Aterroriza como puedas

Pedro Sánchez y Carles Puigdemont. Alejandra Svriz
Pedro Sánchez y Carles Puigdemont. Alejandra Svriz

No creo ser el único que utiliza a ciertos críticos literarios o cinematográficos de forma negativa en vez de positiva: o sea que sigo al pie de la letra sus recomendaciones, pero con el signo cambiado. Si elogian un libro o una película huyo de ellos como de la peste, pero si censuran algo acerbamente corro a buscarlo. Pocas veces me fallan. También me pasa en el terreno político, aunque ahí es más difícil porque los palmeros del Gobierno le siguen en sus desvergonzadas piruetas y cambian de doctrina tres veces por semana. Ya no llevo la cuenta de los dóciles indocumentados que hoy aseguran con total aplomo que la amnistía es perfectamente constitucional y además resuelve el conflicto separatista en Cataluña cuando hace tres meses abominaban elocuentemente de ella (de la amnistía, no de Cataluña). Y eso a pesar de que el noventa y nueve por ciento de los expertos, es decir los que tienen estudios jurídicos serios y cuelgan en su despacho diplomas debidamente autentificados, coinciden en señalar que la señalada exculpación carece obviamente de las virtudes que se le atribuyen y en cambio rebosa de contraindicaciones que se ocultan.

Pero a pesar de que el orfeón de los legitimadores de lo indefendible, es decir de los publicistas del Gobierno Sánchez, oscilan tanto en el oportunismo de sus opiniones que a veces no las cambian a tiempo y aciertan, creo que aún se puede utilizar a algunos especialmente aguerridos como brújulas para señalar indefectiblemente el error más sectario. El héroe más destacado de este escuadrón de nulidades es y será, hasta que otro de la misma cuadra lo sustituya, Ignacio Sánchez Cuenca, que ahora escribe casualmente tribunas en El País. En general, creo que basta mantener sin vacilar la opinión política más opuesta a la de Sánchez Cuenca para aproximarse casi milagrosamente a la verdad. Pero en estos tiempos atribulados que vivimos, el sextante Cuenca es más fiable que nunca…

Por ejemplo, en la cuestión de si las actuaciones violentas de los separatistas catalanes como protesta por la sentencia del procés pueden ser consideradas terrorismo, como sostiene el juez García Castellón. La cuestión es litigiosa, pero no para Sánchez Cuenca, que en su último artículo (6-02-24) establece sin temblor: «Cualquiera que haya estudiado algo sobre terrorismo sabe que semejante acusación no tiene fundamento». ¡Ah, pues nada, asunto resuelto! Don Ignacio conoce personalmente o de oídas a todos los que han estudiado algo sobre terrorismo y sabe con certeza que todos opinan como él y sobre todo como Pedro Sánchez. ¡Menudo alivio! No perdamos más tiempo con falsos problemas que se disipan con solo preguntar a Sánchez Cuenca.

El juez García Castellón, los fiscales del Tribunal Supremo que mayoritariamente han opinado como él, los articulistas que les han dado -aunque sea cautelosamente- la razón, todos son chusma que nada saben sobre terrorismo porque no han estudiado el tema como sí ha hecho Sánchez Cuenca, que por su sapiencia debería llamarse Sánchez Oxford o por lo menos Sánchez Salamanca. Me tiemblan las piernas al asomarme al estrado del gran hombre y se me quiebra la voz, pero no voy a callarme, perdonen mi desfachatez: no es cierto que todos los que han estudiado algo sobre terrorismo sepan que esa acusación carece de fundamento. Hay al menos uno que estudiar no ha estudiado mucho el terrorismo, pero a cambio lo ha padecido (creo eso basta para que te convaliden varias asignaturas): y ese soy yo, ay mísero de mí, ay infelice. Y yo digo al sabio de Sánchez y de Cuenca que nanay, que llamar terrorismo a los disturbios separatistas en Cataluña voluntariosamente respaldados por Putin tiene más fundamento que muchas recetas de Arguiñano, y que lo que es terrorismo quien lo probó lo sabe aunque no haya hecho examen escrito sobre el tema. Vamos a ello y no te me distraigas.

El terrorismo es un instrumento político empleado por unos cuantos ciudadanos para imponer sus reglas a los demás por la vía de la intimidación. Lo que define a este instrumento es su método –producir miedo, convencer a los remisos de que no podrán vivir tranquilos si no ceden ante quienes les amenazan- y su propósito, imponer un cambio en el sistema político que no cuenta con la aprobación de la mayoría de los que van a padecerlo y que deroga de facto las leyes de la comunidad. Como a lo que más tememos los humanos es a la muerte, el terrorismo más contundente es el que líquida a los discrepantes.

Pero hay otras muchas formas de atemorizar sin llegar al asesinato: las amenazas constantes (incluyendo pintadas o pasquines), el hostigamiento callejero (sobre todo si afecta al entorno familiar), los estragos en negocios o servicios públicos, la violencia contra las fuerzas de seguridad, los cortes en el funcionamiento de los transportes, etc… Es la imposición ideológica por medio del perpetuo sobresalto: nessum dorma… En el País Vasco hemos conocido el repertorio completo y de vez en cuando nos ponen una dosis de recuerdo, como con las vacunas, pero en Cataluña también han tenido su factura extra large, y en ciertas ocasiones, como fue el miserable Tsunami anticívico o en episodios universitarios, a una escala aún mayor que la del País Vasco. Los embaucadores nos recuerdan que independentismo no es lo mismo que terrorismo, algo que mira por dónde ya sabíamos: tampoco la fe religiosa es lo mismo que las hogueras inquisitoriales… Pero no descuidemos la facilidad con que se pasa de lo uno a lo otro. El fanático es el que piensa que el mundo sería mejor si no hubiera herejes, es decir los que no piensan como él: siempre es un terrorista en potencia, aunque no ejerza. Y es que él también está asustado cuando comprueba que puede pensarse del modo que considera blasfematorio: su tranquilidad espiritual no respira más que en la unanimidad.

Escuchemos a George Orwell: «En nuestro tiempo, los escritos y los discursos políticos consisten en gran medida en la defensa de lo indefendible. (…). Por lo tanto, el lenguaje político ha de consistir en gran medida en eufemismos, peticiones de principio y turbias vaguedades» (La política y la lengua inglesa). Así ocurre con las defensas sectarias de la amnistía, que conculcan el Estado de derecho y exigen la desigualdad entre ciudadanos. Así con tratar de banalizar el terrorismo de baja intensidad, que asusta pero menos que el más heavy. Aprendamos los nombres de aquellos que pueden servirnos de guías intelectuales aunque a contrario: al revés te lo digo para que me entiendas.

Acabado el 8 de febrero de 2024, vigésimo primer aniversario del asesinato en Andoain de nuestro compañero Joseba Pagazaurtundua.

Fernando Savater, filósofo y escritor.

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