Gabriel Albiac (Continuación)

Piedras, Templo

El martes 18 de octubre el Consejo Ejecutivo de la Unesco votaba en París la existencia o no de vínculo entre el pueblo de Israel y los sillares y ruinas del Templo de Jerusalén. Lo mismo podía haber sometido a votación popular el vínculo entre el 3 y la serie de los números naturales. Votó que no. Lo cual es tan irrelevante como lo hubiera sido haber votado sí. El voto dirime preferencias subjetivas. La realidad no es votable. Y si un sinsentido así llega a consumarse es que, de modo apenas oculto, se está votando otra cosa. ¿Qué votó aquel día 18 el Consejo Ejecutivo de la Unesco?…  Seguir leyendo »

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La amistad está tejida de libros. Que son el territorio de los hombres libres. Recientemente se ha cumplido un mes desde que murió Gustavo Bueno. A quien tengo por un maestro y un amigo: esos dos dones tan raros en la vida de un hombre. Y tan difícilmente conciliables. A no ser en la biblioteca.

En sus orígenes –escribía Steiner–, «las lecciones de los maestros son las de los sacerdotes». Desmoronada la fe eclesial, lo sagrado hace de la sabiduría su templo. Es una larga historia, que empieza cuando el ateniense Platón se empecina en poner por escrito la doctrina de un maestro, Sócrates, que sólo confiaba en la voz viva.…  Seguir leyendo »

Aquí, en la selva de Bach Ma, latió una vez el corazón de las tinieblas. Era 1968. Cuando sobre Vietnam se fracturaba la segunda mitad del siglo veinte. Conmigo va esa fractura. Va con todos, supongo; los de mi edad, al menos. Con todos los que nunca pisaron esta maleza, victoriosa de la guerra química, igual que con aquellos que perdieron aquí sus años jóvenes. Con los que oyeron y los que no oyeron este desasosegante sollozar de las cigarras, bajo el azogue de una luz en pestañeo. Aquí, a muy pocos kilómetros de Da Nang y Hué, pero infinitamente lejos de cualquier cartografía.…  Seguir leyendo »

Filosofar sin Facultades

¿Quieres, Cebes, que te haga una exposición de mi segunda singladura?», interpela Sócrates al interlocutor que se pregunta sobre cuál sea esa disciplina a la que el maestro viene llamando «filosofía». La propuesta de Sócrates es, como siempre, irónica. «Segunda singladura» habla la jerga de los marineros. Dice el trance más difícil para un navegante. Ése en el cual el viento cesa y cede a una plúmbea calma chicha. Las velas se le truecan en estorbo. Y, al cabo de una espera muerta, no queda otra salvación que el remo: esto es, la recia confrontación de cada hombre con un entorno del cual ya nada espera.…  Seguir leyendo »

Oriente es rojo… medio siglo

Pasaron cincuenta años. Y es como si todo hubiera sucedido en otro mundo. En el tiempo sin tiempo de los mitos. En su subgénero más tenebroso. Era el tiempo en el cual escuadrones de jóvenes implacables imponían la autoridad de Mao en la inabarcable China. Cantaban juveniles himnos: «Oriente es rojo. Mao ama al pueblo…». Y el poder estaba siempre «en la punta del fusil».

1966. Universidad de Pekín. 25 de mayo. Aquel dazibao en poco se diferenciaba de los muchos cartelones políticos que cubrían las paredes. Pero Mao se ha fijado en él para tocarlo y trocarlo en mito. Una joven profesora, protegida de la esposa del Gran Timonel, fue su redactora.…  Seguir leyendo »

El paseante se desliza, como sobre un sueño, por la diagonal de la sala en penumbra; se diría en el interior de una bien medida caverna platónica. ¿De dónde le viene esta luz que impregna todo en resinosa neblina de antorchas?, se pregunta a mitad de su trayecto. Lo sabe: del interior del cuadro, del interior de los cuadros: la luz de una red de candelas se cruza en el punto exacto en el cual él se ha detenido, en el epicentro del hexaedro oscuro que perforan las serenas llamaradas de los lienzos.

