Assange: embarullar las cartas

La aparición de Assange en el balcón de la Embajada de Ecuador en Londres para pregonar al mundo las bondades de su cruzada contra la libertad de prensa y la perfidia de Estados Unidos, y por ende de Gran Bretaña y Suecia, para sofocarla no tiene desperdicio. Propaganda en estado puro y torticero.

Sean cuales sean las intenciones de Estados Unidos hacia el filtrador de miles de telegramas secretos, el hecho es que Assange escamotea la verdad ocultando las causas de su odisea. En su sermón desde el inapropiado púlpito diplomático ecuatoriano no mencionó, ni de pasada, la razón por la que Londres ha prometido extraditarlo a Suecia. Debe responder ante la justicia sueca de acusaciones de violación y acoso sexual de dos ciudadanas de aquel país. Nada más y nada menos, acusaciones sobre un delito común que no tiene nada de político.

Con habilidad, Assange lo embarulla todo y pone los focos donde le interesa estableciendo el siguiente silogismo: Yo soy wikileaks, wikileaks es la libertad de prensa, la libertad de prensa equivale a exponer los trapos sucios de los gobiernos (léase el de Estados Unidos), se me persigue, se desata una caza de brujas contra mí por ese motivo.

Aunque la argumentación de Assange haga mella en abundantes ciudadanos no parece que vaya a hacerla en las autoridades británicas. Londres cometió una pifia inicial insinuando que podía entrar en la Embajada de Ecuador en base a una ley de 1987 que permite anular el estatus diplomático de una sede en circunstancias excepcionales. La insinuación tenia un tufillo colonialista, rápidamente utilizado por las autoridades ecuatorianas, porque la Convención de Derecho Diplomático de 1961 establece que las sedes diplomáticas son inviolables, y no se puede acceder a ellas sin el permiso del Embajador. Por otra parte, sentaría un precedente funesto que podría ser utilizado en contra de Embajadas británicas.

Ahora bien, superado el desliz verbal, Londres tiene una sólida posición jurídica sobre lo que en realidad está ocurriendo:

—Un país, Suecia, democrático, respetuoso de las leyes, con el que Gran Bretaña tiene un tratado de extradición, reclama a una persona por un posible delito común.

—Los tribunales británicos después de las alegaciones de Assange durante dieciocho meses en diversas instancias han fallado que procedía conceder la extradición.

—El reclamado, encontrándose en libertad bajo fianza, ha burlado a la Justicia británica refugiándose en un Embajada.

—Gran Bretaña practica el asilo político, pero no reconoce el diplomático, el que se concede a personas que se refugian en una Embajada y a las que se da posteriormente un salvoconducto.

Como explica Santiago Martínez Lage en su Diccionariodiplomático, el asilo diplomático «sólo es reconocido entre los países iberoamericanos, bien por Derecho consuetudinario, bien por algún Convenio multilateral. En los demás países, aunque no se reconozca ese asilo, la inviolabilidad de los locales de la misión impedirá que las autoridades del Estado receptor se apoderen por la fuerza de una persona que haya encontrado refugio en los mismos, pero podrán reclamarla y, no estarán, en principio, obligadas a facilitarle salvoconducto».

En consecuencia, Londres se siente obligado a satisfacer la petición de Suecia y a detener a una persona reclamada en aquella nación en relación a un hecho delictivo común y que ha quebrantado la Justicia británica. Lo detendrá en cuanto salga del piso de la Embajada de Ecuador en donde Assange, según los ecuatorianos duerme en un colchón de goma y en cuya escalera, fuera de los locales diplomáticos, hay apostados policías británicos.

Un portavoz ecuatoriano ha manifestado que Assange puede quedarse en la oficina ecuatoriana años o un siglo. El cardenal húngaro Mizenski estuvo dieciséis años en la de Estados Unidos en Budapest. Assange no saldrá mañana.

Para los corifeos de Assange, Estados Unidos es el malo de la película que arteramente pretende que, una vez que esté en Suecia, Estocolmo se lo entregue para juzgarlo y condenarlo a muerte. Podemos, sin embargo, preguntarnos por qué Washington aún no ha formulado cargos contra él y no lo ha reclamado a Londres, con el que tiene unas relaciones y un tratado de extradición más generoso que el que tiene con Suecia. Probablemente, el equipo de Obama está dividido sobre el caso Assange y Suecia nunca entregaría a una persona a la que se pudiese aplicar la pena de muerte.

Por otra parte, por mucho que se ame la libertad de prensa, no es tan disparatado que Washington quiera sancionar a alguien que ha filtrado 251.000 documentos secretos de su Gobierno y Embajadas. Volvamos la oración por pasiva: ¿qué dirían Correa, Chaves, Castro… todos los que quieren dar lecciones de libertad de expresión a Londres y Estocolmo, si alguien filtrase documentos secretos que los ponían en evidencia? Pensemos en informes sobre las alegadas ayudas de Chaves a la guerrilla colombiana o cualquier documento ecuatoriano sobre el modo de presionar o amordazar a una televisión, o uno cubano sobre como debe ser juzgado el joven español y el premio gordo que les ha caído con la muerte de Payá. ¿Saludarían al filtrador como a un campeón de la libertad? ¿Serían puros y escrupulosos? Hay que cuestionarlo.

Inocencio Arias, diplomático

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