Atención a las malas noticias

Por Reyes Mate, profesor de investigación del CSIC (EL PERIÓDICO, 26/04/06):

Las malas noticias ya no vuelan, sino que se pegan al cuerpo como una costra obsesiva. Los informativos radiofónicos nos cuentan con implacable regularidad que el petróleo sube y sube. Ha pasado de los 50 dólares a los 60, estamos en los 70 y llegaremos a los 80. Los expertos avisan de las consecuencias: gasolina más cara, para empezar y sobre todo recesión económica, esto es, paro para algunos y empobrecimiento para muchos. La noticia desasosiega al ciudadano de a pie que mira en todas las direcciones buscando signos que anuncien que esto se puede parar. Puede ser ese apre-
tón de manos entre el emperador Bush y el mandamás chino, Hu Jintao, o la iniciativa de algún persa sensato que pare los pies a su presidente, un parvenu sin modales, que está jugando con fuego. Necesitamos con urgencia una señal que alivie esta angustia que nos atenaza.
Pero ¿y si en vez de jugar a conjurar el peligro a cualquier precio, como solemos hacer, pensáramos que esta mala noticia es un aviso? Un aviso de que así no podemos seguir: ni podemos seguir pisando los callos de quien se pone en nuestro camino ni podemos seguir pensando que el petróleo es inagotable. Es un aviso de que por el camino que llevamos, vamos a la catástrofe. Si fuéramos inteligentes, como lo era el matemático Blas Pascal, podríamos hacer una apuesta como la suya. Él se decía: “No hay certeza de que Dios exista, pero si existe, es tanto lo que me perdería si no creyera, que más vale creer en él. El esfuerzo de creer es un precio ridículo en comparación de lo que ganaría si existiera”. La traducción a hoy sería: puesto que la catástrofe que se nos avecina va a ser colosal, tomemos medidas para dosificar los recursos naturales, para no deteriorar más el planeta ni convertirle en un arsenal de armas que puedan acabar con el mundo que hemos construido. Las medidas que tomemos siempre serán menos dolorosas que el cumplimiento de los peligros a los que nos estamos exponiendo.

DE LO QUE nadie duda –nadie que piense desinteresadamente y con conocimiento de causa– es de que el modelo occidental de progreso es insostenible, al menos por un par razones: en primer lugar, porque no hay para todos. Recuerdo un debate en la sede de la Unesco en París hace un par de años. Un filósofo de campanillas, Richard Rorty, decía ante un público numeroso que su ideal de vida era el supermercado: que todo el mundo fuera un gran mercado al que se pudiera acceder libremente para surtirse de lo que se necesitara. Alguien, un joven africano, le respondió: “Profesor, el problema es que no hay para todos”. Los recursos de la Tierra no dan para tanto. La segunda razón tiene que ver con el elevado coste humano que lleva consigo ese progreso. Antes de pensar en universalizar un sistema de vida del que sólo disfruta un pequeño número de habitantes del planeta, consideremos la necesidad de que todos coman o vivan con algo más de un dólar por día. Según informes de la ONU, 18 millones mueren al año por efecto de la pobreza, causada por este famoso orden mundial moderno. Durante siglos ese costo humano no ha tenido voz ni voto, por eso podíamos presentarlo como un destino fatal, o como factor natural, es decir, como un precio inevitable. De la misma manera que hay quien muere por un rayo, los hay que tienen que quedarse en el camino de la historia mientras los demás avanzan. Nadie entonces paraba mientes en dos detalles: siempre pagaban los mismos y ese costo marginal no era ninguna minucia, porque eran los más.
Ha llegado el momento de parar el carro. Estamos muy acostumbrados a relacionar revolución con aceleración del tiempo: la prueba del ritmo revolucionario del desarrollo tecnológico es que cada vez se acorta más la vida del móvil, del televisor o del ordenador porque hay que sustituirles por nuevos y mejores artefactos. Pues bien, hemos llegado a un punto en el que hay que relacionar la revolución con tirar del freno de emergencia e interrumpir este marcha triunfal que lleva a la catástrofe.

SI RESULTA que la globalización genera más riqueza que nunca y, al tiempo, es la causa directa e indirecta de que cada día mueran 50.000 seres humanos de hambre, algo habrá que decir. Y si, por otro lado, este modelo civilizatorio está produciendo daños irreparables a la naturaleza y acrecentando exponencialmente el peligro de destrucción ¿por qué no pensar el progreso en términos de interrupción y no de continuidad y, menos aún, de aceleración?
Naturalmente que los políticos no están por la labor. Quien ose asomar algunas de estas ideas en un programa electoral sabe que está condenado. La gente lo que quiere son buenas noticias y, en su defecto, promesas firmes de que pronto superaremos la mala racha, convencidos como estamos de que el progreso es imparable y va siempre a mejor. Una ilusión peligrosa que cada vez cuesta más cara.