Atenazados por un conflicto de poderes en Asia

China va camino de superar a los Estados Unidos como mayor potencia económica del planeta, y su renuencia a aceptar el dominio estadounidense sobre el Pacífico Occidental es cada vez más evidente. A la par que esto acontece, los aliados y amigos de los Estados Unidos en la región Asia-Pacífico están cada vez más preocupados por sus perspectivas estratégicas a más largo plazo. La hipótesis que más temen los gobernantes, desde Seúl hasta Canberra, es un juego de suma cero en el que se vean obligados a elegir entre su gran dependencia económica de China y su todavía enorme dependencia militar de los EE. UU.

Nadie cree que la relación entre los EE. UU. y China vaya a aguarse en un futuro cercano, sobre todo si se tiene en cuenta la relación de consumo y crédito que en la actualidad vincula a ambos países en una estrecha interdependencia. Pero el panorama que se espera de aquí a una o dos décadas ya es tema de un cúmulo de análisis y comentarios, donde se destacan las tensiones que desde hace mucho tiempo infestan el mar de China meridional, que cada tanto afloran en el mar de China oriental y que acechan desde siempre en el Estrecho de Taiwán. ¿Hay algo que puedan hacer los países de la región, visto su entrecruzamiento de intereses y lealtades, para evitar las dificultades que sin duda enfrentarían si la competencia entre los EE. UU. y China se tornara violenta?

Es probable que ninguno de nuestros países, tomado por separado, pueda ejercer mucha influencia en la situación general. Pero actuando en conjunto, Japón, Corea del Sur, los principales miembros de la ASEAN y Australia podrían enviar a China y a los EE. UU. varios mensajes muy eficaces (algunos de ellos contemporizadores, otros no tanto), que indiquen claramente la contribución que cada uno puede hacer al mantenimiento de la estabilidad regional.

Los gigantes no siempre tienen mucha paciencia en sus tratos con los simples mortales, pero por experiencia propia puedo decir que, en general, los EE. UU. están dispuestos a escuchar que sus amigos cuestionen sus presupuestos políticos y los pongan a prueba, y responden de la mejor manera posible. En cuanto a China, en su relación con socios e interlocutores, siempre ha respetado la fortaleza y la claridad de propósitos. Además, es más difícil matar al mensajero cuando son muchos que cuando es uno solo.

En el caso de China, lo primero que debemos transmitir es una serie de mensajes tranquilizadores. Que sabemos que este país siempre se tomó con la máxima seriedad el objetivo de lograr un mundo sin armas nucleares y que comprendemos su necesidad de garantizar que podrán seguir contando con un poder de disuasión nuclear mínimo, en tanto este tipo de armas exista. Que entendemos su interés en mantener una armada oceánica para proteger sus corredores marinos de cualquier eventualidad. Que somos conscientes de la importancia que otorgan a sus reclamos sobre soberanía de los mares. Y que reconocemos la intensidad de su sentimiento nacional respecto del lugar de Taiwán dentro de una China unida.

Pero junto con estos mensajes, hay que transmitir otros. En relación con el poder nuclear y las otras capacidades militares del país, no puede haber confianza mutua si no hay una mayor transparencia (no solamente en cuanto a doctrina, sino también en cuanto a cantidades y despliegue de fuerzas) que la que China se ha mostrado dispuesta a ofrecer tradicionalmente.

Cualquier aumento del arsenal nuclear de China sería desestabilizador y totalmente contraproducente de cara a su objetivo declarado de lograr un desarme nuclear global. Para que los otros países de la región reduzcan su dependencia del poder de disuasión nuclear de los EE. UU. (sin procurarse capacidades nucleares propias), necesitan estar seguros de que podrán enfrentar con medios convencionales cualquier amenaza imaginable.

En este contexto, China no debería esperar que los aliados tradicionales de los EE. UU. en la región reduzcan su compromiso con esta relación y su esperanza en la continuidad del respaldo estadounidense. Y aunque los planes de defensa de los otros países del área no atribuyen a China malas intenciones, la elaboración de esos planes debe hacerse siempre con clara conciencia de las capacidades de los principales actores regionales (como pone de manifiesto un documento reciente del Ministerio de Defensa de Australia).

Asimismo, cualquier agresión que cometiera China en pos de hacer valer sus reclamos territoriales (incluidos aquellos sobre Taiwán) sería desastrosa para su credibilidad internacional, para la paz regional y para la prosperidad de la que depende la estabilidad interna del país. La forma óptima de resolver los conflictos de soberanía en los mares meridional y oriental de China sería someterlos a la decisión del Tribunal Internacional de Justicia; o en su defecto, congelarlos y negociar en forma pacífica acuerdos que permitan el acceso mutuo y la explotación conjunta de los recursos.

En cuanto a los EE. UU., la región debe transmitir mensajes que, al elemento sentimental tradicional, le añadan una cuota equivalente de realismo práctico. Estamos tan agradecidos como siempre por la protección que este país nos ha brindado y con la que esperamos seguir contando. Pero, aunque parezca paradójico, tal vez lo más seguro para la estabilidad de la región Asia‑Pacífico sea una distribución más equilibrada de poder militar convencional, en vez de una afirmación permanente de la supremacía o el dominio absoluto de los Estados Unidos.

Si los aliados y amigos de los EE. UU. en la región tuvieran que enviarle a este país un único mensaje, el más sabio que podrían elegir sería uno que hace diez años le oí decir al ex presidente Bill Clinton en una reunión privada en Los Ángeles:

“Podemos recurrir a nuestro gran poder militar y económico, un poder como nunca antes hubo, para intentar conservar para siempre nuestro predominio sobre la comunidad internacional. (…) Pero lo mejor que podemos hacer es usar esa supremacía para crear un mundo en el que podamos vivir a gusto cuando ya no tengamos ese predominio”.

Gareth Evans, ex ministro de Asuntos Exteriores de Australia, profesor en la Universidad de Melbourne, rector de la Universidad Nacional de Australia y Presidente Emérito del International Crisis Group. Traducción: Esteban Flamini.

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