Asuntos pendientes

Antes y después del 20-N tenemos diversos asuntos pendientes, y de gran calado, que deberemos ventilar públicamente, libres de lo políticamente correcto. Quisiéramos, por nuestra parte, señalar cuatro de ellos. Puede haber más, y pueden ser diferentes, pero desde nuestro punto de vista estos son necesarios.

1. Es necesario decir la verdad. Llevamos demasiado tiempo escondiéndola, conformándonos con medias verdades o instalados en la falsedad. La verdad sobre los recursos disponibles, sobre la situación de las empresas y las administraciones públicas, sobre las prácticas económicas, políticas y sociales que nos han llevado a la situación actual. Parece que los políticos sólo saben moverse entre el nuevo conservadurismo que sólo entona la elegía reivindicativa por el Estado de bienestar (y que confunde todas sus prestaciones actuales con derechos) y la severa adustez de quien aplica sacrificios sin más horizonte que la reiteración de su necesidad. ¿Qué pueden ofrecer hoy los políticos? Por de pronto, la verdad. Inteligible, creíble, y sin correr un tupido velo sobre algunos actores de la comedia convenientemente entrenados en el arte de escurrir el bulto. Si es amarga la verdad, qué le vamos a hacer. Pero no se trata de instalarnos en una gran depresión emocional. Sólo desde la verdad podremos dar nombre a nuestras posibilidades, a nuestras capacidades, a nuestro potencial: porque también forman parte de la verdad. Pero hay que dar, tanto a los sacrificios como a las potencialidades, un horizonte de transformación y cambio con sentido. No podemos seguir con el implícito de que se trata de volver a como estábamos antes. Nada volverá a ser como antes. Decir que aquello fue una fiesta insensata forma parte de la verdad. Y es necesario, entre otras razones, porque quienes ahora denostan a los mercados callaban pudorosamente cuando los mismos mercados nos/les pagaban la fiesta.

2. Es necesario saber quién va a cargar con los costes y a cambio de qué. Si nada será como antes, esto implica que hemos de debatir sobre cómo vamos a encarar el futuro. Nos gusta repetir la frase de Nietzsche: quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. Pero si el mensaje sólo se centra en el cómo (recortar, sobrevivir, cuadrar los números…) la vida se vuelve insoportable y la realidad social inaceptable. Alguien tendrá que enarbolar la bandera de algún porqué significativo. Por eso la cohesión social es un bien público a preservar. Pero, nos gusta añadir, la cohesión social basada en la justicia. No podemos actuar como si los excluidos fueran una especie de daño colateral inexorable para salir de la crisis. Esto supondría añadir indecencia a la injusticia. Pero habrá que cuidar también que el reparto de cargas no generen una creciente desafección de las clases medias, porque el Estado de bienestar no puede sostenerse sobre el incremento de esta desafección que, por cierto, ya sabemos qué traducción política ha tenido en el pasado. En Catalunya nos hemos encariñado con el mito del ascensor social, pero empezamos a descubrir que los ascensores no sólo suben, sino que también bajan. Dicho en lenguaje fiscal: hay que aclarar si el peso lo van a soportar las rentas del trabajo. Y hay que añadir algo más: en Catalunya indignarse por los recortes y callar sobre el déficit fiscal es propio de un cinismo sinvergüenza, por decirlo de manera amable.

3. Es necesario reivindicar la ejemplaridad. No se trata de puritanismo ni de nada que se le asemeje. Se trata de prácticas. De maneras de proceder. En el ámbito político, económico, social; en el espacio público. La suite de Merkel y Sarkozy en Bruselas cuesta 891 euros; la de Berlusconi, 4.500. La ejemplaridad es una forma preeminente de respetar y cuidar el espacio público. La crisis es económica y política, pero también de valores. Y no se pueden promover valores sin promover y reconocer a referentes. Necesitamos una sociedad con menos famosos y más referentes. Nietzsche al revés: un porqué no resulta creíble sin un cómo; un lenguaje sólo resulta creíble si refleja una forma de vida que valga la pena. Y, por cierto, la ejemplaridad supone también que quienes (personas y/o organizaciones) son corresponsables de la situación actual no pueden salir impunes de esta. No se trata tanto de un ajuste de cuentas cuanto de ventilar determinados comportamientos tóxicos y de no premiar a los listos y aprovechados con el silencio. Se da, pues, una cierta conexión interna entre decir la verdad, afrontar el reparto de los costes sociales y promover la ejemplaridad

4. Pero en Catalunya es necesario algo más. Es necesario combatir la tentación de las pseudoprioridades. El debate sobre las pseudoprioridades es el gran debate de fondo que viene. Catalunya es una combinación de desarrollo económico, cohesión social (con justicia), identidad y voluntad de mayor autogobierno. La gran tentación que viene es un debate entre quienes consideren que ahora debemos priorizar alguno de estos cuatro puntos (cualquiera de ellos) en detrimento de los otros, que pueden quedar para más adelante. Y en esta tentación van a caer muchos actores, y va a gozar de potentes altavoces. Y lo que hay que plantear con fuerza, decisión y convicción es que sin la afirmación simultánea de los cuatro vectores no es posible una salida de la crisis en clave catalana. Quizás sí en otras claves. Pero no en clave catalana.

Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de Esade, URL.

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