Gabriel Albiac

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Era 1984 y reinaba François Mitterrand: un presidente que había transitado desde la extrema derecha de sus años jóvenes a la socialdemocracia de su vejez; de los 'Croix-de-Feu' de 1933 a la jefatura de un Partido Socialista en alianza precaria con el último partido comunistaprosoviético. Al final, lo suyo fue el mandamás autócrata de la V República. Porque para Mitterand nada ni nadie era comparable a Mitterrand. La República, tampoco.

Recuerdo aquel tercer otoño 'mitterrandiano', en el curso del cual acabó por consumarse la ruptura total de los musulmanes franceses con la laica República. Yo estaba allí cuando 'Convergence 84' vino a cerrar en París su segunda marcha nacional antirracista con un manifiesto de rechazo a la democracia europea, que reivindicaba el «retorno al islam de nuestros mayores» y que dejó estupefactos a los izquierdistas franceses que habían corrido con su logística.…  Seguir leyendo »

Se legisla, no para mujeres u hombres. Ni siquiera para ambos. Mujeres y hombres existen en lo privado: que ha de ser defendido como espacio sagrado, previo y exento al Estado. Las leyes regulan las combinatorias entre dos históricas abstracciones: Estado y ciudadano. Y, sobre ellas, aplican una red codificada de normas destinadas a frenar su destrucción mutua. Sin su coherencia, vivir en sociedad sería imposible. No hay leyes para varón o hembra. Las normas que codifica una constitución buscan delinear sujetos hábiles para el juego que el Estado arbitra. Porque, a la variopinta diversidad de los individuos, debe el Estado sobreponer la cuadrícula de un idéntico ajustarse a reglas.…  Seguir leyendo »

«Con el propósito de examinar todo cuanto concierne a la política con la misma libertad de espíritu que solemos usar en matemáticas, en lugar de hacer irrisión, deplorar o maldecir las acciones humanas, he puesto todo mi empeño en comprenderlas». Es casi insoportable aplicar la norma de cautela de Spinoza en tiempos de guerra. Hacerlo exige el desasosiego -y aun el asco- de colocarse en la perspectiva de aquel en quien vemos un monstruo. Pero también los monstruos son humanos: en rigor, sólo un humano puede ser monstruoso. Nada le impide, así, ser inteligente: monstruosamente inteligente. Y, en la política -cuya forma más depurada es la guerra-, no penetrar en el dispositivo lógico del enemigo es ya estar derrotado.…  Seguir leyendo »

Es viernes, 10 de diciembre. 2021. Llevo horas ya de trabajo ante la pantalla del Mac. El campanillazo me interrumpe: un mail entra. Doy por hecho que será una más de las publicidades que se escurren como anguilas por los poros del anti-spam. Con desgana, me avengo a comprobarlo.

No lo es: «Archivo General del Ministerio del Interior. Con relación a su petición, interesada en información relativa a su persona, le comunicamos que revisando los fondos documentales obrantes en este Archivo General, hemos localizado referencia a un expediente policial a su nombre, que fue transferido en su día por este Ministerio al Archivo Histórico, donde puede dirigirse, con signatura XXX»

No lo esperaba ya.…  Seguir leyendo »

A lo largo de más de cinco horas, en la Nochebuena de 1820, Trieste fue tragada por la densa humareda que salía de las chimeneas del palacio del príncipe Jérôme, a quien su hermano Napoléon coronara un día como rey de Westfalia. Pocos sabían entonces que con ese humo volaba una parcela clave de la historia de la Revolución francesa: esto es, de la historia, sin más, de la Francia moderna.

El príncipe ha acogido en su mansión al antaño todopoderoso y ahora paria Joseph Fouché. Ministro de la Policía durante los trece años que se extienden desde el Consulado al Directorio y al Imperio, entre 1802 y 1815, Fouché ha sido el dueño y señor de todos los secretos de la República: no hay uno solo de sus rincones oscuros en el cual no haya podido moverse con la facundia de quien pasea por el salón de su palacio.…  Seguir leyendo »

Alguien que mintiera siempre nos dotaría a todos de un instrumento precioso: el criterio universal de verdad. Eso deja caer Pascal en sus notas de trabajo. Y, en efecto, bastaría con invertir todos los enunciados del universal mentiroso para instalarnos siempre en una verdad blindada. El mentiroso metódico sería, así, una bendición del cielo. Siempre, claro está, que acertáramos a identificarlo. Pero es que Blaise Pascal era un matemático y un teólogo. En su cabeza de geómetra no cabía que una mentira pudiera circular universalmente sin generar rechazo. Y sin que el mentiroso cargue ni siquiera con la vergüenza de ser llamado «mentiroso».…  Seguir leyendo »

Las ‘medidas de gracia’ -de indulto o, con mayor razón, de amnistía- son, en la política moderna, un misterio y una anacronía. Cuya clave no es, sin duda, política. Sí teológica.

