Eduardo A. Prieto

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La ciudad es el problema; la técnica, la solución. Este eslogan podría resumir los programas urbanos que tanto en las metrópolis consolidadas de Occidente como en las bullentes megalópolis de Asia se sostienen en esa versión del panóptico moderno que son las llamadas ciudades inteligentes. Son modelos que comparten una confianza optimista en los poderes de la técnica para resolver los conflictos sociales y económicos implicados en los procesos de crecimiento, de acuerdo con un entusiasmo que ahora es digital, y que se refuerza por la conectividad indiscriminada y el ensalmo mercantil y fetichista de todo tipo de gadgets.…  Seguir leyendo »

“Si queréis liberar a una sociedad, dadle Internet”. Esta receta, propuesta por Wael Ghonim, ejecutivo de Google, es compartida por aquellos que consideran que las revoluciones populares que han depuesto a los Gobiernos de Túnez y Egipto, y amenazan con derrumbar a otras tiranías semejantes en Bahréin, Yemen o Libia, constituyen la prueba fehaciente de que el poder emancipador de las nuevas tecnologías de comunicación es real. Los analistas, la prensa o las cancillerías, acostumbrados a interpretar el mundo a partir de los juegos de poder entre grupos políticos reconocibles -clases sociales, oligarquías, Ejército, sectas religiosas-, han visto desbordadas sus más arriesgadas previsiones y, al igual que ocurrió con el Mayo del 68 o la caída del muro de Berlín, son incapaces de enfrentarse a coyunturas en las que, siquiera sea temporalmente, los protagonistas son aquellos que tradicionalmente no han tenido voz -jóvenes, desempleados, mujeres- y que hoy se están sirviendo de las herramientas anónimas de la Red para ser escuchados.…  Seguir leyendo »

Las épocas, los siglos, pueden definirse a partir de sus propias manías u obsesiones. Si la peculiar manía del siglo XIX fue, como sabemos, la historia, al siglo XX le correspondió una particular obsesión por el espacio. La centuria que, desengañados, abandonamos hace poco, comenzó siendo la época dorada de las ciudades cosmopolitas y de las fronteras abiertas en la que, como todavía recordaba Stefan Zweig en su Mundo de Ayer, a ningún viajero se le pedía el pasaporte. Pronto siguió a este apacible tiempo el terrible periodo de la geopolítica. Las líneas virtuales de los mapas fueron blindadas, destruidas y recompuestas una y cien veces en una maniaca fruición espacial.…  Seguir leyendo »