Auto-indignarse

Con tanto indignarse por los excesos de la banca y la manirrota clase política, olvidamos la indignación más sana, aquella que se dirige contra uno mismo. Sí, porque usted y yo también formamos parte de ese sistema tan continuamente criticado y del que -ay, la contradicción humana- nos aprovechamos sin renunciar a nuestra cómoda vida burguesa. Yo tampoco estoy de acuerdo con una Ley Electoral injusta; con la corrupción y la confusión de los poderes ejecutivo y judicial en nuestra maltrecha democracia; con la naturaleza perversa del capitalismo desaforado y su injusta distribución de la riqueza, etc. Sin crítica no hay mejora y sin ésta no cabe el progreso, pero ya es hora de mirar hacia los adentros y denunciar nuestras propias actitudes, ésas que tanto hemos ignorado a pesar de constituir un complejo entramado de vigas entre nuestros párpados.

Vivir por encima de lo que uno necesita tiene sus riesgos. Vivir más preocupado por la apariencia que por la esencia es un peligro, porque si fiamos nuestra felicidad a la posesión material de bienes fugaces -y toda materialidad es fugacidad- no ha de extrañarnos luego que cuando la riqueza se marchite lo haga con ella nuestra inconstante sonrisa. Todo bien material es flor que fenece, inexorable, con el paso del tiempo y del viento.

En sus cotas de mayor perfección y triunfo -esas mismas que preceden al colapso y la caída- el capitalismo nos ha conducido a la loca espiral del consumo voraz, donde la satisfacción de las necesidades básicas que constituyen el concepto de «vida digna» -comida, vestido y casa- se han sustituido por necesidades psicológicas, creadas por la publicidad y los medios de comunicación masiva, donde la comida se disfraza de gastronomía, el vestido muta en moda y la casa en decoración de interiores y confortabilidad último modelo. Y al vivir en esta sociedad donde lo importante ni siquiera es «tener», sino «aparentar que se tiene», daba igual el dinero disponible si uno podía pedir al banco la cantidad necesaria para satisfacer el caprichito de turno. El banquero, ese monstruo tan odiado ahora, fue codiciado partenaire de nuestras ambiciones en su día, y por eso caíamos en sus brazos como un Ulises cualquiera, entregado a los cantos de sirena del Euribor y ajeno a las futuras tempestades financieras.

Nuestra ambición por la apariencia se complementaba con su ambición por la ganancia, y entre ambiciones andaba el juego, así que la indignación contra quienes prestan no resulta creíble sin la indignación contra quienes pedimos prestado. Y en este último grupo nos hallamos casi todos los privilegiados componentes de la, cada vez más delgada, clase media.

No quiero quitar con ello un ápice de responsabilidad a la élite gestora que nos ha conducido a esta debacle, pero insisto en que el sistema somos todos y si esa élite es la mano que mueve las piezas del ajedrez, nosotros asumimos durante demasiado tiempo el papel de inanes peones en esta farsa de fuegos artificiales.

Responsabilidad es asunción de las consecuencias provocadas por nuestras propias acciones. Es necesario pedir responsabilidad a los poderes económicos y políticos que influyen en nuestros destinos, pero también resulta un deber inexcusable evaluar cómo han incidido nuestras decisiones en la emergencia de los actuales problemas. Si hacemos este ejercicio, sin duda muy duro en términos intelectuales, pues toda autocrítica es tan dura como incómoda, podrá llegarse a la conclusión de que esta crisis no es tanto económica cuanto moral. La vida que se centra en la satisfacción de necesidades psicológicas basadas en la posesión de fugaces bienes materiales -llámese «consumo masivo»- nos ha conducido a este callejón sin salida. Sólo una vuelta a la espiritualidad, donde la esencia prime sobre la apariencia y el fondo sobre la fachada, podrá hacernos disfrutar de lo que realmente importa: el tiempo compartido a manos llenas con nuestros seres queridos. Que ese tiempo transcurra en una mansión o en un pisito es lo de menos.

Por eso, indígnate contra el mundo, sí, pero después de haberte indignado contra ti mismo.

Por Alfonso Pinilla García, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

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