Carla Guimarães

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Hay un hombre sentado en la silla de presidente de Brasil. La silla, sin embargo, no le pertenece. Un golpe de suerte, o sencillamente un golpe, le puso donde está y él ya no quiere levantarse. Ese lugar es suyo, tiene derecho a estar allí. O eso cree él. Lo que el hombre no sabe, o aún no sabe, es que la silla está infectada de termitas, como la del famoso relato de Saramago. Por fuera parece firme y sólida, pero por dentro está prácticamente hueca. La silla está a punto de deshacerse en pedazos y el único destino posible para ese hombre es la caída.…  Seguir leyendo »

Patricia y yo somos primas, pero nos sentíamos como hermanas. Crecimos en el mismo barrio, en Salvador de Bahía, y vivíamos en edificios vecinos. Ella estaba siempre en mi casa y, cuando no, yo estaba en la suya. Nacimos en una dictadura y asistimos el paso a la democracia. Su padre llamaba revolución a la llegada de los militares al poder. El mío decía que fue un golpe. Su padre temía que un sindicalista barbudo llamado Lula ganara las primeras elecciones directas. A menudo repetía que Lula era un analfabeto. Mi padre creía que, en un país tan clasista como Brasil, un obrero jamás llegaría a la presidencia.…  Seguir leyendo »

El 2014 no es solo el año del Mundial en Brasil. También se cumplen 50 años del golpe militar que nos arrebató la democracia a los brasileños. Yo nací durante la dictadura y llegué a la adolescencia justamente cuando el país despertaba de una pesadilla que duró 21 años. La democracia me tomó por sorpresa, no sabía qué significaba ni por qué era tan importante. Mi padre me explicó que la democracia se aprende poniéndola en práctica y si no estamos acostumbrados a ejercerla de manera activa, es posible que nos la terminen quitando. Lo cierto es que en Brasil, incluso cuando aún estábamos en dictadura, se puso en práctica la democracia.…  Seguir leyendo »

Según la R.A.E., “casualidad” es una combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Casualmente nací en Brasil. Quizás, si pudiera elegir, me hubiese gustado nacer en otro país, no sé… Pero como no pude opinar sobre este asunto, vine al mundo donde dictó el azar: en la ciudad de Salvador de Bahía, y más específicamente en el Hospital Portugués. También fue una casualidad haber nacido en una familia con recursos, que pudo pagar mis estudios en un colegio privado (infelizmente la enseñanza publica en Brasil es lamentable) y, más adelante, en una universidad concertada. Si dejamos de lado mi merito personal, la casualidad fue quizás uno de los aspectos más relevantes a la hora de establecer mis oportunidades frente a otros miles de brasileños que, casualmente, nacieron en hogares con menos recursos.…  Seguir leyendo »

Soy brasileña y no me gusta el fútbol. Paradójico, ¿no? Vengo de un país cuyos índices de natalidad suben después de cada Mundial, crecí cercada de pelotas y de gente que insistía en patearlas, dije Pelé antes de decir papá y aprendí el himno nacional para poder cantarlo en un estadio.

Pero a pesar de todo esto, o quizás por todo esto, empecé a desarrollar un extraño odio hacia este deporte. El fútbol está sobrevalorado, y me impresiona ver la importancia exagerada que tiene en nuestra sociedad. Vivimos en un mundo donde los futbolistas se convierten en héroes y la gente se pelea en los estadios por defender a un equipo.…  Seguir leyendo »

Francés, árabe, polaco, turco, húngaro, chino, rumano, portugués… Son muchos los idiomas que se hablan en una pequeña salita de la jefatura de policía de Madrid. Los traductores pasan horas escuchando conversaciones y transcribiéndolas. A veces escuchan cosas muy duras: amenazas, peleas, acusaciones… A veces escuchan a la misma persona que amenazaba hablando con su madre y diciéndole cuánto la quiere. Es un trabajo duro en el que, durante ocho horas al día, se vive la vida de otra persona.

La traductora de rumano es muy católica y en su vida sólo ha conocido a un hombre: su ex marido. Irónicamente, tiene que escuchar cada día las llamadas de un proxeneta a sus chicas.…  Seguir leyendo »

El jueves pasado, en Madrid, me sentí como un personaje de una obra de Woody Allen. Acababa de salir de mi terapia e iba de camino a tomar un café con una amiga que había decidido poner punto final a una conflictiva relación amorosa. De repente, como pasa en las películas, ocurrió un hecho que lo cambió todo. Una ráfaga de viento hizo que un periódico viejo levantara vuelo y fuera a parar justo en mis manos, como en un truco de magia. Iba a tirar el periódico a la basura pero mi curiosidad me lo impidió, deseando, quizá, encontrar un mensaje secreto del destino.…  Seguir leyendo »