Belén López Peiró

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Parque Joan Miró en Barcelona.Gianluca Battista

Las cotorras vuelan frente a mi balcón. Podrían pasar desapercibidas entre los árboles de la peatonal, pero el canto es inconfundible. Cada mañana, el mismo ritual: mi perro rasca la puerta, me abrigo y caminamos juntos, en la misma dirección que las cotorras. A media cuadra nomás, detrás de la biblioteca, pongo los pies sobre la tierra. Respiro otro aire. Las tórtolas vuelan junto a las gaviotas que se atreven a dejar atrás el mar y dar unas vueltas sobre este mismo cielo. Quien puede sentir el rumor de las criaturas en plena ciudad, sabe que es pura fortuna. Yo también lo sé.…  Seguir leyendo »

De pequeña, escribía mi diario sobre las hojas de una agenda de papel. En parte imitaba a mi madre, que llevaba una agenda que parecía una carpeta con cubiertas en cuero, a la cual le cambiaba las hojas a comienzos de año. Mientras ella anotaba reuniones de trabajo y citas médicas; yo contaba anécdotas de la escuela o del pueblo. Una costumbre que, en parte, continúa hasta hoy: cada diciembre elijo una agenda de papel para el nuevo año. Sin embargo, dejé de escribir diarios. Nunca me había preguntado por qué.

Hace un mes, cuando estaba en una residencia de escritura en el medio del parque natural del Empordà, un rincón mágico de la Costa Brava, empecé a leer un libro que tenía pendiente hace rato.…  Seguir leyendo »

Un recuerdo: mi padre y yo, los dos, en el mar argentino. El agua a la altura de mis rodillas, mi padre en ese entonces más alto que yo. Dice que me va a enseñar a enfrentar las olas. Dice que a las olas se las enfrenta de dos maneras: si son bajas o medianas, hay que pararse de costado, mirarlas de reojo y saltar cuando se acercan, dejar que el cuerpo suba con el impulso del agua y luego bajar hasta que los pies toquen la arena; si son altas hay que arrojarse como un delfín y hacer trampa: atravesarlas por abajo, con los ojos bien cerrados, y una vez que la fuerza de la ola disminuya, salir a la superficie, como si nunca hubiera existido.…  Seguir leyendo »

Si alguien visitara mi casa, dudo que pudiera imaginar que está hecha de la calle o, mejor aún, que está hecha de historias. Tengo uno o dos muebles nuevos: el colchón sobre el que duermo, por ejemplo, y la biblioteca también, pero todo lo demás no; todo lo demás me lo dio la calle y lo que no me dio la calle es usado o reutilizado o reciclado, como quieran decirle, y cada uno viene con su historia: como esa pintura que ahora cuelga de la pared, con marco de paspartú, que muestra un bote estacionado a orillas del Mediterráneo. La señora que me lo dio dijo que la pintora era una enamorada de su madre, que le gustaba mucho pescar y que antes de morir le dejó todos sus cuadros, pero ahora su madre también murió y no le queda otra que deshacerse de sus cosas.…  Seguir leyendo »

Una amiga argentina vino a pasar año nuevo a Barcelona. Le encargué una sola cosa: el último libro que escribió Sylvia Molloy antes de morir. Se llama Animalia, y habla de los animales que la acompañaron durante su vida: desde su infancia, la obsesión por los insectos y la crianza de gusanos de seda que luego liberaría como mariposas; el tero que alimentaba su madre, quien se negaba a aceptar animales domésticos, pero luego se enamoró de un pato; hasta mucho más tarde cuando ya vivía sola o más tarde aún, cuando eligió mudarse en pareja a Long Island, Nueva York, para crear su propio refugio con un corralón para las gallinas y los pollos y un montón de otros perros y gatos —y visitas de serpientes, por qué no—; un refugio animal que abonó hasta sus últimos días.…  Seguir leyendo »

Mi lengua es ahora una lengua extraña. Olvido la sintaxis correcta de las oraciones simples. Corto y desordeno las palabras. Aspiro la ese. Utilizo refranes de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, una lengua rural para nombrar lugares que ni siquiera existen en esta geografía. No importa: los invento. Me aferro a expresiones en desuso, desgastadas por el tiempo. Puteo. Le temo al olvido. No sos vos, eres tú. No son ustedes, es el vosotros. Y como los felinos cada vez que sienten miedo, me paro a la defensiva. Junto en mi boca toda la artillería para salir a dar batalla.…  Seguir leyendo »

Doris Canumil, de la comunidad mapuche de Sierra Paileman (Argentina), el pasado 13 de octubre.Natacha Pisarenko (AP)

Me acuerdo de ese juego que jugaba de chica. Alguien estiraba una soga en el suelo, yo me paraba a un lado. De acuerdo a la consigna, había que saltar. De un lado estaba el cielo. Del otro lado la tierra. En el medio: el mar. La decisión era permanecer o cambiar de lugar. Cada vez que pienso en la distancia que ahora me separa de Argentina, pienso en esa soga como una línea imaginaria. Yo salté. Y acá estoy, con la incomodidad que alguna vez anticipé. Eso que escuché en otras migrantes. Algunas lo llaman tensión. Otras se preguntan por la identidad.…  Seguir leyendo »