Ignacio Peyró

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de mayo de 2009. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

La derecha en la jungla

Quebrantar sus principios más inamovibles es una tradición compartida por izquierdas y derechas. Apenas media un lustro entre el PSOE marxista y el PSOE de la reconversión industrial. Donde Mitterrand tuvo que abrazar la rigueur, Zapatero se vio obligado a abrazar la austeridad. Y si el Nuevo Laborismo llegó a recibir el mote de blatcherita, la socialdemocracia alemana —con la Agenda 2010— consumaría un giro liberal. No solo ocurre en la Europa de Tsipras: de Lula a Humala, la revolución nunca fue lo que iba a ser.

Hay que ir caso por caso, pero quizá debamos algo a esos heterodoxos de partido que propiciaron ortodoxias de la política aceptables para cada época.…  Seguir leyendo »

I. Los viajeros por Gran Bretaña han puesto tanto ingenio y entusiasmo en el reproche que los denuestos contra la cocina nacional alcanzan el grosor de un subgénero literario. Baste referir que entre los testimonios más misericordiosos que podemos encontrar está el de James de Coquet, para quien la culinaria británica sería buena de no estar, por lo habitual, “celosamente escondida”. A nuestro Camba le honra, como a Paul Morand, haber echado un capote espiritual a unos británicos con la autoestima gastronómica siempre escocida: ahora nadie duda de que en Reino Unido se come, nacional o foráneo, de modo extraordinario. Los clichés culturales tienden a perpetuarse, sin embargo, aunque hoy en las islas se beba más café que té, haya más práctica católica que anglicana y convivan el tweed con los vaqueros y las onzas con los gramos.…  Seguir leyendo »

«Los niños arruinan la Navidad», «Por qué voy a pasar de la Navidad», «Declaremos la guerra a la Navidad»: de juzgar por sus titulares, el episodio bíblico que los columnistas de The Guardian conmemoran el 25 de diciembre se parece menos al nacimiento de Jesucristo que a las Lamentaciones de Jeremías, y uno imagina que la copa navideña de su redacción debe de emanar el mismo buen rollito que los momentos más desesperados del Libro de Job. Por supuesto, detestar la Navidad es una inclinación tan vieja como la misma Navidad: Herodes, por ejemplo, ya se mostró poco partidario. Y si cada época ha tenido su modo de vivir las navidades, quizá el propio de la nuestra sea la complacencia que mostramos al detestarlas.…  Seguir leyendo »

Cuando Isabel II y Felipe VI saluden a las buenas gentes de Londres, alguno recordará aquella vieja frase según la cual «la monarquía endulza la política con la justa adición de acontecimientos hermosos». La consideración es de Walter Bagehot, autor de ese oráculo victoriano –La Constitución inglesa– que iba a alzar el entramado teórico sobre el cual todavía reposan las monarquías parlamentarias del mundo. En virtud de la ligereza que acompaña lo mejor de lo británico, su libro aún se lee como «una charla amena» y no como un áspero digesto. Y, ante todo, nos sirve para pensar en la monarquía moderna menos como construcción racional, hija de la abstracción, que como institución razonable, hija de la experiencia de la historia.…  Seguir leyendo »

Durante siglos, el amor por Londres ha ido de la mano del amor por la libertad. «Madre de extranjeros y amparo de desvalidos», la llama Antonio Alcalá-Galiano, prohombre de aquella «España constitucional, vencida y prófuga» que tuvo que acogerse «a las nieblas hórridas / del frío Támesis» por huir de la tiniebla absolutista. Sus páginas todavía mueven a la emoción, como las de tantos españoles eminentes que, allá por el primer tercio de nuestro siglo XIX, otorgaron a Londres uno de sus insospechados atributos: el de convertirse, a juicio de Vicente Llorens, en «el centro intelectual de España». Al dar testimonio del afecto de las gentes inglesas, de la simpatía por su causa liberal, de tantas cuestaciones públicas –bien aventadas por The Times– para el sostenimiento de los exiliados, Alcalá-Galiano no puede más que confesar que «ningún pueblo aventaja ni aun iguala al británico en caridad».…  Seguir leyendo »

Existe un «mundo de ayer» a la española, como si la Historia hubiese querido plantar –desde Italia hasta el Pacífico– suspiros de España en todo el globo. Es una cartografía sentimental que todavía podemos recorrer. Se hace presente en aquella «España en chiquitito» que fue Tánger, en la casona del gobierno general de Ifni. Nos sorprende en esos colmados que, allá en Fernando Poo, llaman aún «abacerías», con una pureza de lengua que ya nos ha abandonado. Está lo mismo en una plaza de Palermo que en cierta iglesia de los agustinos en Manila, o en la lejanía –entre Australia y Nueva Guinea– del estrecho de Torres, que la nomenclatura inglesa no logró rebautizar.…  Seguir leyendo »

«La civilización avanza lentamente» –escribe Morand en sus Diarios– «y después, en ocho horas retrocede ocho siglos». El 25 de diciembre de 1914, ante el pasmo de sus respectivos Estados Mayores, soldados británicos, franceses y alemanes abandonaron sus trincheras para intercambiar prisioneros, víveres, pitillos, algún dulce. Era la célebre Tregua de Navidad de la Gran Guerra y allí se cantaron villancicos y no dejaron de improvisarse partidos de fútbol. Justo un año después, en la Nochebuena de 1915, un sargento británico avanzaba hacia las líneas enemigas para confraternizar con la tropa alemana. Esta vez cayó abatido –un balazo– en la tierra de nadie.…  Seguir leyendo »

