Atila pide árnica

En los últimos años se ha consumido tanta telebasura que algunos han acabado perdiendo de vista la fina raya que separa la realidad de la ficción, hasta moldear personalidades que rozan la psicopatía, por lo desinhibido de su comportamiento, por la falta de escrúpulos con la que actúan y por la ausencia de remordimientos.

Como los frikis de las teleseries que salen a la calle con los ojos enrojecidos y ven conspiraciones en la cola de la panadería, cuando no dragones. Este estado de ansiedad nos ha llevado a pensar que todo lo extraordinario es rutina. Que traguemos como normal que en el Consejo de Ministros se siente un señor y su esposa y no precisamente por acumular conocimientos sino citas históricas que acabarán como buenas en la hemeroteca de El Mundo Today, como aquella que dice que «los que piensan que la violencia de género no tiene género están fuera de la Ley». Que consideremos normal que alguien con una amplia militancia sea nombrada ministra de Justicia y que, cuando finalmente amplía su currículum haciendo gala de homofobia y riéndole los delitos a un tal Villarejo, sea ascendida a Fiscal General del Estado, ese trono desde el que uno debe velar porque a la Justicia se le pueda llamar por su nombre.

Me refiero al desempeño de Dolores Delgado en los últimos meses, ayudando a abrir o cerrar con parcial criterio causas espurias, como la impulsada por la jueza Servini desde Argentina contra nuestra Transición, con el señuelo de perseguir el franquismo y teledirigida por el exjuez Garzón, otro animal ideológico condenado por prevaricación. Que reivindicando la prueba del algodón se pusiera provisionalmente, por los meses de los meses, al frente de Televisión Española a un busto parlante de otros tiempos con un cuchillo partidista en la boca. Que los consensos se hayan tornado rodillos metálicos, hasta llenar de soldados afines lo que deberían ser órganos independientes. Échenle un vistazo a cómo se han renovado por ejemplo el Consejo de Seguridad Nuclear o la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia, bajo el lema el mejor adversario político es el adversario ausente. Que en la cocina del CIS hayan sustituido los bisturís por motosierras. Nunca en cuarenta años recientes de Democracia nadie con tan poco había orinado desde tan alto sobre la oposición, sobre las reglas de juego y sobre la lealtad institucional.

¿Y nos extraña ahora que el Partido Popular de Pablo Casado se resista a «renovar» con estos marcianos el gobierno de los jueces? Dice mi admirado Ignacio Camacho que «incumplir el mandato de renovación de los órganos constitucionales es un acto de obstruccionismo impropio de un partido de Estado». Creo que un partido de Estado es el que se mantiene firme ante las involuciones. Y me temo que a este paso una sociedad que contempla impávida lo que ocurre a su alrededor no tardará en olvidar qué era una partido de Estado. Como aquella mujer que reconocía que su pareja se emborrachaba, le insultaba y le engañaba, pero le justificaba diciendo que al menos no la pegaba. Ya sabemos que regeneración o renovación son para algunos meros eufemismos que esconden intereses bastardos. Sin duda Winston Churchill era un gran estadista, pero eso no impide que acumule alguna mácula que oscurece su legado. Al final de la Segunda Guerra Mundial tuvo en su mano evitar la muerte de miles de cosacos y otros rusos que, a las órdenes del general Vlasov, habían colaborado con el ejército alemán simplemente porque Stalin les había abandonado a su suerte. Acabada la guerra pidieron la protección de los aliados, pero Churchill miró para otro lado en Yalta para no importunar al dictador soviético y montones de cadáveres de aquellos hombres que se entregaron desarmados pueblan hoy los cementerios del centro de Europa y de Rusia. Estoy seguro que Churchill se arrepintió toda su vida. Reconozco que el ejemplo es un poco drástico, pero la Justicia es lo suficientemente importante para no contemporizar como novatos cuando Atila pide árnica.

Iñaki Garay, director adjunto de Expansión.

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