Emilio Lara

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de mayo de 2009. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

Bienvenido, míster Gálvez

Berlanga fue un genio porque, además de troncharnos de risa con sus películas, elevó al cuadrado situaciones absurdas que reflejaban los recovecos de la España que le tocó vivir. Sus personajes y diálogos son tan antológicos que no hay manera de elegir con cuál quedarse, como sucede en Patrimonio nacional, película en la que un viejo aristócrata y su familia tronada pretenden medrar en la naciente España democrática, sin percatarse de que ellos representan el desván de la historia, son unos cachivaches del pasado. En el celuloide, el marqués de Leguineche, su hijo y un capellán ultramontano –entre otros– habitaban en un inmenso y destartalado palacio de la plaza de Cibeles.…  Seguir leyendo »

Leer para vivir

Salí el cine electrizado de emoción tras ver El instante más oscuro, donde se narra con maestría la metamorfosis del carisma de Churchill, que alcanza la cima en un tiempo meteórico gracias a su incombustible entusiasmo, su confianza en el pueblo británico, su formidable oratoria y el apoyo de Clementine, su esposa. Con los ojos licuados tentado estuve de ponerme de pie y aplaudir al final, en el célebre discurso parlamentario que alentaba a resistir a todo trance frente a los nazis, pero me contuve no porque me diera vergüenza, sino por no hacérsela pasar a mi mujer. Resulta conmovedora la escena en la que, tras la gelidez inicial motivada por la desconfianza, se anuda una amistad entre el primer ministro y el rey basada en la admiración.…  Seguir leyendo »

Hijastros de Torquemada

Berlín me fascina. Es una ciudad más de gerundio que de participio, porque continúa construyéndose y modernizándose tras la devastación de la guerra y la reunificación de Alemania. Recuerdo la mañana en la que, después de pasear por Unter den Linden y visitar la Isla de los Museos, me detuve en la Bebelplatz para ver el lugar en el que los nazis quemaron los libros prohibidos en 1933. Junto a las imágenes en blanco y negro de los camisas pardas, estudiantes y profesores nacionalsocialistas cebando con libros la hoguera, me vinieron a la cabeza secuencias de Cabaret en donde una felina Liza Minnelli, con tacones, liguero y bombín, interpretaba unas transgresoras canciones en uno de los cafés cantantes que serían fulminados por los hijos de la esvástica al tomar el poder.…  Seguir leyendo »

Mi abuelo materno heredó de su padre el oficio de barbero. Al igual que su progenitor, en su juventud había votado a candidatos monárquicos en las elecciones, y por eso, en la década de 1940 y 1950, compraba a diario el ABC para que sus clientes se entretuviesen. Lo recuerdo haciendo crucigramas, leyendo capítulos del Quijote, consultando la enciclopedia Espasa –su vademécum cultural–, evocando la hermosura de Celia Gámez y, sobre todo, contando anécdotas de cuando le tocó hacer el servicio militar en Madrid y le encomendaron ser el barbero del dictador Primo de Rivera. También me contaba la triste partida de Alfonso XIII, el Monarca cuyo desfile nupcial vio uno de mis bisabuelos, un trabajador municipal que viajó desde Linares a Madrid para vitorearlo, alquiló una habitación de hotel y desde el balcón contempló la explosión producida por la bomba que Mateo Morral arrojó contra los Reyes.…  Seguir leyendo »

Ahora que el recuerdo ha dejado de doler, no me importa acordarme de que hace pocos años frecuenté la sala de oncología del hospital de mi ciudad, en la que los mayores, abismados en sus pensamientos, solían tener la mirada perdida, y los niños, en cambio, sonreían con la boca y los ojos. El cáncer, como en una tragedia griega, visitó en tres ocasiones consecutivas a mi familia. Tres dentelladas de dragón. Mientras mis familiares esperaban su turno de quimio, charlábamos, o bien ellos escuchaban música o leían libros de historia para aplacar el nerviosismo y avivar la esperanza. Y ya enchufados a las bolsas de quimioterapia en la sala habilitada, a veces me colaba para llevarles bocadillos de matute.…  Seguir leyendo »

La vida no es como nos la imaginamos, sino como se nos presenta, aunque en ocasiones ésta parezca una película por su dramatismo, acontecimientos vertiginosos y épica. El discurso del Rey es una formidable película cuyo clímax final es antológico. En septiembre de 1939, el Rey Jorge VI se enfrenta a una prueba trascendental, radiar un discurso de ánimo a los británicos tras la declaración de guerra de su país a la Alemania nazi. Recluido en un minúsculo e improvisado estudio radiofónico, el monarca, tartamudo, acompañado de su heterodoxo logopeda, procede a leer unas cuartillas donde las palabras de aliento trasudan fibra moral, conciencia histórica y determinación.…  Seguir leyendo »

Mi padre, hijo de ferroviario, comenzó a comprar el ABC de adolescente. Era a mediados de los cincuenta, en su casa no había un solo libro, pero ya no abandonó nunca el placer de la lectura. Disfrutaba una enormidad con los artículos de los periodistas y escritores que firmaban en el diario. Tanto es así que de joven, cuando en el café Gijón de Madrid vio a César González Ruano, se quedó maravillado. Era su periodista predilecto y no se atrevió siquiera a saludarlo. Se dedicó a observar su pinta de mosquetero retirado, su pitillera de oro y la caja de cerillas, y cómo escribía en unas cuartillas, cigarro en mano.…  Seguir leyendo »