Gautier vio a España como «el país de la igualdad», Havelock Ellis habla de nuestro país como «la tierra del romanticismo» y el viajero Ford no deja de alabar la «altiva independencia» de su pueblo llano. En la lotería de los caracteres nacionales, los españoles no hemos salido del todo malparados: puestos a posar ante el mundo, quizá haya peores cosas que hacerlo como gentes apasionadas y libérrimas, si acaso un punto levantiscas. De hecho, en la celebración o en el vituperio, nuestra épica nacional –tan arrumbada estos días– y nuestra leyenda negra comparten no pocos ingredientes. Reconquista y conquista, inquisidores y liberales, guerrilleros y maquis: para bien y para mal, extranjeros y españoles hemos coincidido en juzgarnos como un país de individualidades exaltadas y celosas.…  Seguir leyendo »

Gran estadista de la pequeña Bélgica, Paul-Henri Spaak se tomó el trabajo de viajar a Londres para exponer ante Rab Butler, omnipotente ministro de Hacienda británico, las promesas políticas del proyecto europeo. Mediaban por entonces los años cincuenta. Reino Unido disponía aún de un amplio espacio colonial y –tras su liderazgo moral en la guerra- gozaba de una serena auctoritas sobre el continente. Apagadas las llamadas churchillianas en pro de una Europa unida, Butler iba a adoptar su mejor pose de imperturbabilidad cuando Spaak intentó “excitar su imaginación” con las posibilidades de la Europa naciente. “No le hubiese sorprendido más’, concluyó el belga, ‘de bajarme los pantalones delante de él”.…  Seguir leyendo »

En las elecciones generales de 1992, John Major -primer ministro por herencia- quiso revitalizar una campaña electoral desfalleciente y recurrió a un gesto inmemorial en la política británica: subirse a una tarima improvisada y, megáfono en mano, pedir el voto a las buenas gentes que caminaban por Cheltenham. En un hombre más reputado por su grisura que por sus arrebatos pasionales, el arranque recibió no poca alabanza. Y tal vez incluso contribuyera a la victoria electoral que en último término cosechó.

Ocurre, sin embargo, que el propio Major, como tantos políticos británicos durante generaciones, también había tenido que comenzar su carrera encaramado a una soapbox (caja improvisada como tribuna) en pose de predicador.…  Seguir leyendo »

Robert Byron le acusó de escribir como el hijo de un tendero, Pepys bostezó con El sueño de una noche de verano, Tolstoi glosó por extenso el mucho enfado que le causaba y Voltaire no deja de ver HamletHamlet!- como una pieza bárbara y vulgar. Osbert Sitwell, por su parte, lo definió como “un dramaturgo isabelino cuyas piezas todavía se representan en los barrios pobres de Londres”. En cuanto a Bernard Shaw, fustigador célebre, recalca que William Shakespeare era un magnífico contador de historias, siempre -eso sí- que alguien las hubiera contado antes que él.

Por supuesto, la crítica del tiempo ha devuelto a Bernard Shaw a su humildad -Eliot dijo que “la música mejora sus obras”-, pero no pocos bardólatras han sentido un sinsabor al comprobar que el monumento fúnebre de Shakespeare nos lo presenta bajo la efigie de un “despiezador de cerdos”.…  Seguir leyendo »

En su memorable libro sobre las cicatrices de la Gran Guerra, Paul Fussell da fe de una ironía sorprendente. Los soldados de mayor valentía y eficacia en la batalla no fueron- contra lo que pudiera esperarse- los muchachos más aguerridos, malencarados o violentos, sino, por el contrario, los más aniñados y lampiños. Según argumenta Fussell, la razón es simple: los soldados con más limitaciones en su contra eran los que más tenían que esforzarse por demostrar su valía. Y fue ese pundonor imprevisto el que detonó su heroísmo y llenó de medallas sus pecheras.

De las trincheras a la política, el caso de David Cameron no deja de mostrar afinidades con el de esos chicos de los que nadie esperaba demasiado.…  Seguir leyendo »

Existen no pocas distancias e ironías entre lo que creemos reclamar de los políticos y lo que -para bien o para mal- finalmente reclamamos de ellos. Valga como ejemplo una virtud en plena bajamar: pedir gravedad a nuestros hombres públicos parecería hoy un propósito tan desnortado como pedirle contención verbal a un tuitero o una licenciatura en Bíblica Trilingüe a Neymar. Sin embargo, tras ir serpeando de Cicerón a los Padres Fundadores y de Maquiavelo a De Gaulle, aquella antigua gravitas de estirpe republicana aún mantiene un cierto prestigio residual. Incluso en tiempos de política más bien lampiña, todavía juzgamos a los políticos por su elocución -por su empaque y compostura- en la tribuna.…  Seguir leyendo »

La monarquía del bienestar

Se bebe más café que té, hay más fervor papista que anglicano, los sastres londinenses visten menos a los duques que a los jeques y -para espanto de victorianos- hasta el sistema métrico decimal ha hecho avances sustantivos. De la reina Victoria a la reina Isabel, no hay casi nada que no haya cambiado en Gran Bretaña: la emperatriz de la India ejercía su dominio sobre “un continente, cien penínsulas, dos mil ríos y diez mil islas”; la Cabeza de la Commonwealth, sobre una docena de caprichos geográficos y paraísos fiscales.

Entre una y otra soberana, la pacatería decimonónica se ha abandonado a las sombras de Grey e incluso Escocia ha pasado del romanticismo de las Highlands a plantear su independencia.…  Seguir leyendo »