Antonio Hernández-Gil (Continuación)

EL modesto griego homérico del Instituto fue suficiente para descubrir en mi primer viaje a Grecia por qué casi todos los camiones de Atenas llevaban pintada, en grandes letras, la palabra «metáfora». Lo que lleva algo de un sitio a otro, el transporte. Para nosotros, hoy, la metáfora de la metáfora: de la carretera mal asfaltada al verso, camino de otras metáforas. Una idea industrial o poética, según el contexto.

El desplazamiento geográfico o histórico es una fuente inagotable de sorpresas semánticas. Seguimos en la costa del Egeo, 370 antes de Cristo, Xenofonte escribe El economista: «una vez le oí a Sócrates hablar de economía (oiconomia) de este modo.…  Seguir leyendo »

La percepción ciudadana de nuestra justicia no es buena y se agrava ante la suma de dilaciones, ineficiencias, falta de medios y, sobre todo, de organización. Ha sufrido una desatención histórica y existe hoy un desorden competencial con funciones dudosamente repartidas entre comunidades autónomas, Administración del Estado, Consejo General del Poder Judicial y los propios juzgados y tribunales, que lastra las soluciones consistentes en poner más dinero sin poder asegurar su aprovechamiento racional.

Hay, sin embargo, un espacio dentro del sistema, esencial para la tutela de los más necesitados, que funciona eficazmente: la justicia gratuita.

El derecho a la justicia gratuita de quienes carecen de recursos está reconocido en el artículo 119 de la Constitución.…  Seguir leyendo »

El alma del universo está ensamblada con el número y la armonía, decía Platón en el Timeo. Durante la Edad Media el quadrivium se organizaba en cuatro disciplinas que giraban sobre la cantidad: la aritmética, que estudiaba la cantidad discreta en sí misma; la música, la cantidad comparada con otras, como proporción; la geometría, la cantidad continua fija; y la astronomía, la magnitud en movimiento. El papel nuclear de la música se reforzó en el Renacimiento con el neoplatonismo y la tradición hermética. La armonía no era sólo el nombre de la consonancia, sino expresión del orden de los cuerpos celestes, las esferas, y, por extensión, del universo.…  Seguir leyendo »

En la República de Platón, las ideas no están sólo en nuestra mente; forman parte del mundo de sombras que vislumbramos desde el fondo de la caverna: la belleza, la bondad, el círculo. Pocas ideas platónicas tienen los contornos difusos de la justicia y salen con su frecuencia de la boca de todos. Lo demostraría la estadística de las conversaciones sorprendidas en mitad de la calle: ¿cuánto hablamos de la virtud o del pentágono? Sin embargo, la justicia no ha merecido nunca tanto gasto como palabras gastadas. De otro modo, Don Quijote no habría tenido que liberar a aquellos hombres ensartados camino de galeras por el polvo de La Mancha, encontrando en cada uno razón suficiente para corregir a «la justicia» con valores más humanos: que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, el olvido para el reo de hoy que ya no es el mismo condenado de ayer.…  Seguir leyendo »

Desde siempre -Francisco de Vitoria en el siglo XVI, Hugo Grocio en el XVII- los juristas han tratado de racionalizar el hecho brutal, repetido, de la guerra y someterlo tímida y literariamente al derecho: la guerra justa, el derecho a la guerra, o el derecho de guerra, desarrollado en los tratados del derecho humanitario internacional dirigido a limitar el sufrimiento pero no el horror de la guerra en sí, inevitable.

La lectura de los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y protocolos adicionales produce un cierto desasosiego, como si fueran el envés de la guerra, su frontera más próxima desde la que aún hiere la metralla: que se prohíban los ataques indiscriminados cuando sea de prever que causarán incidentalmente muertos y heridos entre la población civil, o daños en bienes de carácter civil, o ambas cosas, que serían excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directamente prevista; que no quepa matar, herir o capturar a un adversario valiéndose de medios pérfidos, como los que, «apelando a la buena fe de un adversario con intención de traicionarla, dan a entender que éste tiene derecho a protección o que está obligado a concederla», mientras son lícitas las estratagemas para inducir a error a un adversario o hacerle cometer imprudencias; la prohibición de disparar durante el descenso -sólo- a quien se lance en paracaídas; o la de lanzar minas antipersonas que no se ajusten a lo dispuesto sobre su autodestrucción y autodesactivación en determinado anexo técnico.…  Seguir leyendo »

¿Existen los colores? La pregunta, que recuerda a Newton y Goethe, tiene que ver con las variaciones de frecuencia en las ondas electromagnéticas de la luz reflejada, refractada o emitida por los cuerpos dentro del continuo del espectro visible para el ojo humano. También con las propiedades de los fotones y de las células que excitan en nuestras retinas; y, en fin, con el sentido de las palabras empleadas: qué sea «existir», a qué llamamos «color». El lenguaje proyecta su red sobre una realidad informe y continua, estructurándola, haciéndola divisible y nombrable, para entendernos. Probablemente no vemos el mismo «blanco» que los esquimales, con numerosas palabras para diferenciar matices inapreciables bajo el sol de Castilla.…  Seguir leyendo »

En «La lotería de Babel» Borges describe un pueblo, devoto de la lógica y de la simetría, que a través de una lotería secreta, gratuita y general, acaba regido por el azar: «el comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo». La lotería alcanza a decidir la vida y la muerte de los babilonios que acatan sus dictámenes sin investigar las leyes laberínticas que los dictan. Acostumbrados a su presencia, algunos acaban preguntándose si esa intensificación organizada del azar sólo influye en cosas minúsculas, o si en realidad ya no existe y el desorden reinante es puramente hereditario, tradicional.…  Seguir leyendo »

Aristófanes en Las Aves introduce a dos personajes, Peisetairos y Euelpides, que tratan de escapar de Atenas porque los atenienses gastan su vida en pleitos. Buscando en qué otro lugar instalarse para una vida sencilla, encuentran a Tereos, nacido hombre y convertido en abubilla, que «vuela sobre la tierra y el mar en todas las direcciones» y «reúne el conocimiento de los hombres y de los pájaros», a los que ha enseñado su antiguo lenguaje. Le dicen que mire hacia arriba. Sólo ve las nubes y el cielo. Proponen fundar allí, en las alturas, entre cielo y tierra, una ciudad para ellos vivir como pájaros y entre pájaros, desde donde interceptarían el aroma de los sacrificios que los humanos ofrecen a los dioses, quedando así dueños de su furia.…  Seguir leyendo »

Puedo recordar a mi padre, presidente de las Cortes constituyentes, explicando cómo el artículo 1 de la Constitución combinaba, mejor que cualquiera de sus precedentes, los términos «Estado», «derecho» y «social» con el principio democrático y el valor de la justicia. La sujeción general al derecho se conjuga con el designio de superar todo posible formalismo en el camino hacia un orden social (más) justo. Bastaría alterar la disposición de cualquiera de las palabras para que su sentido fuera distinto y, seguramente, menos pleno: «España se constituye en Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores del ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo jurídico».…  Seguir leyendo »