Antonio Valdecantos

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Cincuenta veces mayo

La palabra “revolución” sugiere la idea de una agitación histórica que rompe el ritmo consabido de los hábitos, logrando que la historia recorra en pocos días un camino que, de otro modo, habría costado décadas o no se habría transitado nunca. Pero esta noción tan familiar no es, en realidad, demasiado vieja: todavía en las vísperas de las dos grandes revoluciones del siglo XVIII perduraba el sentido tradicional de la palabra, conforme al cual la revolución es un vuelco de los tiempos que permite a estos regresar a algún estado anterior. No en vano se trata de una metáfora astronómica, tomada de las órbitas de los cuerpos celestes.…  Seguir leyendo »

Los límites de la libertad de expresión y los de las penas máximas no están vinculados por una relación íntima, pero quizá extraiga cierto provecho quien los examine juntos. En esa tarea, lo primero que llama la atención es que el adicto a la severidad penal y el amante de la libertad de palabra son tipos humanos dispares. El primero es realista, ceñudo y torvo (ya sabe todo lo malo que la vida tenía que enseñarle), mientras que el segundo presumirá de amigable y confiado, y gozará ponderando cuánto le queda aún por aprender de este maravilloso mundo. Si la humanidad es un espanto, lo que más importa será estar protegidos de sus hijos más peligrosos (que no son pocos), mientras que, si es un deleitoso jardín, tanto mejor cuantas más flores se hagan brotar y más colores ofrezcan a los ojos.…  Seguir leyendo »

Cuál es el impulso que lleva a las multitudes a elegir para el gobierno a energúmenos zafios y desabridos, ufanos de su chabacanería tanto como de su dinero, es una pregunta de aspecto enigmático que a veces debe responderse quitándole todo misterio: ¿de verdad lo natural es que las cosas sean de otra manera? La ligazón entre democracia, virtud, inteligencia y buen gusto es en realidad mucho más débil de lo que suele creerse y —cosa que no resulta prudente enseñar en los colegios— cada uno de esos bienes puede subsistir largo tiempo sin la compañía de ninguno de los otros.…  Seguir leyendo »

Escribía hace unas semanas Germán Cano que la filosofía y su enseñanza constituyen entre nosotros “un adorno anacrónico, pero abrillantador”. La expresión es verdadera y exacta. Llama la atención, sin embargo, la enigmática capacidad que la filosofía contemporánea tiene de suscitar pendencias y de abrirse hueco, en medida nada desdeñable para lo que son sus fuerzas, por entre la azarosa selva de los temas de actualidad. Debido a algún extraño motivo, las noticias filosóficas despiertan interés. El ejemplo más reciente puede sorprender: que el rector de la Complutense se proponga suprimir la filosofía de la lista de estudios merecedores del rango de facultad podría haberse reducido a un episodio sólo interesante para unas pocas docenas de personas, pero lo cierto es que ha sobrepasado con creces esos límites, obligando a tomar partido, de manera no siempre cómoda, sobre cuál es el papel del pensamiento en la sociedad (y también, de paso, el de la sociedad en el pensamiento).…  Seguir leyendo »

La necesidad de una “nueva política” y lo inexorable de su triunfo son dos lugares comunes de los que nadie querría desprenderse hoy en España al hablar de cualquier asunto de interés general. O nos gobernarán partidos nuevos que nadie habría imaginado hace diez años —se piensa—, o lo seguirán haciendo los antiguos, pero a condición de renovarse de modo que su aspecto no recuerde nada al acostumbrado. Sin embargo, en la modernidad tardía el destino de lo nuevo es casi siempre un envejecimiento precoz, y la tan anhelada regeneración de la cosa pública no se librará, con toda seguridad, de la obsolescencia galopante que afecta a toda clase de bienes y palabras.…  Seguir leyendo »

Azares ingobernables, ocasiones de vertiginoso progreso, hundimientos violentos, imposibilidad de aplicar cualquier estrategia, esperas tediosas, retrocesos fatales y, cuando se está cerca de la victoria, una vuelta a empezar que tan solo un momento antes habría parecido inconcebible. Laberintos, cárceles, pozos, dados, calaveras, rescates. Podría tratarse, qué duda cabe, de España, pero convengamos en que se está hablando del juego de la oca. “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España / porque termina mal”, dejó dicho Jaime Gil de Biedma, dando a entender que lo natural de las historias es acabar bien y que, de no hacerlo, siempre cabrá encontrar alguna anomalía que lo explique todo, un gato negro que se cruzó en el camino y que echó los tiempos a perder, dejándolos irreconocibles.…  Seguir leyendo »

