Ignacio Peyró

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Vivíamos mucho peor con Diocleciano, pero quien hoy siga considerándose católico tendrá que conllevar algún que otro estupor. En apenas dos generaciones hemos pasado del catolicismo unánime a la ruptura en la transmisión de la fe: los abuelos tal vez rezaban el rosario en familia, pero los nietos ya no han sido bautizados. A mediados del XIX, el poeta Matthew Arnold escuchaba la bajamar de la fe en Inglaterra como “un clamor largo y melancólico”: por contraste, en España, el proceso de secularización ha sido mucho más tardío pero mucho más veloz. La contestación a la antropología cristiana ya es mayoritaria tanto en la política como en la sociedad españolas: este fenómeno, quizá previsible en países noreuropeos, lo era mucho menos en un país de monocultivo eclesiástico, y sin embargo el catolicismo ha perdido batalla tras batalla cultural desde la Transición.…  Seguir leyendo »

Imagen de Eugene Smith dentro del reportaje para la revista 'Life' sobre la vida en España en 1951.

Los franceses hablaron de “la España indolente”, los anglosajones se saben de memoria las palabras “mañana, mañana” y hasta un observador tan transparente como Brenan no se resiste a mencionar las mancebías presididas por una imagen de la Virgen. Cada país ha generado sus lugares comunes, su leyenda negra y su leyenda rosa, y si la mirada extranjera leyó a Cervantes y prestigió a Goya, también iba a resumir la vida a la española como —según leemos en Richard Ford— “una vida dedicada al ocio y entregada a la conversación, la siesta, el paseo, la música y la danza”.

Llegada en fecha tardía a los itinerarios cultos europeos, España iba a ser menos un país de belleza que un país de autenticidad y color local: el arraigo de nuestros tópicos es tan hondo que —antes de 1850—, el propio Ford se lamenta de que en el país apenas se vean ya ni monjes ni mantillas.…  Seguir leyendo »

Yo nací, perdonadme, con Suárez

Al hablar de la época en la que vino al mundo, Ronald Knox escribe: “Solo quienes nacimos bajo la reina Victoria sabemos lo que es asumir, de modo natural, que Inglaterra es la primera de las naciones, que los extranjeros importan poco y que, si ocurre lo peor, lord Salisbury mandará los barcos”. Quienes nacimos durante la Transición española no estábamos destinados a tanta facundia, pero el futuro sí nos había previsto un lugar seguro: una España que ya no tenía por qué helarnos el corazón y que, de hecho, se iba a convertir, después de mucho tiempo, en uno de los lugares más afortunados en los que aterrizar a la vida.…  Seguir leyendo »

Situado en el centro de Kiev, el Complejo Avalón ofrecía todas las complicaciones que puede requerir la vanidad contemporánea, del salón de bronceado al spa y de la barra de sushi a la coctelería fina o el karaoke. En esa paella mixta de placeres, sin embargo, solo uno le había dado su prestigio: una terraza con vistas —en verdad espléndidas— al atardecer. No era, sin duda, la única atalaya de la ciudad: a Kiev le gusta mirarse y remirarse, y raro será el terrado que no abre una perspectiva para ver las cúpulas de cebolla de sus monasterios o el discurrir de su río en plena majestad.…  Seguir leyendo »

Pocos han querido para sí la soledad, pero quizá por esa exigencia selecta -hasta los cartujos se precian de su ‘parvus numerus’- ha habido soledades con prestigio. Pensemos en el retiro libresco de Montaigne, en el consuelo de Maquiavelo con los clásicos, en la cueva de Manresa que iluminó, hace ahora quinientos años, a San Ignacio de Loyola. Por haber, ha habido incluso soledades a la moda, y el solitario romántico ha conocido no poca fortuna en el devocionario pop: para el ego del adolescente, nada más propio que el ‘Caminante’ de Friedrich ante el abismo sublime de su mar de nubes.…  Seguir leyendo »

