Audacia, fortuna y la táctica salami

Desde mucho antes de que Virgilio dijera aquello de que la fortuna sonríe a los audaces, este rasgo ha llevado siempre aparejada un aura de gloriosa épica que nos hace ver a los intrépidos como héroes, como grandes hombres que se atrevieron a desafiar al destino y reescribieron, para bien, la Historia. Así parecen rubricarlo César, al cruzar el Rubicón, o Bonaparte, haciéndose con el poder el 18 de Brumario. Sin embargo, no es difícil ver también que, el hecho de que la fortuna sonría a los audaces no quiere decir que todos ellos sean positivos para la historia. Audaz fue sin duda Stalin que, con todas las papeletas en contra, logró convertirse en sucesor de Lenin, relegando a su también muy arrojado antecesor a la categoría de momia sagrada cuando aún estaba en vida. Tampoco le faltó arrojo a Hitler, cuando devoró media Europa en menos de doce meses; o a Mao, al emprender esa Larga Marcha que marcó el comienzo de un «imperio» que se saldaría con más de cincuenta millones de muertos.

En el mundo actual, tan osados como lamentablemente exitosos (al menos hasta el momento) son Putin, Trump o su buen amigo Kim Jong-un. Y nadie les tose, porque el arrojo tiene un curioso efecto paralizante sobre el resto de nosotros. Se queda uno tan estupefacto ante quien se atreve a alterar el curso normal de las cosas que se produce algo así como un deslumbramiento, una secreta admiración y también, y por desgracia, un subsecuente sometimiento. Se me ocurre que tal vez sea antropología básica: el hombre (como cualquier otro ser del reino animal, por cierto) tiende a bajar la cabeza ante un atrevido, un osado, un temerario. También, y por lamentable extensión, ante un insensato, un bravucón barato, un fanfarrón. Y no. No voy a hablarles de Donald Trump, al que tan bien le ajusta esta descripción, sino de otros bravucones patrios que han sabido hacer suya la máxima de Virgilio, y con mucho aprovechamiento. Me refiero a los independentistas catalanes. ¿Porque cómo, si no es por ese curioso efecto paralizante que produce la osadía, se explica que estemos todos catatónicos ante ellos? Inertes ante sus ataques al más elemental sentido común, inermes ante sus provocaciones, sus palmarias falsedades. Eso por no hablar de sus emulaciones del apartheid y sus tácticas nazis que, en uno de esos sarcasmos y paradojas que tanto gustan a la historia, les ha hecho trocar la estrella amarilla que se obligaba portar a los judíos por el lazo amarillo que, si uno no lo lleva, se convierte en apestado.

Yo puedo comprender que los secesionistas, que tanto éxito han tenido hasta ahora retorciendo la realidad, perseveren en hacerlo. Lo que no entiendo en absoluto es la actitud del resto, de los políticos obviamente, pero también de tantos medios de comunicación, esos que en vez de descartar con el desdén que merecen sus manipulaciones y mentiras rampantes se hagan eco de ellas y abran telediarios con sus jeremiadas, den voz a su victimismo, a sus infinitos lamentos y bravatas. Se puede argumentar que algunos medios son secretamente afines a sus postulados. Se puede apuntar que otros agitan el avispero solo para subir sus audiencias. También se puede sostener que no pocos, en su buenismo, dan pábulo a toda idiotez que brota de sus labios. Pero lo cierto es que, por fas o por nefas, todos contribuyen a propalar sus doctrinas. Debe por tanto existir otra razón que no solo afecta a los medios y a los políticos sino a todos nosotros.

Como siempre me ha sorprendido la completamente injustificada baja autoestima endémica de nosotros, los españoles, durante mucho tiempo pensé que esta actitud se debía a lo que podríamos llamar un complejo de déficit democrático producto de tiempos pasados: cuidado, no vayan a decir que somos autoritarios, que no respetamos la libertad de expresión, que coartamos la libertad de los pacíficos independentistas que solo piden votar. Algo de eso hay sin duda pero creo que existe también otro factor: el antes mencionado deslumbramiento y parálisis que produce el arrojo. Uno que, en el caso de los independentistas, se ha manifestado en su modalidad más taimada: la reinvención de lo que en política se conoce como táctica salami. Según su particular interpretación de esta táctica, se empieza por hacer obligatoria la enseñanza en catalán, después se prohíbe rotular en español, más tarde se hace obligatoria la lengua de la república a los trabajadores; y así continúa uno cortando rebanadas de libertad hasta llegar –tras una rocambolesca declaración de independencia «simbólica» según ellos y un no menos rocambolesco gobierno en el exilio– a donde ahora nos encontramos. Porque el éxito de este tipo de osadía (que aún no ha cesado y solo busca el momento propicio para asentar el próximo tajo) consiste en abordar trasgresiones cada vez más sonadas. Trasgresiones que, individualmente, no parecen justificar una intervención drástica por parte del Gobierno central pero que, cuando uno quiere darse cuenta, ya no hay manera de recuperar el terreno perdido.

¿Por qué tardamos tanto en reaccionar ante quien se salta las normas más elementales? ¿Qué efecto paralizante tiene sobre todos nosotros la osadía, el arrojo y también y por desgracia, la temeridad, la bravuconada, el matonismo? Si miramos atrás en la historia, «cualidades» similares (amén de otros fantasmas) lograron desconcertar a los mandatarios mundiales que tardaron un tiempo precioso en reaccionar ante la invasión nazi. De un tiempo a esta parte se repite mucho esa frase de Edmund Burke según la cual para que el mal triunfe basta con que los buenos no hagan nada. Yo añadiría que, para que el secesionismo matón y desdeñoso de lo que piensa más de la mitad de su pueblo triunfe, basta con que los demócratas olviden que su táctica consiste en cercenar la libertad de los suyos hasta que solo quede la confrontación interna. O el sometimiento.

Carmen Posadas, escritora.

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