Asturias en conserva (2)

Quien conozca un poco el percal asturiano habrá llegado a la conclusión de que pocos lugares de España ofrecen un plantel de ofertas electorales tan singular, y al tiempo tan representativo de la vida política española, como Asturias. Lo tenía todo, como en botica, que se decía antes. Y por si fuera poco, la casualidad había programado La flauta mágica en el teatro principal de la comunidad para la mismísima tarde de reflexión. Que fuera a coincidir el sábado de vísperas con la representación de la ópera de Mozart en el Teatro Campoamor de Oviedo, te lo ponía a huevo. Asturias en conserva el mismo fin de semana que caducaba el escabeche.

Si alguien tiene la humorada de ir a Asturias para despedirse de los últimos gozos de esos puentes festivos, auténticos acueductos, tan de otra época como los romanos, le sugiero que pase por Avilés y visite ese monumento único en su especie, que es el Niemeyer. Tiene hasta el 15 de diciembre, luego ya será otra cosa, o quizá nada. No hay comunidad autónoma que se libre de monumentos a la grandilocuencia y la frivolidad, pero lo del Centro Niemeyer de Avilés tiene algo que lo distingue de los aeropuertos sin aviones, los museos sin contenido y los polideportivos para la tercera edad. Es una gran obra arquitectónica dedicada a la inanidad; a lo que usted guste mandar y pagar. Me explico.

El conjunto monumental Niemeyer nace de una idea un tanto peregrina, pero eficaz: constituirse en el Museo de los Premios Príncipe de Asturias. Como no fue posible colar el suculento embolado a las arcas del Estado, un tipo avispado cuyo mayor mérito es saber inglés y encantar serpientes, por buen nombre, Natalio Grueso, consideró que los contactos con el ancianísimo arquitecto brasileño Oscar Niemeyer –que dudo mucho sepa por dónde cae Asturias– consentían un proyecto estilo Guggenheim. El síndrome Bilbao-guggenheim será estudiado como una paranoia hispana de amplio espectro. Pero como habría que empezar diciendo que Avilés no es Bilbao, sino más bien todo lo contrario, y eso nos llevaría mucho espacio, quedo aquí remitiéndome a otra de las estupideces más notables de los estudiosos locales de todos los tiempos: la referencia a las “Atenas del Norte” para designar a grupos de paisanos ilustrados que elevaron el nivel cultural, ínfimo, de unas provincias abandonadas en manos de la Iglesia y los conventos.

Pero el meollo del asunto trasciende cuando se termina la obra majestuosa y hay que plantearse qué se hace con ella. El Niemeyer es aparente por fuera y vacío por dentro, y muchos ciudadanos de Avilés lo consideran una gloria local porque además de servir para pasear por sus holgados 40.000 metros cuadrados, ha recibido visitas de Woody Allen, Brad Pitt y Kevin Spacey con un Shakespeare al parecer memorable. A mí me hace mucha gracia cuando aparece en los medios de comunicación, comprados a buen precio, la coletilla de que los grandes artistas mediáticos hacen tal o cual cosa “gratis”. En general se ocultan los gastos de representación; un avión privado de Woody Allen que le traslade a él y a su troupe de Venecia a Asturias, por ejemplo, puede costar 40.000 euros. Entendámonos, es gratis para ellos, pero no para el que invita. Y así estamos, en una Asturias que lleva al borde del colapso desde hace décadas, asistiendo impertérrita a la cartelera de estrellas que le costaría pagar a Nueva York.

El Niemeyer de Avilés es una de esas estafas culturales que encandilan a ciertas comunidades ciudadanas, en la misma medida que tu vecino, hoy en la ruina, se preguntaba hace un par de años por qué no se podía comprar un coche de alta gama. ¿Acaso no tengo derecho? La serie de derechos inconsútiles es una de las aportaciones de la posmodernidad. Cuando Álvarez Cascos ganó de manera contundente las elecciones autonómicas asturianas, entre las primeras cosas que exigió estaba saber dónde demonios terminaba el pozo sin fondo del Niemeyer, y los responsables, muy puestos, le negaron las cuentas y así seguirán hasta el 15 de diciembre, constituidos en Fundación Autónoma. Un lío provinciano de esos que envenena al vecindario de Avilés que quiere ser Bilbao e incluso París. ¿Acaso no tenemos derecho?