Una lección victoriana

La almendra central de Londres ha sido al mismo tiempo salón ceremonial del Imperio, colmena del alto funcionariado del país, arco del triunfo de mil batallas y cenotafio de los caídos en tantas otras. Por la parte de Kensington y Hyde Park –de tanto regusto victoriano–, lo difícil, sin embargo, es no pensar que el urbanismo se puso al servicio de una historia de amor. Las iniciales de Victoria y de Alberto se entrelazan en los Jardines Italianos, regalo en mármol de Carrara de un príncipe que también fue jardinero. La propia reina Victoria se iba a encargar de que el Hall de las Artes y las Ciencias, bautizo mediante, se convirtiera en el homenaje a su marido del Royal Albert Hall.…  Seguir leyendo »

Con algo de equivalente británico de las golondrinas de Bécquer, los versos de William Wordsworth a los narcisos han sido votados -hasta para la lírica hay sondeos- uno de los poemas más cercanos al corazón de los ingleses. Son unas estanzas escritas, hace ya dos siglos, en fechas como estas. El poeta paseaba con su hermana por una región -el Distrito de los Lagos- cuya belleza no tardaría en ser célebre, cuando de pronto los vio: un prado de narcisos, entre las ramas y el agua, ‘girando y bailando, casi como si rieran, felices y cambiantes, con el viento que soplaba a su través’.…  Seguir leyendo »

Galdós y Goya, España y libertad

Shakespeare relee a Plutarco, Sterne imita a Cervantes, la modernidad española recauchuta la poesía del Siglo de Oro y el pintor Turner luchará para exponer un cuadro junto a una de las fugas de luz de su maestro Claudio de Lorena. Transmisión y emulación: hay algo reconfortante en la piedad con que los discípulos pagan a sus maestros el tributo del reconocimiento, del mismo modo que hay algo hermoso en la consideración de la filiación artística como afecto inmune al tiempo. Tomemos a Goya y Galdós: uno muere en 1828, el otro nace en 1843. Ni un solo día coinciden sus vidas, pero al leer el Episodio Nacional de «La corte de Carlos IV» volvemos los ojos al cuadro de «El Prado», de igual modo que el gesto crítico de «Los fusilamientos» nos remite al Gabriel Araceli que salva su muerte en «El 19 de Marzo y el 2 de Mayo».…  Seguir leyendo »

Si aceptamos que de los buenos sentimientos no nace buena literatura, también habrá que observar cómo la literatura más alta –de los griegos a Shakespeare, de Cervantes a Dickens o Galdós– es inseparable de una piedad fundacional. Malparada en sus connotaciones, poco mencionada entre nosotros, la piedad, sin embargo, es la mirada que –al afianzar la igualdad radical de los hombres– hace posible la justicia. Por supuesto, como sabía Hobbes, no necesitamos muchas más pruebas para asumir nuestra igualdad que nuestra capacidad para matarnos los unos a los otros. Pero la piedad, en último término, según escribe Jiménez Lozano, «cuenta como una categoría del mero conocer la realidad».…  Seguir leyendo »

Hacia 1820 y 1830, los españoles exiliados en Londres quizá fueran gentes —como observa Galiano— “erradas por lo común en las doctrinas”, pero al menos se encontraban “puros del ruin delito de la corrupción” y “en situación de honrosa indigencia”. Sus ideas liberales en nada parecían chocar con la pervivencia de esa moral hidalga: Pecchio confirma que cada uno de ellos lucía su pobreza como un triunfo, en tanto que Carlyle los describe paseando su “condición trágica” con la dignidad de “leones númidas enjaulados”. Dos siglos después, se hace difícil pasar por Euston Square sin dedicar un pensamiento a aquellos “españoles desdichados” que tuvieron que acogerse “a cielos tan distintos a los suyos”.…  Seguir leyendo »

