Asignar valor económico a las selvas

A principios de octubre, poco después de la llegada del huracán María a Puerto Rico, el director ejecutivo de Tesla, Elon Musk, dijo en Twitter que su empresa podía, si le daban la oportunidad, reconstruir la red eléctrica de la isla para el uso de energía solar. Salir a decir eso en medio de tanto sufrimiento humano fue una audacia. Pero con una perspectiva tecnológica, el momento elegido para hacerlo fue perfecto. A fines de octubre, en el Hospital del Niño de San Juan se instalaron paneles solares y baterías de alta capacidad, y hay en marcha otros proyectos.

Esta clase de respuesta a un desastre natural (reemplazar una red de distribución basada en los combustibles fósiles por otra con energías renovables) es digna de elogio. Pero por más limpias y eficientes que sean las fuentes renovables, nunca podrán mitigar totalmente los efectos climáticos causantes de huracanes como María.

Hay otro modo de hacerlo, y es mucho más barato que la propuesta de Musk.

Puerto Rico tiene en su territorio una de las herramientas más eficientes y económicas para la lucha contra el cambio climático: sus selvas. En la punta oriental de la isla, las casi 12 000 hectáreas del Parque Nacional El Yunque son uno de los sistemas de captura y almacenamiento de dióxido de carbono más importantes del Caribe.

María también destruyó esta selva, pero los directivos de empresas tecnológicas no tuitearon acerca de restaurarla, porque de momento, no ven un modelo de negocios viable para salvar los árboles.

¿Y si ese modelo existiera? ¿Si hubiera formas de hacer que los bosques tropicales valgan más vivos que muertos?

La dirigencia internacional lleva años pensando esta pregunta. Y en las negociaciones sobre el clima en la ONU, se encontró una solución novedosa: una iniciativa llamada Reducción de las emisiones de la deforestación y la degradación de bosques (REDD+, por la sigla en inglés). La idea es sencilla: si se dan los incentivos correctos, las personas, los gobiernos y las industrias preservarán y restaurarán los bosques tropicales en vez de desmontarlos. A cambio, el mundo tendrá más sumideros de carbono que absorban gases de efecto invernadero.

REDD+, que viene tomando forma hace casi un decenio, ofrece una estructura de pagos para los intentos de preservación y restauración. Al ponerle valor económico a los bosques por su función de captura y almacenamiento de carbono a gran escala, REDD+ permite a los árboles en pie competir con usos lucrativos de la tierra (por ejemplo la industria maderera o la agricultura) que dan lugar a deforestación.

El primer programa de REDD+ a gran escala (acordado entre Noruega y Brasil) comenzó en 2008. El plan era que Brasil recibiera de Noruega mil millones de dólares en la modalidad de “pagos por desempeño”, entregados en tandas a cambio de la protección de las selvas brasileñas. Los resultados fueron impresionantes: en el último decenio Brasil redujo más de 60% la tasa media de deforestación del Amazonas; esto equivale a la absorción de unos 3600 millones de toneladas de dióxido de carbono, más que cualquier otro país. Y así Noruega ayudó a mitigar las emisiones globales de dióxido de carbono.

Aunque esta prueba piloto fue un éxito, el programa REDD+ necesita mucho más capital. La solución, en muchos sentidos, es similar a la propuesta solar de Musk en Puerto Rico. Sólo que esta vez, la innovación no es técnica, sino financiera.

Crear un mercado de créditos REDD+ daría a empresas e industrias altamente contaminantes medios para invertir en la preservación de bosques tropicales. Con un adecuado marco regulatorio, los créditos REDD+ podrían negociarse en mercados de intercambio de emisiones ya creados, por ejemplo los de California o Corea del Sur, y se liberarían miles de millones de dólares de capital adicional para esfuerzos de reforestación.

El marco también permitiría la integración de REDD+ a mercados de emisiones futuros, como el que está desarrollando la industria aeronáutica internacional o el que China planea lanzar antes de fin de año. Esto abriría nuevos flujos de financiación para la conservación y reforestación de bosques, al dar a intermediarios financieros como el fondo acelerador de REDD+ la posibilidad de conectar los proyectos de REDD+ directamente con el sector privado.

Pero por ahora son más que nada deseos. REDD+ es sólo un marco general; la creación de un mercado de créditos para la conservación y reforestación de bosques exige reglas y criterios respecto de la asignación de permisos a los compradores y la integración con los mercados actuales. Los líderes mundiales que esta semana se reúnen en la conferencia de la ONU sobre el cambio climático en Bonn (Alemania) pueden colaborar renovando el apoyo al desarrollo de mecanismos de contabilidad eficaces y transparentes para los proyectos REDD+.

Toda demora supone un riesgo. En los dos años que pasaron desde la firma del acuerdo de París sobre el clima, hubo un marcado aumento de la deforestación en Indonesia y en partes del Amazonas, donde están muchos de los bosques tropicales más grandes e importantes del planeta. Según la “Unión de Científicos Preocupados”, la deforestación tropical produce tres mil millones de toneladas adicionales de CO2 atmosférico al año, más que todo el sector de transporte mundial.

Ninguna tecnología es tan eficaz para el almacenamiento de carbono como los bosques tropicales; salvarlos y restaurarlos es una de las formas más baratas para la reducción y captura de emisiones a gran escala, y ofrece otros numerosos beneficios sociales y ambientales. Para aprovechar esta protección crucial contra el calentamiento del planeta, necesitamos más árboles en pie. Los que creemos que un mercado de créditos forestales puede ser una herramienta clave para proteger el planeta tenemos ahora nuestro momento Musk, y debemos aprovecharlo con igual audacia.

Lorenzo Bernasconi is Senior Associate Director of The Rockefeller Foundation. Traducción: Esteban Flamini.

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