El fantasma del Niemeyer, su espíritu, ha sobrevolado unas elecciones generales que en Asturias han llevado al límite lo ocurrido en el resto de España. En primer lugar el fenómeno Álvarez Cascos. Que este curtido dirigente del PP se haya visto obligado a presentarse por su cuenta, fundar un partido –Foro Asturias–, ganar arrolladoramente unas elecciones autonómicas con los votos transversales de populares y socialistas, dice mucho sobre el nivel de hartazgo de la ciudadanía asturiana. Y que lo haya hecho con la malquerencia enfermiza del principal diario astur – La Nueva España– cuyo comportamiento, contado por lo menudo, avergonzaría a un gremio, el periodístico, que acumula tal cantidad de basura como para no darse por aludido.

En Asturias se ha vivido, hasta las últimas elecciones, una situación a la siciliana, donde el poder político se comparte entre dos formaciones aparentemente adversarias que se llevan muy bien en sus variadas corruptelas. Con el descaro que otorga la impunidad han tenido la desfachatez de presentar como candidatos, tanto del PSOE como del PP, a los personajes más corruptos y despreciados de la ciudadanía, quizá porque no había otros quizá porque da lo mismo. El resultado fue óptimo, tanto, que ninguno se ha dado por aludido. Los socialistas han perdido en lugares históricos de la izquierda como Mieres o Avilés, pero sin inmutarse.

El voto conservador es de piñón fijo y menos frágil que el de la izquierda, que cuando se harta se queda en casa, o vota a la contra, o se exhibe, tan digna como inútilmente, con el voto en blanco. Derrotados los socialistas y los populares, aunque venciendo estos por quiebra del adversario, el panorama asturiano ha tenido dos novedades, muy discretas, que apenas empañan el escenario habitual. Los comunistas de Izquierda Unida recuperan un escaño, gracias a la personalidad de su candidato, Llamazares, más que a su atractivo como coalición, y Álvarez Cascos y su Foro Asturias consigue colocar un diputado en Madrid.

El caso de Cascos bien merecería un análisis particularizado, quede para otra ocasión. ¿Cómo ha sido posible que el hombre que suscitó tantas esperanzas en las autonómicas redujera en casi la mitad sus votantes? Cuenta la polarización del voto, eso que cabría denominar el piñón fijo de intereses fraguado entre socialistas y populares asturianos, pero también la soberbia del protagonista. Administrar las victorias es tan difícil como encajar las derrotas, y a veces ocurre que quien es capaz de obrar una hazaña, porque tal fue la victoria de Cascos en las autonómicas, se le va la mano al planificar las siguientes batallas.

Álvarez Cascos pertenece a un tipo de profesional de la política que sabe vencer, pero tiene limitaciones a la hora de convencer. Su actitud ante las generales fue tan torpe, que uno se pregunta si los virreinatos no desvarían a los líderes locales. Plantearse hacer campaña en Madrid fue como un chiste de mosca cojonera y resentida, que le quita prestancia al profesional de la política que es Cascos. Una cura de humildad parece siempre la inevitable purga a la que debe someterse la generación de Aznar cuando triunfa brillantemente. Cuando van sobrados, la joden.

Y qué fue La flauta mágica en el Teatro Campoamor de Oviedo. La constatación de que se ha terminado ese mundo del Mozart maduro, animoso precursor de la mejor Revolución Francesa, con su Libertad, Igualdad y sobre todo Fraternidad. La chabacana representación tenía algo de anuncio de lo que nos espera; un escenario vulgar con disfraces idóneos para la ópera de Honolulu, una orquesta menos que mediocre y unos cantantes modestos. Al final del primer acto, Pamina anima a su querido para que cumpla con el único programa posible: “Decir la verdad, aunque sea delito”.

Por Gregorio Morán.

6 comentarios


  1. No tiene nada de extraño. La prensa de la derecha (y de la ultraderecha) se viene nutriendo cada vez más de antiguos comunistas y ultraizquierdistas transmutados y a sueldo.
    Hay casos conocidísimos y espectaculares, como Jiménez Losantos, Pío Moa, Sánchez-Drago, De Miguel, Tamames… y seguiría una larguísima lista.
    El caso de G. Morán es un poco particular porque escribiendo en La Vanguardia, medio de la derecha catalana más conservadora y empresa familiar hasta hoy de los Condes de Godó(recordemos que su nombre era «La Vanguardia Española», órgano próximo a la Falange) sacude a la izquierda aparentando hacerlo desde una posición purista y radical. Pero se le ve el plumero; además de que él mismo ha reconocido por escrito «nosotros estamos con quienes nos pagan», ¿y quién le paga?
    Precisamente el sábado, anteayer, vuelve a dedicarse a fustigar al Psoe a pesar de que ya ha perdido las elecciones; mientras de CiU, que ya lleva un años en el Gobierno, ni mú. Pongo en él un comentario.

