Austerlitz

Rafael Sánchez Ferlosio es escritor, Premio Cervantes 2004 (06/01/06):

La querella suscitada en la Asamblea Francesa, y luego en media Francia, por la ley del 23 de febrero del 2005, que promulga el “papel positivo” de la colonización francesa en el Norte de África, seguida por los clamores de los diputados socialistas y de su electorado o su público, exigiendo la inmediata abrogación, con la protesta de muchos historiadores contra la práctica de que la Asamblea legisle la verdad histórica, ha traído a colación tres precedentes:

1. La Ley Gayssot, del 13 de julio de 1990, contra los que nieguen el genocidio de los judíos por los alemanes.

2. La ley del 29 de enero del 2001, reconociendo el genocidio sufrido por los armenios.

3. La Ley Taubira, del 21 de mayo del 2001, calificando la esclavitud y la trata como “crímenes contra la humanidad”.

Como se puede observar, las dos primeras promulgan verdades históricas, convierten en ley datos de hecho individuales y contingentes, mientras que la tercera, amén de lo que de ella se quiera hacer repercutir en condena retrospectiva de datos del ayer, agrava la tipificación de una especie de conducta, de una clase de delito todavía posible, y es por tanto una ley “normal”. La ley del 23 de febrero del 2005 se asemeja, en cambio, a las dos primeras, en cuanto que legisla sobre datos históricos contingentes, salvo que con dos diferencias: la primera está en que no promulga una verdad, sino un juicio de valor: promulga “le rôle positif” de la colonización francesa; no se trata del hecho sino de su bondad. La otra diferencia, inmediatamente derivada de esta primera, está en que mientras las leyes sobre la verdad de los genocidios alemán y armenio se referían a maldades históricas, la ley sobre la colonización francesa es una ley aprobatoria o laudatoria de datos del pasado. “En politique et en histoire il est des héritages auxquels il ne faut pas renoncer: l’oeuvre française outre-mer est de ceux-là”, decía el 11 de junio del 2004 el parlamentario Christian Kert, de la UMP por Bouches-du-Rhône.

Y he aquí que en pleno fogo de la querella sobre la pretensión de legislar la verdad histórica, de convertirla en “verdad jurídica”, con la conmoción reivindicativa del patriotismo ofendido por los que quieren ahora derogar la ley del 23 de febrero de 2005, que promulga el “rôle positif” de la colonización francesa, sobreviene el segundo centenario de la batalla de Austerlitz, combatida el 2 de diciembre de 1805. El propio Primer Ministro, Dominique de Villepin -un estudioso de Napoleón-, no ha querido ir a Moravia a celebrarlo; sí ha ido, al parecer, el ministro de Defensa, Mme. Alliot-Marie; pero los que han argumentado el rechazo de la celebración han esgrimido precisamente una de las leyes del “devoir de mémoire”, la Ley Taubira, del 21 de mayo del 2001, que, al condenar la esclavitud como un “crimen contra la humanidad”, entraba en contradicción justamente con el vencedor de Austerlitz, por cuanto éste restableció la esclavitud y la trata, que habían sido abolidas por la Revolución. Gestor de la liberación de los esclavos había sido Marat: “Si las leyes de la naturaleza son anteriores a las de las sociedades humanas y los derechos del hombre son imprescriptibles, lo que tienen los colonos blancos contra la Nación Francesa, los mulatos y los negros lo tienen contra los colonos blancos” -L’ami du peuple, 12 de diciembre de 1791-. Y por cierto que de entre esos colonos blancos procedía la propia Josefina de Beauharnais, mujer del entonces futuro vencedor de Austerlitz, de la que en la place Savane de Fort-de-France, en la Martinica, aún se conserva una estatua de mármol, salvo que decapitada por “inconnus” hará unos veinte años.

