Asustados

Por Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la UAB. Actualmente ocupa la Cátedra Príncipe de Asturias en Georgetown University, EE UU (EL PAÍS, 20/03/03):

Luce la luna llena en Washington, y por primera vez, después de varios meses de frío, la gente puede cenar y tomar un café en las terrazas de bares y restaurantes de la capital norteamericana. Pero la sensación no es de tranquilidad primaveral. Y esa sensación de temor, de nerviosismo contenido, se puede detectar en muchos lugares. Corre el rumor de que es mejor no coger el metro, ya que es precisamente ese medio de transporte tan popular en la capital y su área metropolitana, uno de los objetivos más atractivos y evidentes para cualquier terrorista potencial. En cualquier vagón de metro de la capital se pide a los ciudadanos su colaboración para evitar esos posibles atentados, pidiendo que se observe con especial cuidado a cualquier persona con vestimenta extraña. Los altavoces en el metro no dejan de repetir mensajes de alerta en ese mismo sentido. Los centros oficiales y los centros educativos han ido realizando simulacros para aleccionar a la gente sobre qué debe y no debe hacerse en caso de atentado terrorista. Las universidades han advertido a sus estudiantes y profesores de las medidas adoptadas, y algunas incluso han tratado de tranquilizar a su personal afirmando que disponen de suficiente agua y alimentos para resistir algunos días si fuera necesario.

A pesar de todo ello, sería absurdo pensar que la sensación general que se respira en Washington o, supongo, en otras ciudades norteamericanas, es de pánico. Más bien uno diría que se asiste a todo ello como algo inevitable, como algo previsto y preparado hace meses y que ahora finalmente tiene algún sentido. Recordemos que, después de proceder a fichar a todos los residentes de origen islámico, el nuevo Departamento de Seguridad Interior se cubrió de gloria hace unas semanas colocando el listón de su peculiar código de peligro de amenaza terrorista en el color “naranja” (el eslabón inmediatamente inferior al “color rojo” de amenaza inminente). En una sociedad muy propensa al catastrofismo y a la constante y detallada previsión del tiempo, ese tipo de códigos y previsiones nunca caen en saco roto. La gente selló puertas y ventanas, habilitó “habitaciones seguras” y agotó las existencias de cinta adhesiva, de linternas y velas, además de abarrotar la despensa de botellas de agua y alimentos imperecederos. La cosa empezó a resquebrajarse cuando se empezó a discutir la idea que los niños deberían permanecer en las escuelas si ocurría algo, prohibiendo a los padres a que fueran a por ellos. Las vacilaciones del Departamento, y el hecho que nada parecía ocurrir, hicieron que aquel “código naranja” pasara a mejor vida.

Ahora volvemos a estar en “código naranja”, pero como ha dicho la cadena ABC, esta vez es “naranja oscuro”. Y, esta vez, al menos, todos tenemos la cinta adhesiva y no hemos agotado las reservas de agua. Lógicamente, en una situación como ésta, si cualquier loco llega con su tractor y se mete en pleno Mall, en medio de edificios federales y muy cerca de los grandes símbolos de este país, como el monumento a Washington o los edificios en memoria de presidentes o caídos en las guerras anteriores, el caos está servido. Dwight Watson, un agricultor de tabaco de Carolina del Norte, harto de los problemas económicos que, según él, el Gobierno federal le ha generado, decidió el lunes 17 meter su tractor en los estanques del Mall, advirtiendo que llevaba explosivos y que no le importaba morir. Más de 100 policías y agentes del FBI le rodearon inmediatamente y cortaron las calles adyacentes, cerraron edificios federales y provocaron un caos circulatorio de un par de narices en pleno centro de la capital.

Las grandes cadenas de televisión no dejan de anunciar los peligros de la venganza que provocará el ataque de las tropas norteamericanas en Irak (¿tendrán códigos de colores en Bagdad?) , y el presidente no ha dejado ni un solo minuto de establecer una relación causa-efecto entre el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 y el ataque a la dictadura de Sadam Husein. Como hace tiempo demostró el profesor Barry Glassner en su libro La cultura del miedo, la sociedad norteamericana no ha dejado en estos últimos años de temer lo peor sobre una realidad y un mundo para ellos cada vez más incomprensible. Y ahora, finalmente, ha encontrado un presidente y un liderazgo político que está dispuesto a responder a esa sensación y a la barbarie de Al Qaeda, aunque sea definiendo objetivos, estableciendo medios y tomando medidas que poco tengan que ver con las raíces profundas de esa percepción.

Al final, como dice Paul Krugman, a pesar de que la mayoría de estadounidenses no tengan una idea clara de cuál es el motivo real de la intervención militar en Irak, lo cierto es que finalmente algo va a ocurrir y los soldados van a justificar porque están allí desde hace meses o semanas. Todo lo demás es “politiquería antipatriótica” (como las críticas que ha recibido el senador demócrata Tom Daschle por atreverse a criticar el desastre diplomático de la Administración de Bush). Supongo que muchos deben estar pensando a ver si finalmente volvemos a tener un “código amarillo” que, desde el 11 de septiembre de 2001, significa que la amenaza terrorista es “sólo” posible.

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