Aterrizaje 2008: ¿Abróchense los cinturones!

Por Roberto Velasco (EL CORREO DIGITAL, 06/01/08):

Me interesa el futuro porque es allí donde pasaré el resto de mi vida». (Woody Allen). Con cierta frecuencia se acusa a los economistas de que nuestros conocimientos sirven apenas para explicar lo que ha pasado, cuando ya no tiene remedio. Y aunque la crítica tiene bastante fundamento, cada comienzo de año se nos insta a hacer pronósticos sobre la Bolsa, la inflación, la burbuja inmobiliaria, el dólar o los tipos de interés; desafío que de forma nada consecuente solemos aceptar (pese a que Keynes auguró un pésimo futuro a los economistas profetas), quizás porque el papel del tiempo en el desarrollo de los fenómenos financieros se ha convertido en una de las principales preocupaciones de una ciencia muy apegada a los sentimientos de la sociedad; de una sociedad que asocia la economía con el bienestar, el paro o la pobreza, y que se mueve siempre con un gran respeto, cuando no con temor, al porvenir.

La marcha futura de la economía, como la de otras facetas de la vida social, es impredecible y baste para demostrarlo preguntarse cuántos pensaban hace ahora un año que el barril de petróleo podía costar cerca de 100 dólares o en la brusca depreciación frente al euro de la divisa norteamericana, por no citar una crisis de las hipotecas de alto riesgo que ha golpeado al corazón del sistema financiero mundial (la gran banca de Estados Unidos) y de la que aún no somos capaces de vislumbrar todas sus nefastas consecuencias. Con estos precedentes, pocos son los valientes que se atreven a hacer predicciones económicas, bien de carácter científico (apoyadas en modelos matemáticos y econométricos) o bien nacidas directamente de la famosa bola de cristal, del santuario de unos cuantos druidas celtas o de los vapores sagrados del oráculo de Delfos. Pero alguno hay, como el incombustible Alan Greenspan, que sigue pensando en alto acerca del futuro de la economía estadounidense, cuya influencia es determinante en la economía mundial.

En efecto, el ex presidente de la Reserva Federal (FED) ha declarado estos días que la economía de Estados Unidos vive un proceso de desaceleración y que la probabilidad de que desemboque en una recesión está por encima del 50%, dado que los mercados globales de crédito están operando en situación de temor, entre otros motivos más convencionales relacionados con el ciclo económico. Otros economistas norteamericanos ven aún más negro el futuro y creen que EE UU se dirige a una recesión, independientemente de lo que haga la FED, y el Nobel de Economía Gary Becker ha ido más lejos al señalar que la economía estadounidense está ya en plena recesión, aunque no se atreve a pronosticar si ésta será tanto o más fuerte que la provocada por las empresas 'puntocom' en los primeros años de la década. Hay también, por supuesto, visiones más amables, como la del Fondo Monetario Internacional, que no apuesta por la recesión sino por una desaceleración prolongada de las economías estadounidense y europea, así como por un estancamiento del crecimiento mundial, aunque todavía éste permanecería en niveles altos (4,5%-5%) gracias al empuje de China, India y otros países emergentes.

Por su parte, la OCDE ha corregido a la baja las estimaciones para las economías japonesa y europea, reduciendo también hasta el 2,5% la tasa de crecimiento de la economía española para 2008 (ocho décimas menos que la prevista por el Gobierno de ZP, nada proclive a revisar sus estimaciones en vísperas de elecciones), debido a la pérdida de dinamismo del mercado inmobiliario y a la caída acumulada de nuestra competitividad exterior. Una tasa de crecimiento idéntica, por cierto, a la prevista por la patronal bancaria española para una economía que, en una época de restricción crediticia como la que se empieza a vivir, va a pagar un sobrecoste por la financiación de su gigantesca deuda externa; sobrecoste que puede afectar a la actividad económica y, por tanto, al crecimiento y al empleo. El servicio de estudios del BBVA ha llegado a una conclusión semejante, añadiendo que el parón inmobiliario destruirá 250.000 empleos netos en dos años, cifra importante, aunque no está claro si el desempleo afectará más a los inmigrantes que vinieron a España sólo para trabajar y sin más recursos que sus brazos, como indican los economistas del BBVA; los ejemplos históricos de países centroeuropeos desarrollados indican que, ante situaciones semejantes de crisis, estos trabajadores resistirán más en sus puestos que los españoles de origen, dado que estarán más dispuestos que éstos a aceptar reducciones en sus salarios.

En todo caso, un crecimiento del 2,5% del PIB, aunque supone volar más bajo, permitirá crear cerca de 400.000 empleos netos al año (frente a los 650.000 de los últimos ejercicios), una cifra insuficiente para emplear a todos los nuevos demandantes de trabajo, pero bastante aceptable si los pronósticos se cumplen y la evolución de la inflación, el precio del petróleo y el tipo de cambio euro/dólar no nos juegan una mala pasada adicional. Como es bien sabido, mantenemos un diferencial de inflación que no cesa respecto a la media de la eurozona y para luchar contra las alzas de precios sólo podemos jugar con una política fiscal restrictiva (la política monetaria es ya un asunto europeo y es imposible que se adapte a las necesidades individuales de cada Estado miembro de la UE) que imponga una férrea disciplina al gasto público. Los otros posibles 'choques', los derivados del precio del barril de crudo y de la paridad euro/dólar son de los llamados 'externos' y han de soportarse a cuerpo gentil (es decir, a cambio de perder tasa de crecimiento y empleo) porque dentro de la zona euro en la que estamos no existen instrumentos de autodefensa a disposición de las autoridades económicas nacionales.

En definitiva, el de 2008 será un ejercicio económico internacional y nacional a la baja, en plena maniobra de aterrizaje, a la espera de que la principal preocupación, la economía de Estados Unidos, no se desplome a la vista de los resultados que sus principales bancos presentarán próximamente; y con la inquietud de comprobar hasta qué punto pueden China e India hacerse cargo, con cierta solvencia, del tren de la economía mundial. Lo que a estas alturas resulta evidente es que, si bien el futuro no está escrito en bronce, poco se avanzará en modelarlo positivamente mientras no se aborden las reformas normativas y prácticas supervisoras necesarias para configurar un sistema financiero mundial mucho más sólido que el actual. Una vez más se ha puesto en evidencia que la «mano invisible» que intuyó Adam Smith necesita de la 'mano visible' de los Estados para que la economía de mercado funcione adecuadamente. En todo caso, mientras no llegue esa tan ansiada y reclamada regulación conviene abrocharse fuertemente los cinturones durante 2008; no sea que, en lugar de aterrizar suavemente, la aeronave de la economía mundial se harte de tierra.