En el rigor de la política -y de una política constitucional-, la ‘gracia’ destruye los fundamentos de lo que llamamos democracia. Que no son otros que los que asientan la separación y blindaje mutuo de los tres poderes del Estado: judicial, parlamentario y ejecutivo. Si es necesario que, por la disposición de las cosas, ‘el poder contrarreste al poder’, ninguna intervención de uno de los tres poderes estaría autorizada a alterar en un solo átomo la decisión de otro.…  Seguir leyendo »

¿En qué oscuro pasaje de la historia se extinguió Europa? Porque Europa está extinta ahora: eso es un dato. Lo hemos venido sospechando a lo largo del siglo que se abrió con la Gran Guerra de 1914: ese metódico suicidio de las mitologías de razón y progreso, sobre las cuales se habían asentado los dos siglos gloriosos que la precedieron. Quedan ruinas, por supuesto. De aquel viejo esplendor, quedan ruinas bellísimas para solaz del turista. Pero no se atisba en ellas un aliento de vida. Ni siquiera el deseo de producir los instrumentos que eviten su muerte.

Hace algo más de un siglo, los hombres del 98 lamentaban el crepuscular aristocratismo que habría de llevar España a la muerte: ‘¡que inventen otros!’…  Seguir leyendo »

La cura y la palabra

Debemos a Sexto Empírico la preservación de este bello pasaje de su antecesor en seiscientos años, Herófilo, médico calcedonio del siglo III a. de C., cuya obra, sobre la cual fundaban los griegos su canon anatómico, se ha perdido para nosotros: «La ciencia y el arte no tienen nada que enseñar, el ánimo es incapaz de esfuerzo, la riqueza inútil y la elocuencia ineficaz, si falta la salud».

La lectura del siempre cauteloso Sexto Empírico (o sea, «Sexto el Médico») me ha vuelto a la memoria, con el consuelo que da siempre la seca inteligencia en este cenagal de conspiratorias supersticiones que pugnan por abrirse paso en torno al único instrumento con el que contamos hoy para defender la salud humana frente a la pandemia: la universal campaña de vacunaciones.…  Seguir leyendo »

«El sueño de la utopía» -escribe J. L. Rodríguez García, en conclusión de ese último libro suyo, que tiene para los de su edad, que son los de la mía, valor de testamento-, ese sueño «que era un delirio liquidador y autoritario, ha muerto…» Todos los que fuimos jóvenes hace medio siglo sabemos ahora eso, con precisión que admite poca réplica: lo saben, al menos, aquellos que, entre nosotros, aún tratan de meditar sobre esos muchos tonos y matices de la desolación en que fueron quedando, al desertar nuestro paisaje ético, los muchos sueños y las demasiadas alucinaciones. Vuelve la vista atrás, el autor de esa otoñal Postutopía, antes de dibujar un leve gesto de adiós sobre el aire.…  Seguir leyendo »

Hans Holbein el Joven: Los embajadores

El universo cabe en una habitación cerrada. Porque cada vida humana es el universo. Todo. Amalgama de recuerdos, presentes unos, olvidados los más, pero no menos vívidos. Todo está en la habitación del hombre recluido. Y es trágico ignorarlo. Conforme lo enseñaba Blaise Pascal: «Toda la desdicha de los hombres viene de una sola cosa, que es el no saber permanecer en reposo en una habitación». Al hoy enclaustrado, le han vuelto los recuerdos de un viaje a Londres. Sin más objeto que el de visitar la National Gallery. Y, en la National Gallery, un cuadro sólo. Cada gran cuadro es un Dios.…  Seguir leyendo »

Cernudiana

Vuelvo siempre a Luis Cernuda: a los poemas en los que estaba todo lo que vendría luego. A esos poemas que me enseñaron la maravilla de una España imposible. Y en los que comencé a saber que sólo a esa imposible patria vale la pena amar. Jamás a la que existe.

Hubo, primero, la matemática pereza rítmica de un alejandrino, dando tumbos por recodos no invocados de mi memoria. Sólo más tarde, el esqueleto de ese ritmo se ha revestido de letras, sílabas. No ritmo ya; verso ahora. Irrevocable. «Pasada se halla ahora la mitad de mi vida». Reconocerme en él sería grotesco.…  Seguir leyendo »

Ella -no escribiré su nombre, ¡tuvo tantos!- se extinguió con agosto. Nadie lo supo. Pero era el fin de un tiempo. Así mueren, en silencio, quienes de verdad dieron la vida por su patria. Una patria que no habían conocido, que no habían pisado siquiera. Pero que amaban. Lo bastante para arriesgar por ella la vida propia y las vidas que amaban más que la suya. Que esa mujer, partida con la última noche de agosto, fuera la abuela de mis hijas, es cosa mía. Que fuera mi más larga y más fiel amiga, hace de esa fecha, para mí, un fin de mundo.…  Seguir leyendo »

Al mundo ya existente, ha superpuesto internet un envoltorio inmaterial que lo reduplica. Y que acaba por desplazarlo. A quienes hemos vivido de libros, de libros de papel, nos fascina -nos horroriza también- ver cumplida la fábula que hace más de tres décadas pusiera en líneas Jorge Luis Borges. Es la historia de un proyecto grandioso: el que despliega un megalómano equipo de cartógrafos que conciben la insólita aventura de fabricar un mapa a escala 1/1, un mapa en el que cada paraje representado se corresponda exactamente con el original que reproduce. Internet es, con toda exactitud, eso. Calco perfecto. Y conceptualmente tan ruinoso como la inusable montaña de harapos a la que queda relegado aquel monumento absoluto de la cartografía.…  Seguir leyendo »