Museo del Prado, hermético cubo de Moneo, primer piso.…  Seguir leyendo »

Supo muy pronto que escribir era lo único que amaba. Y para consagrarse a ese silencio de la biblioteca organizó su vida. Sacrificó el resto. Como todo el que escribe. ¿Es monstruoso? Es una enfermedad. Pero el hombre es un animal enfermo. Y cada quien debe pechar con la patología que le impone su destino. ¿Fue feliz? ¿Y qué le importa eso a nadie? ¿Y qué le importa a él siquiera? Fue libre. Envuelto en las palabras, sometido a la hermética disciplina de la sintaxis. Y, eso sí, es lo único que de verdad valió la pena. Para él . Lo único en lo cual la libertad fue algo más que una proclama vacía.…  Seguir leyendo »

Él tuvo 64, de verdad, en 1967. No ahora. Esos sesenta y cuatro melancólicos que corresponde evocar a un chaval de diecisiete que está escuchando por primera vez el Sgt.Pepper’s lonely hearts club band en el vinilo que se trajo un amigo con más fortuna que él de Londres, dentro de una carpeta que es un collage de iconos prodigiosos. En aquellos sesenta y cuatro de entonces, un sereno viejecillo pasea por el parque. Y eso no lo va a tener, desde luego, este de ahora. Nunca. Ni sereno, ni sosegadamente armonizado con el jardín y el pasado, ni aun menos, en el pasado, con su vida.…  Seguir leyendo »

¿Era posible «otro mundo»? Posible no, necesario. Como todo. Yo os lo cuento. No, no yo. Os lo cuenta ese sexagenario al cual arropa la plácida soledad de una decente biblioteca, que es lo único que dejará –a nadie– cuando la puta muerte –que en poco puede concernir a uno que en la biblioteca aprendió a decirse laborioso epicúreo– lo quite, como a cualquier bicho, del camino.

Digamos que os lo cuenta en el intervalo que va del sosiego de las Vísperas de Monteverdi al desgarro del Hurt de Johnny Cash, y de él a la desesperación que crece entre el Summertime de Billie Holiday y el Summertime de Janis Joplin, y de ella a la sobria aritmética que es conmoción en la segunda suite para chelo de Johannes Sebastian Bach.…  Seguir leyendo »

«No nos contentamos con la vida que tenemos en nosotros y en nuestro propio ser». Los espíritus grandes de los siglos XVI y XVII han dado complementarias versiones de esta tragedia primordial de lo humano. Tenemos una vida. No nos gusta. Aun cuando a tantos otros pudiera antojárseles envidiable. Y acallamos el peso de ese desasosiego, poniendo sobre escena y ante nuestros ojos vidas ejemplares. Para bien o para mal. Son las imaginadas vidas de los otros, que acaban por construir nuestro más preciado entretenimiento. No las vidas de verdad: esas, las sospechamos tan insípidas como esta nuestra que hemos silenciado.…  Seguir leyendo »

No fue feliz: ¿a qué le viene al viajero evocar ahora vagos endecasílabos de Borges, en voz baja, frente al crepúsculo minucioso del mar de China? Atrincherado en el artificio, tan convencional, de un paréntesis en lo real ya a punto de cerrarse: es la huida indolente de todos los veranos, la resignada certeza también de aquel que sabe –y él sabe que no puede no saberlo– cómo no hay lugar ya en el cual siga siendo verosímil huir de nada. «¡Cuán grande el mundo a la luz de una bombilla!», ironizaba Baudelaire. «A los ojos del recuerdo, ¡cuán minúsculo el mundo!».…  Seguir leyendo »

Retrato de España, se llama el libro. Mas no hay retrato que no sea enigma. Y a mí, ese título me ha traído al recuerdo una maravillosa carta que, en el año 1674, escribe el segundo abad de Saint-Cyran y maestro espiritual de las monjas de Port-Royal, Martin de Barcos, acerca del más grande retratista francés del siglo XVII, Philippe de Champaigne: «Las pinceladas, por muy bellas que en sí mismas sean, deben ser tomadas en consideración tan sólo en la medida en que estén al servicio de la verdad y la hagan más presente y más viva. Cuando la destruyen y la desfiguran, merecen ser rechazadas y despreciadas, como esas bellas palabras que no hacen más que mentir y engañar a los hombres».…  Seguir leyendo »

«Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!, / y en Roma misma a Roma no la hallas». La Ciudad, que Quevedo sabe ausente, fue imperio, universo casi. Fue. Y en eso cifra el poeta su verdad ambigua: la de haber sido, la de no ser, por tanto. Haber sido en el territorio de leyendas bien trabadas que llamamos historia. Mas Quevedo es lector de San Agustín. Y no puede eludir la endemoniada paradoja que hace, en Las confesiones, del pasado entidad monstruosa que se escurre entre nuestros dedos. Decir qué es lo que fue es formular un imposible: «Pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es él y el futuro no lo es todavía?».…  Seguir leyendo »

«Eso os hará creer… y os embrutecerá». El pasaje de Pascal es misterioso: quizá el que más entre los tantos de ese amasijo de cegadores despojos al cual póstumos editores llamaron Pensamientos. Misterioso, porque Pascal es el espíritu más religioso del Barroco. Y porque el «eso» del cual habla consiste en «hacer como que se cree, tomando el agua bendita, haciendo decir misas». Hay en esa paradoja el peso que pone la falsa evidencia de las palabras usadas fuera de su tiempo: «Embrutecer», abêtir, tiene para el sabio cartesiano un uso insoslayable. «Ser bestia», ser animal, significa en cartesiano ser máquina, ser autómata.…  Seguir leyendo »

«Pon tu bandera a media asta, / recuerdo. / A media asta / el día de hoy y siempre». En la penumbra de la biblioteca y en voz alta, releo el Shibbolethde un Paul Celan siempre acosado por la fuga de muerte y humo que danza sobre la música más alta o la más alta poesía. Y es Israel lo que retorna en la herida enigmática del poeta. Y en la mía, y en la de cualquier hombre de nuestro siglo que no apueste por ser asesino o imbécil. No es política. Es la áspera teología de un ateo, que trata de entender el absoluto, sin ceder a sentimiento ni afecto.…  Seguir leyendo »

Iudeus et Atheista, «judío y ateo», el doble estigma al pie del retrato póstumo de Baruch de Spinoza, da fe de la extrañeza ante el hombre que piensa. Contra todos. Y del ansia por normalizarlo bajo lo ya sabido. Porque aquello que escapa a clasificaciones y sentidos dispara el desasosiego.

Todo en ese grabado de final del XVII es apócrifo. A comenzar por el rostro adusto de elegantes bucles: en ausencia de imagen verídica del filósofo, es un rompecabezas de arquetipos lo que el artista compone en su retrato, que prima la serenidad del gesto, la estoica indiferencia de la mirada.…  Seguir leyendo »

Con el escrúpulo prolijo que debe exigirse a sí mismo un jansenista, Pierre Nicole narra en su Educación de un Príncipe del año 1670 las tres jornadas de estudio a las cuales asistió, un decenio antes, en el castillo de Vaumurier, residencia del duque de Luynes en el valle de La Chevreuse, junto a la abadía de Port-Royal. Quien dicta sus lecciones es un joven matemático en prematura declinación hacia la muerte. Que no habla allí de geometría. Ni siquiera de esa fulminante conversión religiosa, que corta en dos su vida la noche del 23 de noviembre de 1654 y que hace a sus más cercanos considerarlo un santo.…  Seguir leyendo »

Los bibliófilos somos gente no demasiado bien de la cabeza. Hace ahora algo más de dos años, di en la tienda de un anticuario madrileño con un ejemplar de la primera edición de Mi medio siglo se confiesa a medias, de César González Ruano. En su interior, alguien había archivado una colección de recortes del ABC de los años treinta. Jamás toco nada que haya sido confiado a la intimidad de un libro. Antes afrontaría el fin del mundo que alterar aquello que alguien amó lo suficiente como para enterrarlo en ese templo de lo intemporal. Allí quedaron las hojas amarilleadas, frágiles como las alas de una polilla muerta hace ya mucho.…  Seguir leyendo »