Atentados y Alianza de Civilizaciones

He deseado dejar pasar un pequeño periodo de tiempo para reaccionar ante los trágicos y abominables atentados, sufridos el pasado día 17 de agosto, en Barcelona y Cambrils y tener así una mejor perspectiva en el análisis de las razones y consecuencias de este nuevo ataque a la vida y a la libertad.

Se ha escrito mucho sobre este nuevo ataque terrorista que nos ha hecho recordar el atroz atentado del 11 de marzo de 2004. Es cierto que no todo son similitudes, pero sí cabe reflexionar sobre el porqué, tras 13 años sin atentados, el “yihadismo radical” vuelve a golpear con su fanatismo irracional a España cuando la mayoría de la opinión pública española consideraba que nuestro país estaba exento de sufrir este tipo de ataques.

Ante todo, la primera reacción y obligación de cualquier ciudadano, digno de esta denominación, es condenar sin paliativos esta atrocidad. No hay excusas ni justificaciones ni explicación posible ante tal barbarie. Todos, Gobierno, instituciones, servicios de inteligencia, de seguridad y ciudadanos debemos movilizarnos para condenar y evitar este tipo de actuaciones. No podemos eludir nuestra responsabilidad ante estas amenazas y debemos trabajar y comprometernos en denunciar y desactivar cualquier conducta que facilite o permita este comportamiento inhumano.

Dicho esto -y aunque en toda estrategia para vencer y desactivar el desafío creciente del “yihadismo radical”, las medidas de seguridad y de orden policial y de lucha antiterrorista sigan siendo prioritarias- si de verdad deseamos lograr una definitiva erradicación de estas amenazas habría que, en paralelo y con determinación, llevar a cabo políticas hacia ese mundo confuso e irracional al que calificamos de “islamismo radical” que hasta ahora no han sido puestas en ejecución ni desarrolladas de forma coherente durante las últimas décadas.

Si hoy tuviésemos que hacer una comparación de la situación y del nivel de amenaza que las sociedades occidentales tenían hace 10-15 años con las existentes en la actualidad, la conclusión sería obvia: estamos mucho peor que a finales del pasado siglo. Parece por lo tanto que la profecía anunciada por el político norteamericano Samuel Huntington de un «choque de civilizaciones» se ha abierto camino. El analista estadounidense podría hoy sentirse confortado por las conclusiones expresadas en su famoso artículo publicado en 1993 en Foreign Affairs. La sociedad occidental se ve atacada y cuestionada por el «mundo musulmán» y el ascenso de los hispanos en EEUU es una realidad tal y como predijo.

Esta constatación nos llevaría a preguntarnos: ¿Ha triunfado Samuel Huntington? Muchos fuimos los que le interpelamos y combatimos en sus análisis y predicciones y aunque muchos tendrán la tentación de darle la razón, mi convicción sigue siendo la misma. No hay “choque de civilizaciones”, hay confrontación de intereses y por ello sigo convencido en negar esta predicción. No podemos, ni debemos aceptar, como titula en su libro el novelista francés Michel Houellebecq, la sumisión al “califato universal”. El problema no es que la percepción generalizada nos indique que exista un choque de civilizaciones sino que hasta ahora los responsables políticos, a pesar de ser conscientes de ello, han sido incapaces o no han podido eliminar las raíces de fondo de las crisis y conflictos que alimentan y son utilizadas para una pseudo legitimación de este rechazo radical musulmán hacia los infieles occidentales.

Es verdad que en política y sobre todo en política del siglo XXI se buscan siempre resultados inmediatos y, sin embargo, todos los expertos y analistas coinciden en señalar que si queremos de verdad erradicar las causas y el origen de todo este caos terrorista, Oriente Próximo merecería una mayor atención. No con guerras e intervenciones militares pero sí con soluciones diplomáticas que permitieran a corto, medio y largo plazo facilitar el establecimiento de un orden político, económico y social, moderno, justo, respetuoso y tolerante que cortaría de raíz cualquier desviación religiosa radical como las que estamos viviendo y sufriendo en la actualidad.

Lo he dicho y lo vuelvo a afirmar de nuevo, alto y claro: no habrá paz y estabilidad y, por consiguiente, seguridad en Oriente Medio ni, por supuesto, en Europa, si no logramos una solución definitiva al conflicto israelo-palestino. No habrá estabilidad y seguridad en la región si no ponemos punto y final al conflicto sirio, si no ayudamos a una reconciliación y al establecimiento de un modus vivendi entre chiíes y suníes, si no contribuimos a crear unas sociedades más vertebradas y capaces de elegir sus opciones políticas, una vez las condiciones sociales, económicas y políticas estén bien desarrollas. Hace falta por lo tanto coraje político para abordar la verdadera problemática y políticas e instrumentos que apoyen estas actuaciones.

Entre ellas, no puedo dejar de señalar una iniciativa que muchos consideraron ingenua y que, en mi modesta opinión, sigue siendo más necesaria que nunca: la Alianza de Civilizaciones. Es curioso que no haya sido mencionada para bien o para mal en ninguno de los múltiples escritos a raíz de los atentados de Barcelona pero hoy cabe reivindicarla. Al hacerlo hay que ser conscientes de que esta iniciativa debe ser revisada y reforzada para adecuarla mejor a los objetivos generales anteriormente mencionados. Hay todavía muchos campos de actuación que este proyecto no ha abordado y que merecerían un impulso renovado. Las últimas orientaciones acordadas en el último VII Foro de la Alianza de Civilizaciones en Bakú no han sido aún transformadas de manera operativa en hojas de ruta de carácter nacional, regional o local.

Sí, los atentados de Barcelona nos vuelven a exigir que junto a las medidas de seguridad y de lucha antiterrorista imprescindibles e indispensables no dejemos de lado las políticas e iniciativas que trabajan para «deconstruir» el imaginario radical en todos estos bárbaros. La Alianza de Civilizaciones es un instrumento válido en este objetivo. Frente al choque, frente al conflicto, elijamos la Alianza entre todos aquellos que sufrimos la barbarie de los fanáticos.

Miguel Ángel Moratinos, exministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

1 comentario


  1. RECIPROCIDAD

    ¡Ah, no, la reciprocidad no se exige! Es la irreciprocidad la que se ha instalado en Occidente con miras al musulmanismo y encima no tiene consecuencias de salida para los islámicos hartos de ser irrecíprocos, sino de más llamada, entrada, instalación y multiplicación de éstos. ¡Qué mora con más tino ha parido Córdoba!

    © Fej Delvahe, 2017.

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