Asustados ante la evidencia

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 25/10/08):

Me temo que estamos haciendo el periodismo más pobre y más corrompido que se haya hecho en España desde la transición democrática. No me extraña que el informe anual de Reporteros Sin Fronteras, que acaba de hacerse público entre nosotros casi clandestinamente, nos haya colocado en el lugar número 36 en el orden a la libertad de prensa; tres puestos más abajo que el año pasado. Los amantes de los ranking de 40 principales ya sean en la música, la literatura o el cine, se han perdido una ocasión para babosearnos sobre las bondades de la competitividad y el esfuerzo de los triunfadores. Esos mismos pájaros, que imagino que deben forrarse en bonus periodísticos por exaltar la bazofia, estarán pasando un mal momento.

(Siempre me he negado a creer que tantos favores los hagan gratis. Quizá por un exceso de intelectualismo no me cabe en la cabeza que uno sea tan mediocre como para dejarse comprar por un viaje en preferente o una comida tres estrellas, sin más.)

Asumí la evidencia de que estábamos aquejados de un virus letal, financiero – de nombre aún confuso por la variedad de sus cepas-, cuando presencié una escena que jamás había visto. Es verdad que lo había leído en los libros de historia, y muy especialmente adscrito a la época del conde duque de Olivares, aquel valido musculoso y desbordado de soberbia, que con tanto ahínco describió don Gregorio Marañón y al que luego un par de hispanistas clavaron en la historia.

La escena, de apenas unos segundos, se pudo ver en algunos informativos de televisión. Una señora en la cincuentena, cuidadosamente vestida y peinada, se mantiene a duras penas sujeta por unos uniformados mientras grita ansiosamente “¡Majestad! ¡Majestad!”, al tiempo que alza en su mano un rectángulo blanco. ¿Un sobre? ¿Una carta? Se está dirigiendo a la reina Sofía desde cierta distancia, pero sus gritos son tan desgarradores, pese a los esfuerzos de los guardias por hacerla callar o desaparecer, que la reina se da la vuelta. Y no sólo eso, sino que se acerca a la señora que grita con el papel blanco en la mano, y en un gesto que la honra, la Reina, ataviada con mantilla y peineta, toma la carta. No percibí muy bien si se la dan aquellos guardabarreras exaltados o directamente la dama reivindicativa. Dura apenas unos instantes pero lo suficiente para distinguir a un par de fotógrafos, trajeados y encorbatados – quizá sea mi falta de experiencia en actos de protocolo, pero no recuerdo haber visto nunca en plena faena a unos fotógrafos con traje y corbata- que si llaman la atención es por su interés en retratar a la Reina, con absoluto desdén hacia la señora de la carta.

Lamentablemente no puedo precisar en qué cadena lo vi porque la mediocridad y monotonía de los informativos nocturnos te obligan al zapping para no desertar de los únicos minutos televisivos del día. ¡Qué más quisiera yo que poder soportar más televisión sin avergonzarme! Por eso no me di cuenta de en qué canal apareció la señora de la carta, apenas cortados los segundos de tensión, en los que se la veía tratando de hacérsela llegar a la Reina, e inmediatamente una brevísima declaración, en la que se destacaba su osadía tanto como su acento gallego, y donde reconocía que ella no era monárquica pero chapeau, lo decía así, en francés, llevándose la mano a la cabeza. “No soy monárquica, pero chapeau por la Reina”. Al día siguiente algunos diarios publicaron la fotografía del gesto de la Reina con un pie, en el que se daba leve noticia de la reclamación de esta madre solicitando justicia para su hijo, Jorge Gago, arrestado en su condición de cabo de la Armada por haber denunciado a sus superiores en un caso de negligencia casi criminal.

