Atenerse confiadamente a la diversidad

Hace unas semanas todos fuimos testigos de un acontecimiento que impresionó y maravilló a nuestro país. Las redes sociales y los medios de comunicación no daban crédito a lo que estábamos atestiguando: ¿De dónde ha salido esta familia? ¿De qué clase de personas se trata? ¡Vaya ejemplo están dando! ¿Quién era el tal Ignacio Echeverría? ¿Con quién se educó y a qué estirpe pertenece? ¿De dónde extraen sus hermanos tanta fuerza para reponerse? ¿Qué clase de seres son éstos que ante la mayor tragedia y dolor expresan agradecimiento? ¿De dónde procede tanta resiliencia? ¿Cómo una tribulación de tamaña magnitud puede a alguien hacerle «querer más a sus amigos y a su país», como afirmó la hermana?

Confesémoslo, la mayoría de nosotros, al atestiguar ese episodio en los medios, experimentamos, casi sin poderlo evitar, cierto sentido de vergüenza propia, porque creíamos que nosotros ante semejante quebranto, lejos de reaccionar así, hubiéramos soltado improperios y expresiones de indignación –aunque quizá en versiones ligeras y algo cultas, por las cámaras– con relación a la gestión de la Policía británica, la Embajada española o el Ministerio de Exteriores; y, con mucha mayor razón, con respecto de los terroristas o, incluso, de los amigos de Ignacio que no lo pudieron defender en el Puente. ¿Quién de nosotros no hubiera dicho aquello de «esto no va a quedar así»; «vamos a ir hasta el final»; «hemos pedido una investigación para esclarecerlo todo»; etc.?

Cuando vi las primeras palabras de la familia Echeverría en televisión estaba almorzando junto a mi esposa. Al ver boquiabiertos las declaraciones de la hermana, nos dijimos al unísono «esta familia es creyente…». No tuvimos dudas de que semejante poderío sólo puede brotar de la fe. Al cabo de unos días, las noticias que empezaron a profundizar un poco más en la biografía de Ignacio sacaron a luz que se trataba, en efecto, de una familia católica, muy creyente.

Este mundo –dice Eugenio Trías– «es, sobre todo, escenario de un sufrimiento que insiste siempre y se recrea; la criatura que nace, alumbrada por la dicha de existir, inmediatamente se acomoda a la ruda ley del sufrimiento. Su anhelo vital queda sofrenado por un principio de realidad que todo lo empequeñece y empobrece. La vida terrenal es desesperante, como lo es el hambre que hace gritar al niño, en un ascenso de sexta, sin que la madre entienda la urgencia de su demanda de alimento. Sólo la apertura a un ámbito de resolución por la vía de la fe, que es la expresión misma de la vida del deseo, preserva de ese diabólico tiovivo de la danza desnortada; una fe y un deseo ilustrados e iluminados que deben sentirse como un don. Esa fe, avalada por el deseo, no se halla contaminada de ilusiones bastardas y banales. Vivimos aquí, en este escenario de vida purgativa en el recinto uterino anterior a un salir fuera. Y esa exterioridad constituye una vida diferente. Sólo desde la fe se puede postular la otra vida».

En efecto, no se trata de tener la fe del carbonero, una fe irreflexiva, acrítica e interesada, con utilitaristas fines a sobrellevar mejor los sufrimientos de la vida. Tenía razón Russell sobre la imposibilidad de «una razón práctica para creer en lo que no es verdad; hay que descartarlo de plano. Si algo es verdad, es verdad; y si no lo es, no lo es. Si es verdad debes creerlo; y si no, no debes creerlo. Es fundamentalmente deshonesto y dañino creer en algo solo porque te beneficia y no porque pienses que es verdad».

La cosa funciona, más bien, al revés: toda vez que gracias a una filosofía fronteriza, como la de Eugenio Trías, o de una espiritualidad racional e ilustrada –como un cristianismo actualizado o una cosmovisión como la bahá’í, por poner un ejemplo multicultural–, uno descubre algunos principios metafísicos, entonces conferir sentido a la enfermedad o a la muerte es algo que procede de modo natural cual elixir cauterizante que brota del seno lactante de la creencia.

Fe racional e ilustrada significa creencia compatible con la ciencia. Para decirlo con uno de los matemáticos más lúcidos del siglo pasado, William Hatcher, sólo son asumibles aquellas creencias metafísicas que sean compatibles con la lógica y con la ciencia.

Es verdad que la metafísica tiene su propia cancha de exploración de la realidad, que se halla identificada por el célebre criterio popperiano, pero sus afirmaciones deben cumplir siempre un requisito fundamental: no contradecir ningún descubrimiento científico; es decir, no ser inconsistentes con lo que sabe la ciencia.

El caso de los Echeverría, como ejemplo paradigmático que inspira a todo un país con su «algo muy triste y muy duro se está convirtiendo en algo más bonito y muy grandioso», muestra que tener fe –compatible con la ciencia– en que tras la muerte la conciencia humana cambia de estado y continúa existiendo, bien que en otra forma ontológica, nos apodera para atenernos confiadamente a los datos más adversos de la realidad. Esa fe nos capacita, además, para fabricar con esos infaustos datos que nos arroja la existencia una brújula con la que orientar nuestras metas en la vida.

Arash Arjomandi, filósofo y profesor de la EUSS (UAB).

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