Atrévase a ser como es

Hubo una época, desde el principio de los tiempos hasta hace poco, en la que había muchos más niños que viejos. Y en proporción decreciente, se contabilizaban jóvenes, maduros en plenitud, ancianos y venerables. La democracia, teóricamente antigua, florece en el siglo XX, a lo largo del cual se pueblan las ciudades. A finales del XIX, el 90 por ciento de la población mundial vivía en el campo. Hoy, el 90 por ciento del mundo desarrollado es urbano. Las familias numerosas, habituales en el pasado, desaparecen en el entorno cívico. La ola de progresía aboga por el control de la natalidad y del crecimiento, en todos los órdenes, y visualiza un horizonte abarrotado por lo que multitud de especies animales y vegetales deben ser protegidas para no ser añoradas. La humanidad crece a un compás de más de 100 millones de individuos al año.

Aflora con ímpetu el concepto de sostenibilidad. Los desequilibrios poblacionales entre los distintos mundos fomentan la migración. El orbe tiende a la globalización tanto intelectual como física. La comunicación con el artilugio móvil crea la tertulia universal que interesa si expande el conocimiento que se da entre quienes han vivido, pensado y obrado a lo largo de su trayectoria.

Pero todos estos lugares comunes, a pesar de su obviedad, van descompasados. Las armonías rítmicas sólo ocurren esporádicamente a lo largo de la historia.

Y entro en materia: como la democracia adjudica el poder a quien tiene más votos —el ser humano aspira siempre a un poder—, sus representantes más codiciosos buscan el aplauso de las mayorías. Y los jóvenes eran, hasta ayer, los más numerosos. Hoy empiezan a aparecer los sensatos y, de aquí a mañana, el mundo estará lleno de viejos.

Es lógico que me resulte ridícula la obsesión por parecer jóvenes a los que dejaron, gracias a la vida, de serlo. Permítase usted, político, ser como es y el tiempo y el voto le darán la razón.

El cuerpo cumple en cada estadio vital con su lógico destino y si se sublima su aptitud temporal es probable que queme su potencial futuro. Es triste ver a una estrella deportiva, explotada en su corto periodo, sumida en su decadencia. Maradona no tuvo tiempo ni medios para equilibrar su formación y hoy...

Cada etapa evidencia sus diferenciadas metas. En el mundo de la empresa, se acentúa el valor (además de la preparación que exige tiempo), de la experiencia, de su ejercicio, de la puesta a punto de la capacidad creativa, del entrenamiento de la potencia gobernadora. Y todas estas facultades, si acrecidas, se reflejan en la expresión física, principalmente facial, de quien las educa y domina.

Pasa el tiempo y declina el poderío energético.

La sabiduría sigue su incremento pero la capacidad ejecutiva pierde autoridad, que no autoría.

Y llega la venerabilidad para quien la alcanza. Son señalados sus ejemplos y conspicuos en el mundo del arte, de la literatura, de la política. Rafael, en la «Escuela de Atenas», en sus famosísimos frescos en Las Estancias del Vaticano, retrata a Leonardo, a Miguel Ángel y a Bramante, admirados en su ancianidad. Conviene recordar que Rafael, quien muriójoven y triunfador, tomaba ejemplo de sus veteranos maestros, estéticos y capaces hasta su final, para crear belleza: últimamente se defiende la datación de la «Gioconda» en el último año leonardiano en Francia (1518); y es sabido el tiempo en que Velázquez pinta «Las Meninas» (1656, cuatro años antes de su muerte), o El Ticiano, sus mejores obras; su autorretrato (Museo del Prado), a los 90 años, es una de sus piezas maestras.

Frank Lloyd Wrihgt, cuyo bello estilismo inicial se desarrolla en Chicago, sufre un desvarío a su vuelta deljapón para dejar su incomparable firma nonagenaria en El Guggenheim neoyorquino.

Le Corbusier, que se ciega en los treinta con su dogmatismo cúbico, despierta su talento trascendental en las islas griegas para inventar, ya viejo, belleza en la iglesia de Ronchamp.

Ortega y Unamuno murieron veteranos, ejemplares por su plenitud creativa.

La taxidermia, a la que se han entregado tanto la mujer como el hombre para aparentar la juventud que perdieron, diseca la apariencia al borrar las nobles huellas con las que la vida les había marcado y distinguido.

La moda última que sustituye las dentaduras por un teclado blanco, exhibido en falsa risa por los operados, resulta estereotipada (¿no es más lógico el color del marfil?); la prohibición del tabaco, enmascarador centenario de la halitosis, ha perjudicado la absurda moda del ósculo facial. Cuánto más inspirador resultaba el beso en la mano, tan español como el toreo.

Hay políticos que atienden a sus asesores profesionales en vez de a sus parejas vitales: se tiñen el pelo, a veces de rosa cuando la barba es blanca; cambian sus acentos, sus pesos basculares, sus modos, para convertirse en marionetas, sin tiempo para consolidar su propia identidad. Y, claro, se les ve inseguros, hasta ridículos.

Más grave aún resulta el caso de las políticas en ejercicio que llegadas con la edad y, por méritos indiscutibles, a la excelencia, se disfrazan de «quinceañeras», faldicortas y musliajamonadas para buscar el aplauso que no procede. Recuerdo a Juanita Reina... que no tenía piernas pero se alzaba sobre su larga falda gloriosa para lucir la verdad de su cara española y aguileña.

Cada uno de los periodos vitales adjudica ne aspirar a lo inalcanzable y así palpitar hasta la vejez. El cuerpo auténtico, ni mixtificado ni torturado por cirugías extemporáneas, expresa su dignidad y su verdad mientras se siente capaz. ¿A quién se le ocurriría teñir de negro la melena blanca del autorretrato de Da Vinci?

El físico de la mujer, su composición carnal, seduce eróticamente en un período acotado de su vida, pero lo que cuenta a la larga, lo que convida al abrazo eterno, es el capital que aflora en su mirada, el acumulado en su historia, el que se echa más de menos cuando muere, el que acompaña en el recuerdo.

Asombra la respetabilidad de quienes, figuras femeninas del XIX, no enseñaban carne sino belleza y elegancia en los retratos de Benedito, So-tomayor, Sargent, Whistler, Boldini, Zuloaga o la actual Lagarde, cuidada al máximo; y aterroriza ver a nuestras actrices, admirables en sus interpretaciones musicales o artísticas, naturalizadas de esperpentos. Recuerdo a Katharine Hepburn, ya anciana y con párkinson, conmovedora, emocionante y abrazable en su inteligentísima interpretación.

Lávese, péinese, perfúmese pero ni se opere ni finja; no se borre el alma que es la que seduce: la que autentifica el reloj de la vida, la edad; la verdad siempre canta.

Me río al ver cómo me defiendo al entrar en el pre-estertor. Así pienso seguir para templar con mis escasos posibles la impertinencia juvenil. Los viejos, perdidos los reflejos, no servimos para mandar, presidir o gobernar, pero somos los más dotados para regalar consejo y para asesorar aunque nos odien.

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto. Académico de número de la Real de Bellas Artes.

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