Antonio García Barbeito

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Ciertos son los toros. Se veía venir. El nacionalismo, convertido en espada —no en torero, en espada—, tenía el insomnio de matar al último toro, antes de que al echarse a dormir se le convirtiera en pesadilla. Ciertos son los toros. Por más que la res se amosquilara, por más que se aspeara las patas huyendo —que no es lo suyo—, la hubieran buscado allí donde fuera, y la hubieran hallado para ese fin, por más avisada que estuviera. No había cacho en el que el toro pudiera sentirse seguro, por más aplomos que lo sostuvieran. Ese chorreado en verdugo con determinados colores —rojigualdo, para qué negarlo, y por nombre «Nacional»— lo tenía sentenciado.…  Seguir leyendo »

Soy un vino de sangre y de misterio. Una madre de castas asentada en el fondo de las duelas del tiempo. No recuerdo mi origen, aunque sepa quién soy: un instinto que escribe a dos tintas mortales su lenguaje -paréntesis terrible donde escrituro el aire a mi nombre, para que el aire afile mis límites sagrados-, un lenguaje que traigo, sostenido en mi frente, como un mudo esperanto con el que se entienden millones de criaturas, aunque muchas de ellas no sepan pronunciarme. No sé de dónde vengo. Nadie, en verdad, lo sabe. Pero dicen mi nombre y sobran parentescos. A mi sangre primera quizá le picara un tábano de luna que le dejó por dentro este mar incendiado y oscuro, imprevisible mar que se extiende en remanso o golpea furioso con duros oleajes que le rompen los brazos a la piedra y al aire.…  Seguir leyendo »