Autocrítica

La política es reacia a examinarse a sí misma buscando la causa, por ejemplo, de unos malos resultados electorales o, en otro plano, de que una determinada medida legislativa no produzca los efectos anunciados. Es habitual que los dirigentes políticos admitan posibles errores en su actuación, pero siempre de manera inconcreta y evasiva. Se dicen dispuestos a corregir aquello que se haya podido hacer mal, incluso llegan a hablar de equivocaciones, pero nunca las refieren con detalle. Los responsables públicos viven en la certeza de que la autocrítica explícita y detallada les debilita ante la opinión ciudadana, les deja indefensos ante sus adversarios, les arrastra hacia la inseguridad y la desazón. La confesión es un mandato religioso ideado para el sometimiento, y ningún poder, el más mínimo que se maneje, será capaz de mantenerse en pie si quien lo ostenta se muestra contrito y expone a viva voz sus pecados y fallas.

En realidad, está en la naturaleza humana rehuir la autocrítica. Si acaso pedimos perdón, podemos hacerlo a cada paso, pero como un mecanismo de depuración de responsabilidades que en el fondo trata de ocultar estas. Las disculpas van acompañadas siempre de sobreentendidos, de omisiones que pasan desapercibidas, o de explicaciones que no vienen al caso. El pudor lo justifica, porque más molesto incluso que reconocer pormenorizadamente los errores cometidos es tener que asistir, sea como espectador distante o como confidente próximo, a un acto de arrepentimiento.

El escrutinio del 24-M tuvo que ver con la corrupción. Pero como eso es una obviedad, quienes padecieron sus consecuencias electorales no se han sentido obligados a reconocerlo públicamente. Rehuir la autocrítica es un aprendizaje básico para quien pretenda manejar algo de poder. La práctica continuada de la evasiva se adentra además por un camino sin retorno. Es inimaginable que los responsables del PP digan al respecto hoy algo distinto a lo que vienen manifestando sobre cada caso de corrupción que se destapa. Sería tanto como quedarse a la intemperie de forma voluntaria. Siempre será mejor ponerse en manos de fiscales y jueces, de las traiciones que puedan sucederse entre antiguos compañeros en cohechos, de las desgracias que caen sobre quien pierde.

La inclinación a la autocrítica hace de la persona que así actúa alguien muy poco de fiar. Qué puede esperarse de un responsable público que va retransmitiendo los errores que comete según incurre en ellos, dando cuenta de sus yerros e intentando corregirse a cada paso. La única fórmula admisible de autocrítica es la que acaba en el cese de quien la exponga y su desalojo inmediato. En ese caso merece la conmiseración de los colegas y algún aplauso fugaz. Pero semejante proceder es tan drástico que se vuelve absurdo sobre todo si se generaliza. La contrición en masa pasaría a ocupar el escenario hasta desbordarlo e incomodar al público asistente a la representación. Cuánto más elegante resulta callarse y sortear a los periodistas en los pasillos de las instituciones con un “gracias” que resuena como un eco del más allá.

Los populares, como los socialistas y los convergentes, dicen sentirse víctimas de la corrupción; víctimas de un mal ajeno a su voluntad y que siempre les ha cogido por sorpresa. Negada la mayor, no hay margen para que los responsables públicos se detengan a sopesar críticamente sus actuaciones y sus consecuencias, por ejemplo en materia presupuestaria o en la promulgación de tal o cual norma. El destino del responsable público queda en manos del tiempo; de ese tiempo en que su persona puede pasar por las urnas y por el juzgado, o viceversa. Así es como se cura todo en la política, dado que los remedios de la autocrítica resultarán siempre más expeditivos y arriesgados que los de la detención de un delegado de gobierno.

En su evolución, el hombre público ha quedado incapacitado para la autocrítica. No es solo que sea consciente de los riesgos que entraña para su carrera, para su partido, para unas elecciones, admitir la comisión de un error o algo peor. Es que la atrofia para la autocrítica que padece todo ser humano se convierte, en su caso, en una imposibilidad absoluta. Sencillamente, porque el responsable público que se autocritica deja de serlo. Una ley insoslayable determina la conducta temerosa de quien se encuentra o aspira al poder, indisponiendo genéticamente también a sus eventuales herederos para reconocer en detalle qué es lo que han hecho mal y el mal que han cometido. Los cambios que operan en el espacio político y la efervescencia circundante no pueden ocultar que hay una dosis sumamente limitada de espíritu crítico en todo lo que acontece. Los contrincantes y competidores son, por su propia existencia, la causa definitiva de que el ejercicio de la política sea incompatible con la autocrítica.

Kepa Aulestia

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