Eduardo Jordá

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de mayo de 2009. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

En la primavera de 1974, Roland Barthes viaja a la China de Mao con un pequeño grupo de sus amigos de la revista Tel Quel: los escritores Philippe Sollers, Julia Kristeva y Marcelin Pleynet, todos maoístas fanáticos. En 1974, Barthes tiene 59 años. Su estado de ánimo no es bueno: tiene migrañas, duerme mal, sufre ataques de pánico. En China nada le llama la atención: la ópera le aburre, el paisaje le recuerda las interminables llanuras de la Francia central y las supuestas conquistas de la revolución le traen sin cuidado. Un día, en Shanghai, una multitud sigue a Barthes y a su grupo por los muelles: nadie ha visto por allí a un europeo en los últimos veinte años.…  Seguir leyendo »

No es cierto que la idea de nación plurinacional sea una incógnita muy difícil de explicar en términos políticos. En España hemos tenido una breve experiencia de nación plurinacional. Lo fuimos durante la breve –y desastrosa– experiencia de la Primera República, en el año 1873, cuando la República tuvo cuatro presidentes distintos en menos de ocho meses. Y ese año de 1873, Cartagena no sólo fue una nación soberana durante seis meses, sino que se declaró independiente del resto de España y enarboló una bandera roja que antes había sido enseña del Imperio Otomano. La moneda propia que acuñó el soberano cantón de Cartagena –«rodeado por los centralistas», según rezaba la inscripción en el reverso– se cotiza ahora muy bien entre coleccionistas y numismáticos.…  Seguir leyendo »

Hacia 1992, en su casa de Palma, José Carlos Llop me enseñó un libro de poemas de un autor polaco que acababa de encontrar en la librería polaca de París. El nombre era muy raro, Adam Zagajewski, y la breve biografía que leí en la solapa no me decía nada: «Nacido en Lvov, actual Ucrania, en 1945, Adam Zagajewski es un poeta polaco exiliado en París y Estados Unidos». Eso era todo. Luego Llop me señaló un poema y me dijo: «Léelo». Era un poema en el que Zagajewski se preguntaba qué habría sido de Rusia si el poeta Osip Mandelstam hubiera podido hacer las leyes y Stalin sólo fuera un personaje menor de una saga georgiana.…  Seguir leyendo »

En los años de la República, Alexander Kerenski dio una conferencia en Madrid. Lorca fue a escucharlo con su amigo el cónsul chileno Carlos Morla Lynch, que contó la historia en uno de sus maravillosos diarios. Al salir de la conferencia, Lorca meneaba la cabeza con disgusto. «Un pobre hombre con una levita negra», sentenció. Pero veinte años antes, en Rusia, Alexander Kerenski no era un pobre hombre con una levita negra, sino el joven intelectual (tenía 36 años) que inflamaba a las masas con su oratoria revolucionaria. Y sobre todo, Kerenski fue el hombre que dirigió la Revolución de Febrero de 1917, la que expulsó al zar Nicolás II e introdujo por primera vez –y casi por última en el siglo XX– la democracia parlamentaria en Rusia.…  Seguir leyendo »

Hacia 1660, Murillo pintó un cuadro que lleva el nombre de «El joven gallero» (el cuadro pertenece a la colección de Juan Abelló). Es uno de los cuadros más enigmáticos de Murillo. ¿Quién es ese adolescente que sonríe a causa de una incontenible explosión de alegría? ¿Y a quién está señalando con el dedo? ¿Y por qué parece animarle, sea quien sea ese espectador invisible, a que se ría con él? Para empezar, ¿cuántos años tiene ese chico? ¿Doce, quince? ¿Y está viendo realmente una pelea de gallos? ¿O está más bien señalando a alguien que pasa por ahí, un pintor, una monja, un compinche de juegos?…  Seguir leyendo »

En la novela «Tess la de los D’Urberville», Thomas Hardy contaba la historia de un músico aficionado que volvía de noche a su casa tras haber tocado en una boda. Cuando el hombre estaba cruzando un prado, un toro furioso le atacó. El hombre corrió y corrió hacia una valla, pero el toro estaba ya a punto de atraparlo. Desesperado, el músico recordó la vieja leyenda de los bueyes que se arrodillaban en los establos cuando llegaba la Nochebuena, igual que habían hecho sus antepasados bovinos en el portal de Belén. Y en eso, el músico –se llamaba William Dewy– se sacó el violín que llevaba en el morral y se puso a tocar un himno navideño.…  Seguir leyendo »

Leonard Cohen se ha muerto justo cuando acaba de llegar al poder la fealdad ideológica y moral de Donald Trump. Nada es casual en la vida, y la muerte de Cohen tal vez nos anuncie el final de un mundo en el que la belleza y las palabras aún tenían el suficiente poder para luchar contra el caos y la oscuridad. Si aguzamos el oído, si escuchamos con suma atención, al fondo de las canciones de Cohen –que eran tan intemporales como las nubes de verano y las noches de tormenta– se oía el arpa del joven David tocando para apaciguar la angustia del rey Saúl.…  Seguir leyendo »

El epigrama contra Stalin

Hay mucha gente que cree que la poesía no sirve para nada, pero la poesía, en contra de la creencia general, puede ser una muestra admirable de valentía y de lucidez política. En el invierno de 1934, durante un paseo por un parque de Moscú, el poeta Osip Mandelstam le recitó a su amigo, el también poeta Boris Pasternak, un poema que había compuesto después de haber presenciado la terrible hambruna de Crimea y las ejecuciones masivas de «kulaks» –o campesinos acomodados– que se oponían a la colectivización forzosa del campo decretada por Stalin en 1929. Cuando Pasternak oyó el poema, se quedó petrificado.…  Seguir leyendo »

Todo lo que hay

A James Salter, que era uno de los más grandes escritores americanos de la segunda mitad del siglo XX, el reconocimiento le llegó muy tarde. Una vez me contó que había dado una lectura en una librería de Denver a la que sólo habían asistido dos señoras mayores con pinta de haberse equivocado de sitio, y un viejo vagabundo que no dejaba de toquetear la bolsita marrón donde llevaba la preceptiva botella de licor. Mientras Salter leía fragmentos de sus cuentos y novelas ante aquellas dos señoras –el vagabundo ya se había quedado dormido–, le llegaban los aullidos del público que veía un partido de los Broncos en la televisión.…  Seguir leyendo »

Uno de los textos más misteriosos que conocemos fue escrito hace más de tres mil años, en algún lugar de Egipto, por un hombre que sabía que iba a morir: «Señor de la Verdad, te traigo la verdad. He destruido el mal para ti. No he matado a nadie. No he hecho llorar a nadie. No he dejado que nadie pasase hambre. Jamás he incitado a que un amo hiciera daño a su esclavo. Jamás he causado temor a ningún hombre».

Estas invocaciones formaban parte de los conjuros mágicos con que un escriba llamado Hunefer preparaba su alma para el viaje al más allá.…  Seguir leyendo »