Autarquía o dependencia

No sé quién empezó a debilitar el valor de la individualidad, pero no cabe duda de que fueron los estructuralistas franceses los que mejor teorizaron sobre la dilución de la personalidad en el mar posmoderno de las relaciones sociales. Su discurso, fuese profecía, análisis o deseo, se ha hecho realidad, y hoy el yo está más endeble que nunca; a tientas, busca apoyos en falsos ídolos que lo hacen -nos hacen- más y más dependiente del entorno. Terapeutas, entrenadores personales, fármacos, adicciones y gadgets informáticos conforman la galaxia en la que la autarquía y el estar bien consigo mismo son estrellas menguantes. La sociedad de la conectividad, del trabajo en equipo y las redes sociales ha debilitado hasta tal punto la personalidad que esta apenas si se sostiene sobre los lazos virtuales de interrelaciones artificiales. Somos nudos mínimos de una red etérea.

Creo que existe un umbral mínimo de autosuficiencia por debajo del cual la pérdida de autarquía conlleva falta de confianza en uno mismo, dispara las incertidumbres y predispone a las, así llamadas, enfermedades mentales. Se tolera mal el aplanamiento del yo, pero se combate peor, buscando el reconocimiento externo con la autopublicación en la red, la extravagancia o el exotismo esnob, que son meros paliativos para tanta desazón y tanta depresión.

La rebaja del yo no nos ha salido a cuenta a juzgar por la popularidad de los libros de autoayuda y la proliferación de las terapias para la anomia: hiperactividad, neurolépticos, fanatismo deportivo, gastronomía, cirugía plástica o tecnolatría. Pero nuestro equipo de fútbol también pierde, la gula engorda, los cirujanos no detenemos el tiempo y las nuevas tecnologías provocan ansiedad y, a lo mejor, tumores cerebrales. ¿Dónde, entonces, podemos crecer espiritualmente?

1. En la ilustración. Recupero una cita de Kant que nos ha regalado Jordi Llovet en su inteligente canto del cisne a las humanidades: «La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad». Prueben ustedes a ir un poco más allá de la Novena de Beethoven o los coros del Nabucco. Pergolesi compuso auténticas filigranas y se prendarían de la Metamorfosis de Strauss. O den un paso más allá de Ken Follet y acérquense, por ejemplo, a Los Buddenbrook, de Mann, o Luna de lobos, de Llamazares. Y aunque nunca les haya tirado la filosofía, se sorprenderían de lo útiles que resultan los lúcidos aforismos de Wittgenstein o Cioran. ¿Tocan algún instrumento? ¿Fanáticos de la red?: a un clic más allá del curioseo en Youtube pueden ustedes zambullirse en el Museo del Prado.

2. En el trabajo. Pese a que Dios castigó con el trabajo las primeras travesuras de nuestros ancestros, los humanos podemos dar la vuelta a la maldición bíblica y autoafirmarnos en la obra bien hecha. Los artistas lo tienen más fácil porque a ellos se les ha concedido el privilegio de poder convertir su dinamismo espiritual en obra duradera. Pero incluso al común de los mortales le es posible crear obras en las que reconocerse y estimarse.

3. En el amor. En la jerarquía de las emociones, ¿quién no coronaría al amor como rey supremo? De madre, de amante, de esposa, de amigo, de hijo, de abuelo; su espectro es ancho como un horizonte y, como un horizonte, desconoce medida y fronteras. Y a pesar de que en el amor sincero siempre nos vaciamos sin esperar un retorno, el eco de nuestra entrega, de nuestra compasión si es el caso, vuelve y nos hace más fuertes. El amor nos hace crecer y es saludable, el odio o la envidia nos empequeñecen y nos enferman. Como en el caso de la ilustración, el amor nos espera también unos pasos más allá de sucedáneos de poco calado como las redes de amigos, el sexo accidental o el día de la madre.

4. En la religión. Sentirse parte de un gran designio y no pieza insignificante de un inmenso engranaje casual, arrodillarse de vez en cuando ante los misterios, reconforta y a la vez nos distancia de los cultos menores, a la larga fungibles. Hoy se rinde culto a películas, motos, novelas, héroes deportivos y demás iconos de la distracción. En uno de los pasajes más bellos y profundos del evangelio de Juan, Cristo le dice a la mujer que va al pozo a por agua: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás». Las grandes religiones -un paso más allá de las iglesias que las representan- son un firme asidero frente al vendaval de las utopías sanguinarias y de las seudorreligiones de los idearios políticos o científicos.

En mi imaginario simbólico, estos cuatro pilares de la autarquía sustentan una pirámide cuya altura es la sabiduría (no el conocimiento), tan reivindicada en nuestra tradición, desde el Eclesiastés a Eliott. Supongo que todos cojeamos de alguno de estos sustentos, pero probablemente se compensan entre sí y al final, como esas figuras que crecen proporcionalmente en la pantalla del ordenador cuando arrastramos el cursor, cuanto más ensanchemos la base de nuestra pirámide personal, mayor será nuestra autarquía y menor, nuestra dependencia de los dioses de barro.

Por Antonio Sitges-Serra, catedrático de Cirugía, UAB.

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