Si 1992 fue un año para el optimismo español, en Gran Bretaña iba a quedar -son palabras de Isabel II- como un «annus horribilis»: cuando un país celebraba la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos, el otro sufría el Miércoles N egro de la libra esterlina o el descrédito sin vuelta atrás del partido en el poder. Para afirmar que no recordaría el 92 «con placer rebosante», la Reina tenía, sin embargo, motivos más inmediatos que el abandono del sistema cambiario europeo: los matrimonios de sus hijos y su hermana estaban rotos o por romperse, los escándalos se sucedían, la familia zozobraba.…  Seguir leyendo »

El historiador debe mantener hacia su objeto de estudio un punto de vista no determinista, de tal modo que -en la hermosa frase de Huizinga- "si escribe sobre Salamina, tiene que hacerlo como si los persas aún pudieran ganar". De las Termópilas al Canal de la Mancha, no es sólo que el futuro no esté escrito: a veces debemos humillarnos para aceptar el carácter no necesario de la Historia, el misterio que -habla Owen Chadwick- anida en cada uno de sus acontecimientos mayores. Desembarco de Normandía: "La más ambiciosa operación en la historia de la guerra", según Beevor. Y, a la vez, una providencia ignota quiso que Rommel no estuviera, que los alemanes se relajaran, que el apabullante contingente armado reunido en el sur de Inglaterra pasara desapercibido para la Luftwaffe, que los meteorólogos del Eje anduvieran errados.…  Seguir leyendo »

Meditación sobre la Hispanoesfera

Para algunos países es una desdicha carecer de imagen propia; para otros, pareciera que el riesgo está en tener una imagen demasiado fuerte. Con un perfil consistente ante el mundo, a los españoles tal vez nos tienta el pensamiento de proyectar un perfil más complejo a nuestros propios ojos que a la mirada ajena. Este es lujo propio de países viejos. Ante nuestros pares, sin embargo, hemos sido en distintos tiempos el pueblo más festivo y más ruidoso y también la estampa misma de la gravedad y la circunspección; del mismo modo, nuestra vida pública se ha juzgado paralizada por un sentido oriental del honor tanto como movida por el interés y la astucia.…  Seguir leyendo »

La derecha en la jungla

Quebrantar sus principios más inamovibles es una tradición compartida por izquierdas y derechas. Apenas media un lustro entre el PSOE marxista y el PSOE de la reconversión industrial. Donde Mitterrand tuvo que abrazar la rigueur, Zapatero se vio obligado a abrazar la austeridad. Y si el Nuevo Laborismo llegó a recibir el mote de blatcherita, la socialdemocracia alemana —con la Agenda 2010— consumaría un giro liberal. No solo ocurre en la Europa de Tsipras: de Lula a Humala, la revolución nunca fue lo que iba a ser.

Hay que ir caso por caso, pero quizá debamos algo a esos heterodoxos de partido que propiciaron ortodoxias de la política aceptables para cada época.…  Seguir leyendo »

I. Los viajeros por Gran Bretaña han puesto tanto ingenio y entusiasmo en el reproche que los denuestos contra la cocina nacional alcanzan el grosor de un subgénero literario. Baste referir que entre los testimonios más misericordiosos que podemos encontrar está el de James de Coquet, para quien la culinaria británica sería buena de no estar, por lo habitual, "celosamente escondida". A nuestro Camba le honra, como a Paul Morand, haber echado un capote espiritual a unos británicos con la autoestima gastronómica siempre escocida: ahora nadie duda de que en Reino Unido se come, nacional o foráneo, de modo extraordinario. Los clichés culturales tienden a perpetuarse, sin embargo, aunque hoy en las islas se beba más café que té, haya más práctica católica que anglicana y convivan el tweed con los vaqueros y las onzas con los gramos.…  Seguir leyendo »

