entre Corea del Sur y Japón, que sirva de base a una alianza trilateral de defensa más fuerte con Estados Unidos, capaz de contrarrestar el ascenso de China. Pero Japón y Corea del Sur siguen aferrados a la historia.

Es cierto que la acusación surcoreana de que Japón no quiere admitir parte de su conducta pasada contiene algo de verdad. Pero también es cierto que Park (quien se negó a tener una reunión formal con Abe hasta que este encare las cuentas pendientes de la anexión japonesa de Corea) usa la historia para jugar con el sentimiento nacionalista coreano. De hecho, su intransigencia le sirve para tapar hechos incómodos de su pasado familiar, ya que su padre, el dictador Park Chung-hee, colaboró con el ejército japonés durante la ocupación colonial de Corea.

Abe también avivó las tensiones, sobre todo al visitar el santuario de Yasukuni en Tokio, un polémico monumento que honra, entre otros, a criminales de guerra clase A de la Segunda Guerra Mundial. Aunque lo hizo una sola vez (en diciembre de 2013), fue en respuesta a la declaración unilateral de China de una zona de identificación aérea que se extiende sobre territorios que Beijing reclama, pero no controla.

Por cierto, las discrepancias de Japón y Corea sobre la historia datan de antes de la Segunda Guerra Mundial. Hace más de un siglo, el activista coreano Ahn Jung-geun asesinó al primer primer ministro de Japón, Hirobumi Ito, en la estación ferroviaria de la ciudad china de Harbin, hecho que convirtió a Ahn en héroe en Corea y terrorista en Japón. La figura de Ito puede verse en los billetes de mil yenes japoneses, y la de Ahn apareció en un sello postal de 200 won en Corea del Sur.

El año pasado, Park pidió a Xi rendir honores a Ahn. Xi aprovechó la oportunidad para sembrar cizaña entre los dos principales aliados de Estados Unidos en Asia, y le construyó a Ahn un monumento. Japón respondió criticando duramente a China por honrar a un terrorista y propagar una visión “unilateral” de la historia, acción que según Japón, no es “conducente a la construcción de paz y estabilidad”.

Estos conflictos tienen un catalizador claro: la creciente prosperidad asiática. La expansión de sus economías dio a los países asiáticos alas para recrear y exaltar una nueva visión del pasado, en la que minimizan sus propias agresiones o destacan su firmeza ante las brutalidades ajenas.

Los relatos legitimadores de todos los países mezclan la verdad histórica y el mito. Pero en algunos casos, la herencia histórica llega a pesar demasiado e impide a los líderes tomar decisiones políticas racionales. Esto explica que Park busque estrechar vínculos con China, a pesar de que el socio natural de Corea del Sur en la región es la democracia japonesa. Pero hay motivos de esperanza en la aplastante victoria de Abe en la reciente elección anticipada, que le otorga capital político para proponerle a Park un trato: que Japón exprese más claramente arrepentimiento por su pasado militarista, y a cambio Corea del Sur eliminará de su política oficial las reivindicaciones históricas.

Japón y Corea del Sur no pueden cambiar el pasado. Pero pueden esforzarse por forjar un futuro más cooperativo. Como dice sucintamente un proverbio ruso: “El que olvida el pasado, pierde un ojo; pero el que se queda en el pasado, pierde los dos”.

Brahma Chellaney, Professor of Strategic Studies at the New Delhi-based Center for Policy Research, is the author of  Asian Juggernaut, Water: Asia’s New Battleground, and Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis. Traducción: Esteban Flamini.

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