Pero negar Austerlitz es para el patriotismo tradicional y popular francés negar a Francia misma. Si la Patria, en cuanto patrimonio hereditario, es fundamentalmente una corona de batallas, quitar Austerlitz es igual que arrancarle a esa corona la joya más valiosa y más deslumbradora. El que ahora Francia se avergüence del “Sol de Austerlitz” -“modèle de réussite toujours enseigné dans les écoles de guerre”- es objeto de un artículo de Jean-Louis Andreani (Le Monde, 27 de diciembre de 2005), donde dice: “Alors qu’à l’etranger la France et les Français se voient souvent reprocher leur ‘arrogance’, le pays souffre en réalité d’une sorte de masochisme qui s’exprime par une propension permanente à l’autoflagellation”.

Que se usen palabras mayores como “masoquismo” y “autoflagelación” parece dar a entender que un francés no puede, libre y llanamente, renunciar a Austerlitz, como quien hace dejación de su pacífico derecho al usufructo hereditario de un objeto pasivo; “renunciar” es ejercer una facultad concesiva y, sobre todo, unilateral. Pero de pronto resulta que aquí no cabe tal unilateralidad, porque Austerlitz no es para un francés ningún “objeto pasivo”. Austerlitz es activo: todo francés le pertenece, tal como él pertenece a todos los franceses; ninguno de ellos podría ser despojado de Austerlitz, como ninguno puede despojarse de él. El vínculo es bilateral; no puede ser separado o desatado, sólo cabe romper o cortar. De Austerlitz, de la Patria, no hay más salida que la de renegar. El patriotismo está configurado como presión ubicua de un tabú transpersonal. Ese tabú no es sino puro reflejo del fuero de la guerra, que hace de la sangre y de la muerte creadoras de derecho. El general Jeremy Moore, vencedor en las Malvinas, lo expresó de esta manera: “Ahora las Falkland son nuestras, porque las hemos pagado con vidas de jóvenes británicos, y todo intento de cuestionar este derecho es, sin más, una ofensa a los muertos”.

La ofensa a los muertos, como a los combatientes que están batiéndose por la Patria y muriendo por ella en tierras lejanas, es un poderoso instrumento de extorsión muy usado por los gobiernos, para avergonzar a los dudosos, amedrentar a los derrotistas y hacer que prevalezca, unánime y luminoso, el patriotismo. Pero, además, la sacralización de la sangre, la convalidación del dolor como sacrificio y la transfiguración de la muerte en martirio son formas de creación de riqueza, operaciones de capitalización. Así, el amor a la Patria suele prescribirse y encarecerse con aquel conocido tópico escolar de “los inmensos sacrificios que a lo largo de los siglos ha costado construirla”.

Como la “identidad nacional” se construye sobre la matriz del antagonismo, nunca le falta al patriotismo un componente paranoico. El énfasis y la energía de la defensa, a menudo reactiva en vacío, así lo manifiestan: “Il n’est que temps d’affirmer notre fierté de l’oeuvre accomplie. Le temps de la mauvaise conscience et de la repentance à quatre sous est terminé”, clamaba el 11 de junio del 2004, en la Asamblea, el diputado de la UMP por Alpes-Maritimes, Lionnel Luca. La paranoia del patriotismo redunda a veces en una atmósfera generalizada de coacción social: en los Estados Unidos -con su anticuado patriotismo de la mano sobre el corazón-, a raíz de los atentados de Nueva York, multitud de actitudes de acatamiento han sido motivadas por el miedo social de verse tachado de antipatriota o, lo que es lo mismo, “antiamericano”. Ya en noviembre del 2001, por haber publicado la foto de un niño de pecho aparentemente muerto a causa de un bombardeo americano, el Hartford Courant recibió hasta 550 cartas de protesta de los lectores.

El 9 de diciembre del 2005, el presidente Chirac ha calificado la historia como “clé de la cohésion d’une Nation”. La función sociológica del patriotismo es mantener la cohesión nacional; el instrumento oficial para la conservación de la historia, de la “mémoire”, son las conmemoraciones -como la que se quería hacer de Austerlitz-, la exhibición de banderas en los edificios públicos y, sobre todo, la celebración anual que todo Estado, viejo o nuevo, se preocupa de tener: la Fiesta Nacional, que es siempre fiesta militar, porque militar, guerrera, es siempre la naturaleza de la Patria. Publiqué hace años un “pecio” titulado precisamente Alonsanfán, que me permito transcribir: “La verdad de la Patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra”.