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  2. No se si lo sabéis, pero Gregorio Morán estuvo afiliado al Partido de Comunista de España. Lo abandonó a la llegada de la Democracia.

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  3. Gracias, Miguel, por el enlace y por la oportuna indiciación de aportar argumentos.
    Sergi, hay que argumentar lo que se dice. Yo he opinado presentado datos y referencias concretas. Y cualquiera puede comprobar que desde que CiU está en el Govern, G. Morán no ha tocado ni de refilón ningún tema espinoso (que los hay a espuertas) y se ha decidado, en cambio, a atacar a la izquierda desde una posición fingidamente radical.
    Sobre Álvarez Cascos lleva ya escritos al menos tres artículos laudatorios en un tono que no superarían ni los más obsecuentes pelotas de su cuerda. Esos son los enlaces:
    http://www.alternativaciudadana.es/index.php?option=com_content&view=article&id=8550:gregorio-moran&catid=101:gregorio-mor&Itemid=35
    http://www.cascos2011.com/actualidad/2011/02/27/el-laboratorio-asturiano-y-3-de-gregorio-moran-en-la-vanguardia/ (destacado en la propia web de Cascos)
    Si tienes textos o enlaces que desmuestren lo contrario y quieres rebatirme, ponlos.

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  4. Joan no tienes ni puñetera idea de lo que hablas, los articulos mas duros que ha escrito Gregorio Moran han sido contra CIU, el nacionalismo catalan y Jordi Pujol.
    Por favor cuando comentes algo primero informate y documentate ya que sino vas a hacer el ridiculo.
    Cualquier lector asiduo de hace años recuerda perfectamente lo que te estoy comentando, anda informate un poquito y veras que ridiculo qu has hecho.

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  5. G. Morán escribe a sueldo de la derecha (o sea, de La Vanguardia, o sea CiU) para atacar a la izquierda desde una fingida posición radical. En realidad, no es ningún descubrimiento, pues ya lo ha confesado él mismo: “nosotros estamos con quienes nos pagan”.
    Este artículo, en concreto, es una colección de adjetivos laudatorios y obsecuentes hacia Álvarez Cascos, casualmente Presidente de la Comunidad Autónoma en la que él habita…, Intentaré no ser malpensado, pues no es la primera vez; hace poco ya le ponía por las nubes en un artículo que fue incluso reproducido en primera página en la web de Cascos, ¿será que con aquél no fue suficiente y tiene que hacer más méritos?
    Contiene también alguna tontería solemne, como eso de que Izquierda Unida ganó un escaño “gracias a la personalidad de su candidato, Llamazares, más que a su atractivo como coalición”, ignorando u ocultando (no sé qué es peor) que la coalición subió fuertemente en toda España.
    Es curioso ver cómo, desde que CiU está en el gobierno de Cataluña, G. Morán no ha dicho una sola palabrita que los afecte ni siquiera de refilón… ¡y no será por falta de temas y de motivos! Llama la atención que quien tan hipercrítico se muestra con la izquierda (y no diré yo que sin razón) tan sumiso y hasta obsecuente se muestre, en cambio, con la derecha.
    G. Morán la emprende contra todo lo que suene a izquierda, ejerciendo como Gran Inquisidor de la pedantería, con su peculiar e insufrible abuso de la agresión y del insulto (basta comparar su inmisericorde artículo reciente sobre Pradera con el de Muñoz Molina; no hay color ni en actitud ética, ni en coherencia, ni por supuesto, en calidad de escritura).Casi no hay personaje político, ni vivo ni muerto, que escape a sus insidias. Por eso resulta particularmente significativo observar a quiénes alaba las escasísimas veces que lo hace. En los artículos suyos que he leído, sólo he visto tres “alabados” entre una larguísima nómina de “insultados”. Curiosamente, esos tres personajes, únicos objetos de la admiración de G. Morán, son todos de la derecha, o de la ultraderecha: Mayor Oreja, Sabino Fernández Campo y Álvarez Cascos. Significativo ¿no?

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