Muchos pueden celebrar por fin el cumplimiento de un antiguo deseo: la universidad ya no es una anacrónica rareza ni un cuerpo extraño infiltrado en el tejido social, sino lo que toda mente constructiva y acompasada con los tiempos ha querido desde siempre, a saber, un genuino reflejo de la sociedad. Parecía una utopía y se ha vuelto lo más real de este mundo: por fin universidad y sociedad van de la mano y comparten lo fundamental. Es cierto que lo compartido es la ruina, pero siempre será mejor algo que nada y, además, no está escrito que la miseria vaya a tener que lamentarse en toda ocasión: de sobra se sabe que la prosperidad genera molicie y hace olvidar la urgencia de poner al día instituciones manifiestamente inadaptadas.…  Seguir leyendo »

Hay ciertas formas de temor que hacen mirar el pasado con más aburrimiento que añoranza. Repárese, si no, en la extinción de todo afán conmemorativo que sigue al reconocimiento general de la ruina y atiéndase al ejemplo del segundo centenario de la Constitución española de 1812. ¿No se ha parecido mucho su celebración a un seminario académico de hispanistas jubilados y muy poco al aparatoso estallido de memoria histórica que amenazaba con desencadenarse? Quizá en este caso los motivos para la desgana sufran cierta sobrecarga (alguien con ganas de faltar al respeto diría que la constitución más apta para ser conmemorada este año no era la de Cádiz, sino la de Bayona), pero seguramente cualquier otro centenario habría suscitado el mismo gesto cansino.…  Seguir leyendo »

La azucarada doctrina según la cual la lengua sirve sobre todo para entenderse es antiquísima y muy apta para la oratoria edificante, pero no debería dársele más crédito del quizá no muy generoso que le conceden los autores de esta clase de discursos. Cualquier observador atento sabe de sobra que el lenguaje no es casi nunca un medio para el acuerdo ni para la concordia, sino uno de los motivos de violencia más inagotables y traicioneros de que se tiene noticia. Y quien quiera consolarse creyendo que una lengua solo revela su rostro carnicero cuando se enfrenta a otras, hará bien en acudir al libro de los Jueces (12, 4-6), donde se narra con la mayor naturalidad cómo 42.000 efraimitas, que se esforzaban por disimular su condición, fueron degollados por los galaditas en los vados del Jordán al ser incapaces de pronunciar adecuadamente el primer sonido de la palabra shibbolet y no saber decir más que sibbolet: cuando la lengua es un cuchillo, con una sola letra basta.…  Seguir leyendo »

Que la misión del político consiste en resolver los problemas de los llamados ciudadanos y en mantenerse lo más cercano posible a la gente común para no perder de vista las inquietudes de los votantes son, sin duda, los dos tópicos capitales que sustentan casi toda disertación política contemporánea, desde la tertulia al tratado. Un político que crea problemas en lugar de eliminarlos, o que se encierra en su mundo particular y deja de hablar el lenguaje de la calle, tiene ya sentenciada su ruina, mucho más que si fuese lascivo, mentiroso o ladrón. De hecho, vicios como estos suelen ser muy apreciados por la clientela electoral, ya que le permiten la íntima satisfacción -esencial en toda ciudadanía autoconsciente- de descubrirse más virtuosa que sus representantes.…  Seguir leyendo »

Hasta la víspera misma del día en que el Gobierno español llevó a cabo, en mayo de 2010, la completa mutación de su política económica y social, era frecuente hallar toda clase de proclamas, y hasta de teorías más o menos ambiciosas, sobre la condición deliberativa, reticular y acéfala de la vigente manera de gobernar y mandar.

Nos estábamos acercando a pasos agigantados, decía la propaganda oficial, a una forma política inédita en la que las decisiones no emanarían nunca de un único foco, sino que resultarían de una compleja interacción de agentes e iniciativas, gracias a la cual todos podrían ocupar alguna vez el centro de la escena (aunque por poco tiempo) y nadie sería capaz de monopolizarlo; un modo de gestionar lo público en el que cualquier decisión importante estaría sometida a procedimientos de participación, con preferencia electrónicos, gracias a los cuales los ciudadanos se pronunciarían, con un golpe de tecla y en tiempo real, sobre todos los asuntos de interés.…  Seguir leyendo »