¡Aúpa, don José!

Querido J:

He leído varias veces la carta que don José Montilla ha enviado a unas 200 instituciones catalanas para advertirles de que deben movilizarse en defensa de Cataluña. Si te parece, comenzaré por la gramática. Se trata de un hombre que en la primera frase ya la parte por la mitad: «Te escribo, para agradecerte el apoyo público». O que encapsula entre comas el énfasis, como todos los bajitos de letra: «Estoy seguro de que Cataluña podrá contar con tu apoyo, de nuevo, y con el de la institución que representas.» Aunque nada como esta última frase: «Juntos, instituciones y ciudadanía, hacemos Cataluña»; donde juntos debe de ser algo así como el Tercer Estado. Para extraerle todo el zumillo catalanesco le hice llegar la carta a nuestro común amigo (aunque sí, ya sé que siempre dices que más mío que tuyo) Xavier Pericay. Esto diagnosticó, tan finamente, sobre el nivel C de don José Montilla:

«No he encontrado ningún error ortográfico, pero sí tres castellanismos de base sintáctica. ‘Posa de relleu’ debería ser ‘Posa en relleu’. ‘El moment en el que calgui donar’ debería ser ‘El moment en què calgui donar’. En catalán no se diría ‘en la seva forma i en el seu fons’, sino ‘en la forma i en el fons’. Y otra cosa curiosa es el cambio de tratamiento. Este paso del tú al vosotros que se produce hacia el final. Está hecho de una manera tan patosa que lo primero que uno piensa es que, en un arrebato novecentista, don José ha pasado del tú al vos».

El arrebato que detecta Pericay es una ligera brisa comparado con el que le ha cogido a don José Montilla por Catalunya. Lee y anota las veces que habla en su nombre, se hace intérprete de la fatigosa abstracción o emplea la siniestra sinécdoque mediante la cual determinados intereses políticos se confunden con los intereses de todos. Voy con dos.

1. «Ante una próxima sentencia del Tribunal Constitucional, que podría afectar los intereses de Cataluña». 2. «El despliegue constante del Estatuto es la mejor manera de defenderlo y la actitud que mejor sirve los intereses de Cataluña y de sus ciudadanos».

Esta última es gloria y cima. Una muestra insuperable del laberinto lógico y ético por el que debe de moverse la cabeza de don José Montilla. «Cataluña» «Ciudadanos». He ahí dos sujetos diferenciados. ¿Qué será Cataluña sin sus ciudadanos? ¿Qué estupidez espiritual? ¿Qué dualismo? ¿Qué mente sin cerebro? ¿Qué alma sin cuerpo? ¿Qué don Josep sin Montilla? ¿Qué catalán de Iznájar? Por razones técnicas, no puedo hacerte aquí el fisking que merecería la carta. Pero hay algo que no debo dejar pasar. Hace ya mucho tiempo, en el año más inhóspito del pujolismo, cuando el Padre Superior convocó a Catalunya en defensa de sus intereses privados tuvo algo más de pudor con la sociedad civil. Pujol era un hombre pudoroso, como la derecha en general. Bien: lo que digo es que, en aquellos días de Banca Catalana, las calles empezaron a llenarse de papelitos en apoyo del presidente, firmados por las asociaciones más pintorescas de filatélicos, colombófilos y funambulistas catalanes. Era una ficción que la sociedad civil se levantara: sólo la habían hecho levantar. Pero resultaba mucho más digerible en su pantomima que esta militarización (¡y preventiva!) decretada desde el poder. Cuando el presidente agradece algo que no ha hecho él (deberían ser los 12 apóstoles los que lo agradecieran) no sólo puede estar revelando alguna cosa interesante sobre el impulso original del editorial patriótico; o, en la hipótesis contraria, no sólo puede estar apropiándoselo con un punto de tosco oportunismo: es que, además, está marcando con hierro infamante a todas las asociaciones que NO se han adherido al editorial y al mainstream. El presidente ha mandado formar a sus soldados. Pero, sobre todo, ha tomado nota y enviado acuse de recibo… a los ausentes.

Sabes que me gusta volver a los viejos periódicos. Ahora ni siquiera hay que salir de casa (¡con estas nieves!). Un viejo periódico de 1991: un mitin de Raimon Obiols, de alguna remota y fracasada campaña. Les recordaba a los nacionalistas de entonces su parentesco con los alcaldes franquistas: «No aceptamos que los que expedían certificados del Movimiento otorguen ahora certificados de catalanidad». ¡Qué cosa! No leímos bien la frase. Ni siquiera el buen Obiols la leería. No es que no aceptaran certificados de catalanidad. No, ésa fue la gran confusión. No aceptaban a los que expedían los certificados. Sobre los certificados, en sí, nada tenían que oponer. Y es así como don José Montilla aparece en el mundo de una forma naturalísima. Como el más indicado, en realidad, para ponerse al frente de la expendeduría.

No sé si habrás tenido fantasías más o menos literarias con don José Montilla. Esas cosas, en fin, del xava de Iznájar que se abre paso en un mundo hostil, que medra, triunfa y ahora contempla la sociedad civil de los catalanes desde una atalaya inesperada. La historia mil veces contada, en fin, de alguien que no debía estar en este lugar, y ahí está. Desdéñalas. No hay de qué ni por qué. Al igual que Pujol, don José Montilla se ha apropiado de Catalunya como de un kleenex. En lo que queda de legislatura va a multiplicar los gestos tendentes a que Esquerra no cambie de aliado: su única posibilidad de supervivencia. Pero déjame seguir con las analogías. Pujol, además de los billetes, era un llorón. En este sentido, la superioridad de su heredero es manifiesta. La frialdad desvergonzada con que maneja las categorías morales nacionalistas delata a un profesional del poder. Entiéndeme por qué lo digo: lo que resulta fascinante es la rapidez con que ha logrado desenvolverse en un mundo para él tan reciente. Al fin y al cabo, no hay noticia de que, subido al monte Tagamanent y a la vista de las ruinas quemadas, haya decidido reconstruirse y reconstruirnos, como hizo el Padre Superior después de la última guerra civil. Don José Montilla es la burla cruel que merece el nacionalismo. Si yo fuera uno así y viera cómo un parvenu moral penetra con tanta agilidad en el claustro, desconfiaría de inmediato de mi sombra y de mi cáliz. Y me borraría fetén de algo que puede utilizarse con semejante falta de estudio y de práctica. Presumíamos en Pujol una cualidad especial para envolverse en la bandera. ¡Quia! Catalunya está al alcance de cualquier buscavidas. ¡Pobres nacionalistas, qué afrenta!

Lo que te digo muy serio es que si sigue así, ofendiéndoles, va a tener mi voto. Pero aún tiene que hacer algo más. La definitiva ascesis. Como otros embarcaron en el Azor y con el mismo, inteligentísimo propósito, don José Montilla tiene que subir al Tagamanent.

Sigue con salud

A.

Arcadi Espada