Asomo a la coherencia

Lo que relata la basura es verdad. Y entre otras muchas cosas nos cuenta que somos lo que desechamos. Sí, así. Porque si bien prácticamente todo individuo, y por extensión toda sociedad, es una multiplicidad de propósitos -y sólo algunos logros-, lo que mejor nos define es lo que producimos en mayor cantidad. Obviedad tan olvidada como en absoluto deseable.

Claro está que todos quisiéramos ser nuestro mejor deseo y no el resultado final de un bulímico modo de devorar al planeta. Que la búsqueda de la opulencia, tan destartalada ella en estos momentos, haya pasado por el apabullante culatazo de nuestra generación de residuos, superior en tonelaje a todas las otras producciones de un país industrializado, pero también agrario, ganadero, forestal y muy de servicios, debería haber movido mucho antes a la coherencia de una rotunda rectificación. Conviene recordar que la nueva ley de residuos por fin reconoce que estos resultan insaciables consumidores de presupuestos, tiempo, espacio, estabilidad ambiental, belleza paisajística y energía. Es decir, de todo lo que no nos sobra. Pero al menos ya estamos más cerca, casi al lado, de la directiva europea, que como siempre en materia ambiental es seria y tan ambiciosa como deseable.

Que las bolsas de plástico tengan fecha de caducidad absoluta, con un proceso de extinción gradual, resulta de una sensatez encomiable. En 2018 empezarán a quedar fuera del alcance de todos los españoles y turistas esos peligrosos y masivos contaminantes. Erradicación que se acompañará de sustitutos mucho más razonables como las bolsas de papel, que no permanecerán ni siglos ni decenios en el ambiente envenenándolo y afeándolo. Cuestión nada baladí desde el momento en que nuestra primera industria vende paisaje, que será tanto o más demandado cuanta más salud y limpieza conserve. Es decir, que potenciará la imagen de España en el más completo sentido del término. La implicación de las empresas tiene, por su parte, una alta carga pedagógica para sus directivos y empleados, al tiempo que resulta muy solidaria para con los no llegados todavía. Es más, cuando generemos la mitad de los residuos que hoy en día podremos afirmar que somos por fin lo que hacemos, no lo que tiramos a la basura.

De todavía mayor calado y mejores consecuencias para el medio ambiente y, por tanto, para todos sin excepción, es que el uso del plástico será restringido también en envases y embalajes. Aunque estamos más sensibilizados con las bolsas por la frecuencia con que las manejamos, son muy importantes también las cajas en las que todos los productos que llegan a nosotros son transportados desde que se producen hasta su aparición en tiendas, oficinas, restaurantes o nuestros propios hogares. Importan, porque no sólo son millones y millones las cajas de transporte que se usan a diario, sino porque cada una pesa 200 o 300 veces lo que una bolsa. En este campo, el plástico será sustituido por materiales biodegradables, reciclables y renovables. Lo que equivale principalmente a una generalización del empleo de las cajas de papel y cartón, a las que la ley define como embalajes sostenibles. Con la ventaja añadida de que en España se recicla el 100% del papel y cartón que se recupera, algo extraordinario de lo que podemos sentirnos muy orgullosos.

Exigencia no sólo más limpia y barata, sino también capaz de generar bastantes más puestos de trabajo que cualquiera de las relacionadas con los derivados del petróleo. Algo que conviene insertar entre los antídotos contra el progresivo envenenamiento de la atmósfera y el cambio climático. No es poco que algo tienda a ser más sano y por tanto seguro, a la par que menos costoso y socialmente equitativo. Gracias a la nueva ley de residuos, estos beneficios colaterales podrán ser corroborados y disfrutados por todos.

Por Joaquín Araújo, naturalista. Premio Global 500 de la ONU y dos veces Premio Nacional de Medio Ambiente.

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