Mi generación todavía se educó sentimentalmente con el cine. La historia, la literatura y el Séptimo Arte me han enseñado a veces más de la vida que el trato con las personas, o por lo menos, me han ayudado a desvelar los entresijos de la condición humana. Porque para entender la codicia hay que ver El tesoro de Sierra Madre, para conocer la envidia es única Amadeus, y para comprender la intensidad del amor sobrevenido en la madurez, no hay historia más hermosa ni mayor nostalgia de lo no vivido que Memorias de África. Y es que el cine, además de evasión, nos proporciona modelos de comportamiento y nos regala los sueños de otros.…  Seguir leyendo »

En 1902, el maestro Álvarez Alonso, un músico jiennense afincado en Cartagena, compuso un pasodoble en el velador del café que frecuentaba en la calle Mayor. Al terminarlo, paseando por dicha calle, se detuvo delante de la confitería España, en cuyo escaparate había expuestos unos pasteles llamados suspiros. El nombre del pasodoble le vino como una dulce revelación: Suspiros de España. El compositor, aún joven, murió al año siguiente y no llegó a conocer la fama que alcanzaría aquella música evocadora, capaz de anegarnos a la vez de melancolía y plenitud. Desde que en los años veinte se le puso letra, el pasodoble se convirtió en la encarnación del sentimiento hacia España.…  Seguir leyendo »

Durante mi infancia y adolescencia La clave era un programa sagrado en mi casa. Su inquietante música, la película y el coloquio fueron hitos televisivos en la Transición y primeros años de la democracia. José Luis Balbín, con su omnímoda cultura, moderaba una tertulia en la que los invitados hablaban sin atropellarse ni insultarse y exponían sus argumentos con libertad. Resultaban inimaginables las bocas emputecidas, los gestos chulescos, el griterío verdulero y la sustitución del pensamiento sedimentado por eslóganes y clichés. Era para quedarse embobado ver cómo aquellos hombres y mujeres, entre la neblina del tabaco de pipa, hablaban con solvencia de variados temas.…  Seguir leyendo »

He visto dos veces seguidas la serie «The Crown» ( La Corona). La primera vez me quedé boquiabierto por la historia, las interpretaciones y la narración visual. La segunda disfruté aún más de los detalles, de la psicología de los personajes y de la mezcla de tradición e innovación de la Monarquía británica. Qué envidia. Aquí, una serie así, como diría Sabino Fernández Campo, ni está ni se la espera.

«The Crown» cuenta los primeros años del reinado de Isabel II con tal potencia cinematográfica que deja al espectador hipnotizado, fascinado por unos diálogos que cortan como cuchillas y por un argumento de estirpe shakespeariana.…  Seguir leyendo »

Gobernaba Suárez cuando, cada Jueves Santo, una banda de música de la Guardia Civil se desplazaba a Jaén para participar en la procesión de la Vera Cruz. Al tocar las marchas del maestro Cebrián, la gente, con un nudo en la garganta, escuchaba en silencio hasta que aplaudía, en espontáneo homenaje a tantos guardias como morían abatidos por terroristas. Eran los años en los que los civiles, como les decíamos los andaluces, caían asesinados a tiros o sus coches, los endebles Cuatro Latas, reventaban por las bombas de la ETA.

Recuerdo ver de niño, en mi ciudad o en los pueblos encalados de la provincia, a mujeres enlutadas romper a llorar en la calle o en las tiendas.…  Seguir leyendo »

Uuno de los profesores que más he querido me daba Lengua y Literatura. Durante el primer trimestre, al comenzar cada clase, nos leía en voz alta un par de páginas de El camino, de Miguel Delibes. Leía con tanta naturalidad y pronunciaba con tal exquisitez, que quedé hechizado con aquella literatura. Desde entonces, Delibes se convirtió en uno de mis autores de cabecera no sólo por la belleza antigua de su lenguaje, sino también por la hondura de sus historias y la robustez de sus personajes: hombres y mujeres curtidos que llevaban vidas inveteradas y que representaban a la España recia.…  Seguir leyendo »

Nací el año de la Primavera de Praga, cuando los checos, con las manos desnudas, se enfrentaban a los tanques soviéticos reclamando libertad. Podía haber dicho que lo hice el año del Mayo del 68, pero cada cual elige el acontecimiento histórico con el que se identifica. Durante la Transición, mi padre, bajo la luz de una lámpara de pie, leía enfebrecido a Robert Graves en una habitación tachonada de libros mientras fumaba y en el tocadiscos sonaba zarzuela. En ocasiones, si algún párrafo le gustaba mucho, lo leía en alto con su voz radiofónica, con una cadencia de contador de mitos, como años más tarde haría con Memorias de Adriano, otra de sus predilecciones.…  Seguir leyendo »

La pasión por la Armada Invencible me costó una faringitis. Un sábado de octubre de hace unos años, me levanté antes del amanecer para continuar con la lectura de La Gran Armada, de Geoffrey Parker. Llevaba aún pijama de verano y hacía fresco en la habitación. Pasé un par de horas hipnotizado con los avatares de aquella formidable escuadra que, bajo un cielo entoldado, se adentraba en el Canal de la Mancha, rumbo a Flandes, para embarcar a los tercios. Tenía frío, pero estaba tan embebido con la lectura, que continuaba imantado al sillón, incapaz de levantarme para ponerme otra ropa.…  Seguir leyendo »