Alfonso Armada

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de Marzo de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

La muerte no es la medida de todas las cosas. Pero la forma en que tratamos a los muertos dice qué pensamos de los vivos. Arrastraba un libro de Adorno (Minima moralia exige dosis agudas de atención) desde hace años y vino a verme cuando la pandemia empezó a golpear España como una galerna de granito. Sus palabras parecían encerrar algo más que una coda para los que se iban a miles y en silencio: “Sólo una humanidad a la que la muerte le resulta tan indiferente como sus miembros, una humanidad que ha muerto, puede sentenciar a muerte por vía administrativa a incontables seres.…  Seguir leyendo »

La poesía, como epígrafe, podría servir para un suplemento cultural (vitaminas añadidas al cuerpo cordial y a menudo tan poco cabal de las noticias) y para una lápida. Y, sin embargo, para que los periódicos no se nos caigan literalmente de las manos deberían acertar a mezclar la preciosa sintaxis de la poesía, su exactitud helada, con la banda sonora de los hechos. ¿Otro gallo nos cantaría?

Homero. Maite Larrauri se ha pasado la vida enseñando filosofía a bachilleres, por eso escribe con una claridad que no deslumbra. Hablando de Simone Weil y de la guerra, Larrauri se remonta a Homero.…  Seguir leyendo »

El brazo de una muchacha en Ruanda

Todavía era temprano. El sol no estaba en su cénit. Era el mes de abril: cruel para muchos lectores de poesía desde que T. S. Eliot lo decretó. Un mes amable, sobre todo en el hemisferio norte. Los machetes ya habían sido distribuidos. Centenares de miles, a estrenar. Afilados. Made in China. El fax no era el primero. El general canadiense que después escribiría, para tratar de lavar su alma con la lejía de la expiación, que había estrechado la mano al diablo, se lo había mandado a Kofi Annan, que entonces, como responsable de las misiones de paz de la ONU, ya tenía un buen despacho en el Parlamento del Hombre, levantado al final de la Segunda Guerra Mundial en Nueva York para que «el flagelo de la guerra» no volviera a azotar al mundo.…  Seguir leyendo »

Cuando los actores del Teatro de Guerra de Sarajevo decidieron que era más importante para salvar su alma hacer teatro que combatir en el frente le hicieron un gran favor a la razón. No sólo lograron acallar así al nazi que todos llevamos dentro, sino ofrecerles a sus convecinos cercados y batidos como ellos por los radicales serbios emboscados en las colinas que rodean la ciudad que baña el río Miljacka algo más que sacrificio, algo más que fuego contra fuego, diente contra diente… algo de risa, palabras, una experiencia distinta en el tiempo que parecía congelado en la desgracia. Aunque para acudir a los ensayos los actores tenían que sortear el fuego de los francotiradores, el azar calculado de los cañones y los morteros.…  Seguir leyendo »