Si la única opción que le queda a una madre – sea monárquica o republicana- es confiar en poder entregarle una carta a la Reina, igual que se hacía en los tiempos del conde duque de Olivares, donde como es sabido no existían periódicos ni diputados ni instituciones que recogieran “las quejas”, es decir, las injusticias, ¿entonces, qué hacemos nosotros? ¿Para qué estamos? ¿Acaso no nos hemos cansado de explicar por activa y por pasiva – la voz pasiva cada vez se utiliza menos en el gremio, por desconocimiento, como ocurre con el subjuntivo- que somos un reflejo crítico de la realidad y un aliviadero en la denuncia de las injusticias? A lo mejor es que ahora hemos cambiado y se explica de otra manera, pero confieso que a mí nadie me previno de las novedades. Es cierto que las he ido percibiendo. Por ejemplo, algo tan insólito y novedoso como cerrar el único foro periodístico crítico que había en Cantabria. Ocurrió ya hace tiempo y siempre he estado esperando que alguien me lo explicara por lo menudo, pero he esperado tanto que parece ya asunto de arqueología. Cerraron la revista La Realidad,de nombre demasiado evidente, porque denunciaron a un político y empresario local corrupto. Los llevó a los tribunales y la señora juez – que podría asegurar que se ha sumado entusiasta a la protesta de los jueces contra las interferencias de los políticos- les echó encima una fianza que obligó a cerrar la publicación. No fue necesario ni llegar al juicio, les condenó con la fianza. Otro ejemplo: ¿cómo se paga la entrevista que le hizo la periodista Amelia Castilla a Farruquito en un reciente dominical, con portada y sufrientes fotos, donde con absoluto desprecio a la verdad y a una víctima, se recogen todas y cada una de las mentiras del delincuente? Eso no se hace gratis. Eso se cobra, por más que existan muchas maneras de hacerlo.

Hagan un cálculo estadístico y descubrirán que esa ley española de defensa del honor y la imagen es la favorita de los abogados de los delincuentes. ¿Cuántos bufetes trabajan en España para amparar el honor de los corruptos? Es verdad que los demás hemos perdido el honor en tantas batallas que defenderlo es algo tan cursi como la virginidad, pero de eso a que nosotros tengamos que escondernos para que los mafiosos no se enfaden y se ensañen borrándonos del mapa, va un trecho. Vivimos una sarcástica paradoja, y no me canso de repetirla. Si usted es un mafioso y mata a un tipo, o le pillan con un par de cajones de coca, o apaleando a una señora hasta liquidarla, o atraca un comercio por enésima vez, España será el único país donde los diarios, los policías, los abogados, todos se conchabarán para que su nombre no se haga público. Se da el desatino de que aparezca el nombre de la víctima, del muerto, y se oculte la del asesino. ¿Se han fijado que los medios de comunicación huyen de la expresión “sucesos”, quizá también por demasiado evidente, en un momento en que la vida rebosa de “sucesos”? Pues bien, las informaciones de “sucesos” que da la policía y reproducen los diarios son historias para deficientes mentales: detenciones masivas de traficantes, alijos monumentales, redes de pederastas multiprofesionales, mafias del Este peligrosísimas formadas por aguerridos sicarios pillados in fraganti… Nunca aparece ni un nombre, ni una foto, todo lo más un manipulado vídeo del asalto y unas siglas nominales para alimentar la candidez del lector, para hacerlo más verosímil. Yo estoy convencido de que vacilan con nosotros, y que hay un departamento de jóvenes narradores adscrito al Ministerio del Interior y a la Conselleria, especializados en darnos noticias entusiastas, con aplastante regularidad, sobre su eficacia indomable. Como nadie aporta nombres ni concreta nada, pueden alcanzar altas cotas de imaginación a un costo ridículo.

Recuerdo que en la transición, y aún antes, era muy frecuente en el País Vasco un hábito extendido luego a buena parte de España. Cuando a alguien lo palizaban o incluso moría en el ejercicio de su profesión, o por sus ideas políticas, surgía siempre una frase que cubría como una segunda lápida la fosa de la víctima: “Algo habrá hecho”. Y la vida seguía igual, porque la expresión ejercía de talismán que inmunizaba a los miedosos del peligro de comprometerse y a los listos de hacerse preguntas.

Ahora hemos pasado a un nuevo modelo vinculado a la sociedad establecida que lee periódicos y al gremio periodístico, sección fija, que por primera vez en su vida se encuentra con que tiene mucha franquicia que perder. Y aquí es donde nace el otro lema, el que consiente el miedo a la evidencia: “Él se lo ha buscado”. La dramática situación de Roberto Saviano frente a la Camorra napolitana parte de ahí.