«Los niños arruinan la Navidad», «Por qué voy a pasar de la Navidad», «Declaremos la guerra a la Navidad»: de juzgar por sus titulares, el episodio bíblico que los columnistas de The Guardian conmemoran el 25 de diciembre se parece menos al nacimiento de Jesucristo que a las Lamentaciones de Jeremías, y uno imagina que la copa navideña de su redacción debe de emanar el mismo buen rollito que los momentos más desesperados del Libro de Job. Por supuesto, detestar la Navidad es una inclinación tan vieja como la misma Navidad: Herodes, por ejemplo, ya se mostró poco partidario. Y si cada época ha tenido su modo de vivir las navidades, quizá el propio de la nuestra sea la complacencia que mostramos al detestarlas.…  Seguir leyendo »

Cuando Isabel II y Felipe VI saluden a las buenas gentes de Londres, alguno recordará aquella vieja frase según la cual «la monarquía endulza la política con la justa adición de acontecimientos hermosos». La consideración es de Walter Bagehot, autor de ese oráculo victoriano –La Constitución inglesa– que iba a alzar el entramado teórico sobre el cual todavía reposan las monarquías parlamentarias del mundo. En virtud de la ligereza que acompaña lo mejor de lo británico, su libro aún se lee como «una charla amena» y no como un áspero digesto. Y, ante todo, nos sirve para pensar en la monarquía moderna menos como construcción racional, hija de la abstracción, que como institución razonable, hija de la experiencia de la historia.…  Seguir leyendo »

Londres y el amor por la libertad

Durante siglos, el amor por Londres ha ido de la mano del amor por la libertad. «Madre de extranjeros y amparo de desvalidos», la llama Antonio Alcalá-Galiano, prohombre de aquella «España constitucional, vencida y prófuga» que tuvo que acogerse «a las nieblas hórridas / del frío Támesis» por huir de la tiniebla absolutista. Sus páginas todavía mueven a la emoción, como las de tantos españoles eminentes que, allá por el primer tercio de nuestro siglo XIX, otorgaron a Londres uno de sus insospechados atributos: el de convertirse, a juicio de Vicente Llorens, en «el centro intelectual de España». Al dar testimonio del afecto de las gentes inglesas, de la simpatía por su causa liberal, de tantas cuestaciones públicas –bien aventadas por The Times– para el sostenimiento de los exiliados, Alcalá-Galiano no puede más que confesar que «ningún pueblo aventaja ni aun iguala al británico en caridad».…  Seguir leyendo »

Existe un «mundo de ayer» a la española, como si la Historia hubiese querido plantar –desde Italia hasta el Pacífico– suspiros de España en todo el globo. Es una cartografía sentimental que todavía podemos recorrer. Se hace presente en aquella «España en chiquitito» que fue Tánger, en la casona del gobierno general de Ifni. Nos sorprende en esos colmados que, allá en Fernando Poo, llaman aún «abacerías», con una pureza de lengua que ya nos ha abandonado. Está lo mismo en una plaza de Palermo que en cierta iglesia de los agustinos en Manila, o en la lejanía –entre Australia y Nueva Guinea– del estrecho de Torres, que la nomenclatura inglesa no logró rebautizar.…  Seguir leyendo »

«La civilización avanza lentamente» –escribe Morand en sus Diarios– «y después, en ocho horas retrocede ocho siglos». El 25 de diciembre de 1914, ante el pasmo de sus respectivos Estados Mayores, soldados británicos, franceses y alemanes abandonaron sus trincheras para intercambiar prisioneros, víveres, pitillos, algún dulce. Era la célebre Tregua de Navidad de la Gran Guerra y allí se cantaron villancicos y no dejaron de improvisarse partidos de fútbol. Justo un año después, en la Nochebuena de 1915, un sargento británico avanzaba hacia las líneas enemigas para confraternizar con la tropa alemana. Esta vez cayó abatido –un balazo– en la tierra de nadie.…  Seguir leyendo »