«Pornografía» es un vocablo fechado. Un neologismo que, para fingirse intemporal, forja la narrativa libertina en el último tercio del siglo XVIII. Para esas fechas, el libertinismo ha olvidado ya sus orígenes, de herejía arcaizante en la Ginebra del XVI, donde Calvino se afanó en exterminarlo. Y vagamente recuerda haber sido, en el XVII, la variedad francesa del maquiavelismo. Libertinismo pasa a designar, en este final del siglo de la Ilustración, la apuesta por el trastrueque de los usos privados que anticipa el vendaval revolucionario de 1789.

Cuando Rétif de la Bretonne recurre a esa palabra-armario, que amalgama dos vocablos griegos, porné (prostituta) y grafía (escritura), ningún lector se engaña sobre la astucia: dar respetable filiación clásica a una narrativa prostibularia, para la cual prevé clientela verosímil.…  Seguir leyendo »

«Alejarse, por así decir, de la última orilla»: eso hace el filósofo, sentencia Schelling hacia 1825. Eso me da vueltas en la cabeza durante esta «noche de la filosofía» en Tel-Aviv. 30 de mayo pasado. En doce sedes, sesenta y cinco debates simultáneos. Filósofos franceses, alemanes, polacos, israelíes. También, un único español. En nada me siento aquí aislado. Aun hablando en una lengua que no es la mía. «Alejarse de la última orilla» tiene eso: es aceptarse en la palabra de los otros, saber que nada nos pertenece más que la interrogación que enfrenta nuestras propias certezas y las suspende en la duda.…  Seguir leyendo »

Catedrales

No se alzaron las catedrales en el centro de las ciudades. Las ciudades se tejieron en torno a sus campanarios. No las creó el genio europeo. Europa fue por ellas creada. Y aún hoy hablamos la lengua con la cual esos himnos a la luz hicieron del espíritu arquitectura. Duby, en su obra clásica, fija los términos del envite: configurar un nuevo lenguaje, hecho de «luz, de persecución de un Dios encarnado, de lucidez, de lógica». Y en esa lengua, esa luz, esa caza del absoluto, de lo lúcido y lo lógico, seguimos. Pero ahora, el monumento fundacional ha ardido.

En la fotografía, que fue portada de ABC el 17 de abril pasado, la nave central de Notre Dame proyecta su perspectiva de pavesas, carbón, ceniza, hacia la enorme cruz dorada que preside el ábside.…  Seguir leyendo »

¿Somos libres? Creemos serlo. Y ésa es la servidumbre más pesada. Soñamos actuar voluntariamente. Y eludimos el problema serio. «Hago lo que quiero»: supongamos que es cierto. Pero el enigma es otro: ¿por qué quiero lo que quiero? Ni siquiera sospechamos que nuestras preferencias son tan ensoñaciones como las que arrebataban a aquellos huéspedes de Próspero, «tejidos en la tela de los sueños», en La tempestad de Shakespeare.

De esa ingenuidad debiera sacarnos la metáfora escénica con la cual Platón retrata el mundo humano. Una cueva. En ella, prisioneros a quienes las cadenas inmovilizan de cara a la pared frontal. Tras ellos, la luz de un foco.…  Seguir leyendo »

Los fieles que accedían por su pórtico central al Duomo de Siena quedaban maravillados por el mosaico que pisaban. Es de rigor entrar en una catedral con la mirada alzada a los altos vitrales que anticipan el paraíso: cinabrios ácidos de la Chapelle Royale, azul translúcido de Chartres. Pero, en la Catedral de Siena, debe el fiel penetrar mirando al suelo. Y, borrada la ebriedad de la luz, preguntarse en lo oscuro: ¿qué estoy viendo?

El mosaico que pisa el fiel fue artesanado por Giovanni di Stefano hacia 1488, sobre un dibujo previo, tal vez, del Pinturicchio. Puede que el que lo está pisando no tenga la menor idea de lo que ante él se abre: que es epítome del alma renacentista, esto es, del despertar de Europa.…  Seguir leyendo »

«Miento». Es el más viejo de los dilemas griegos. Y el más productivo. Reducido a su esqueleto: A se planta ante B y le inflige una sola palabra, «miento». Y B queda atónito. Si A miente, está diciendo la verdad al decir que está mintiendo; si A es veraz, miente entonces al decir que miente. No hay salida: a eso llamaron los griegos una aporía.

¿Miente el político? Sí. Necesariamente. Su oficio es generar la eficacia del dominio; no deshilvanar su conocimiento. Decir que un político está instalado en una fortaleza inaccesible a la verdad es tan redundante como enunciar que un círculo exige un centro o que los ángulos de un triángulo suman 180 grados.…  Seguir leyendo »