Atacando (y quemando) parlamentos

Las imágenes que nos llegan a través de la Historia del pasado siglo sobre asaltos o ataques a edificios emblemáticos como son los Parlamentos suelen estar cargadas de un gran dramatismo, de una fuerte conmoción escenográfica, como es el fuego o, directamente, de un notable equipamiento militar, como tanques o blindados, rodeando amenazadoramente dichos edificios. Sólo hay que recordar las instantáneas, cargadas de simbolismo, que nos han llegado de Boris Yeltsin, subido a un tanque, leyendo el 19 de agosto de 1991, apenas un par de años después de la Caída del Muro, una declaración en contra de la junta golpista formada por nostálgicos del comunismo y de la antigua URSS recién desmantelada. Un grupo de sediciosos que, al igual que en otros lugares, y en otras circunstancias similares de camino irrevocable hacia la democracia, intentaba en este caso acabar con las reformas emprendidas por la «perestroika» de Gorbachov.

También, en este año de celebraciones, felices o no felices, los españoles hemos recordado a menudo, treinta años después, nuestro particular asalto a un Parlamento. En aquella ocasión, se trataba del —universalmente— célebre Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 protagonizado por el teniente coronel Tejero. La escenografía que rodeaba a los representantes secuestrados, legítima y democráticamente elegidos por los ciudadanos al finalizar una larga dictadura, no se mostraba menos desafiante: guardias apuntando con sus armas a diputados, ráfagas de subfusiles, carros de combate y camiones de los sublevados.

Como penosa conmemoración o recuerdo de aquellos siniestros acontecimientos, con un simbolismo difícil de desentrañar, algunos, en este caso no elementos castrenses, sino civiles, llenos de ira, decidieron el pasado 15 de junio montar un cerco en torno al Parlament de Cataluña, para impedir la entrada a los diputados. Agresiones, insultos, zarandeos, escupitajos o, ya que estamos en el reino de lo metafórico, vergonzosas marcas sobre la ropa, imitando siniestros rituales medievales o estigmas no menos cargados de repugnancia y horror como los que utilizaban los nazis para señalar a los judíos por las calles o a otros individuos y colectivos en los campos de concentración. El presidente Artur Mas tuvo que utilizar un helicóptero para romper el sitio y más tarde declaró que se habían «traspasado unas líneas rojas». Y era cierto. Aunque no menos lamentable que algo tan elemental tenga que ser recordado en nuestras democracias de corta memoria. La democracia, efectivamente, tiene sus tabús, sus necesarias autodefensas, sus prohibiciones ontológicas y específicas. Y no necesita de muchos más adjetivos. Todos sabemos cómo acaban las democracias cuando se tiene la obsesión de adjetivarlas demasiado: democracia orgánica, democracias populares, democracia real.

¿Qué ha pasado para que no sólo haya tan poca memoria democrática, sino para que algunos muestren tanto desprecio e incluso enconado rencor por el hecho, por ese inmenso y perfectible privilegio, de gozar de Parlamentos en sistemas democráticos perfectamente instituidos e integrados en el concierto europeo y en más que razonable funcionamiento? ¿Cuál es el mensaje que se lanza a la desesperación de miles de ciudadanos de las revueltas árabes muriendo en las calles al reclamar sistemas democráticos que otros se dedican irresponsablemente a despreciar y arrastrar vergonzosamente por el lodo? Quizá la lectura más inmediata es la de niños-ciudadanos malcriados de nuestras democracias occidentales, cansados de jugar siempre con los mismos y monótonos juguetes regalados, caídos del cielo y llegados no se sabe cómo y bajo qué interesadas y malévolas maquinaciones. Se desean otro tipo de juguetes, normalmente abstractos, difusos, de brazo levantado, turbadoramente peligrosos. Ya lo dijo un teórico y jurista, cercano al nazismo, Carl Schmitt: «La democracia no está en la urna. Está en la plaza y la aclamación». También lo escupían de forma estremecedora, nada divertida, algunas pintadas de las «alegres» paredes del mayo del 68 francés (que acaban de recogerse en el volumen «Sed realistas, pedid lo imposible», Edhasa): «Propietarios de opiniones abstenerse, nada de oradores, nada de micrófonos». Lo dicho: ¿para qué las palabras? A brazo alzado.

Pero hay que recordar otra escenografía trágica y conocida: la noche del 27 al 28 de febrero de 1933, cuatro semanas después del nombramiento de Adolf Hitler como canciller del Reich, el edificio del Parlamento, el Reichstag, ardió. Aunque no cabe duda de que el incendio fue provocado, la autoría nunca llegó a resolverse. Los nazis presentaron el suceso como «un complot comunista», lanzando una campaña de terror y de represión contra los partidos políticos que se les oponían. Los derechos políticos garantizados por la Constitución de Weimar quedaron rápidamente suspendidos, derogando las más elementales garantías civiles. Lo demás es sabido. El individuo había dejado de existir, a partir de entonces sólo existía la masa, como igualmente anunció Canetti en su obra «Masa y poder». En un discurso pronunciado en 1926 por Hitler ante un selecto público del Hamburger Nationalklub —mencionado por Ian Kershaw en su monumental estudio dedicado a Hitler y el nazismo— el autor de «Mein Kampf» ya lo dejaría dicho: «Sobre todo, uno tiene que desechar la idea de que se puede satisfacer a las masas con conceptos ideológicos, la comprensión constituye una plataforma poco firme para las masas: la única emoción estable es el odio». Metido en la multitud, el individuo es «como una insignificante lombriz» que tan sólo siente «la energía de 200.000 personas luchando unidas por un ideal, que él mismo no logra comprender y no tiene por qué».

Quiso la casualidad que aquella triste foto de diputados zarandeados me pillara fuera de España. Invitada, en este semestre en que Polonia ocupa la Presidencia de la Unión Europa, a una serie de actos organizados por el muy activo y eficaz, a pesar de su corta vida, Instituto Polaco de Cultura de Madrid, aquel mismo día yo estaba paseando por delante del Sejm, el Parlamento polaco, junto a dos excelentes escritores de esa nacionalidad, Marek Bienczyk, autor de una maravillosa y melancólica novela sobre la ocupación alemana de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial («Tworki», editorial Acantilado), y con una no menos notable autora, Agata Tuszynska, biógrafa de grandes figuras de esa misma tierra, con todas sus variantes geográficas sufridas a lo largo de su atribulada Historia. Figuras de la relevancia de Isaac Bashevis Singer o Bruno Schulz, pero también de otras menos conocidas, como la cantante judía del gueto de Varsovia, Wiera Gran, de la que aparecerá este otoño en España, en Alianza Editorial, una biografía que ha causado un considerable revuelo en otros países europeos donde ha sido publicada. Agata me comentó que vivía justo al lado del Parlamento. Pensé inmediatamente en los dramáticos acontecimientos que habían sufrido los polacos, ese rosario de tragedias incesantes, difíciles de glosar para los no introducidos en la materia, hasta llegar a la democracia, hasta gozar de ese Parlamento, todo lo perfectible imaginable, como todos los Parlamentos del mundo. Para suavizar la tensión algo sombría de mis pensamientos recuerdo que le hice la broma a Agata de que podía haberse dedicado a la política. Así saldría cada mañana en su calidad de diputada, del partido que escogiera, directa hacia el Parlamento, recién levantada, con las ideas y los argumentos frescos, dispuesta a debatir con ardor lo que se pusiera por delante. Una noble profesión, plagada de escollos y decepciones, como cualquier otra, pero difícilmente imaginable aún en un gran número de países y circunstancias.

Por Mercedes Monmany, escritora.

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