Íñigo Arredondo

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Agujeros de bala en un santuario de la comunidad El Aguaje, luego de un enfrentamiento entre grupos del crimen organizado en Aguililla, estado de Michoacán, en abril. (Enrique Castro/AFP vía Getty Images)

En enero de 2007, solo unas semanas después de comenzar su mandato y declarar la guerra al narcotráfico, el entonces presidente de México, Felipe Calderón, acudió a una base militar del estado de Michoacán vestido como soldado para felicitarlos por los primeros operativos de la estrategia que marcaría el relato de un país que había sustituido a Colombia como el lugar de los grandes cárteles de la droga. De esa escena de triunfalismo prematuro, lo único que ha permanecido en estos 15 años ha sido la superposición entre el poder civil y militar representada en el uniforme presidencial. El resto del discurso de Calderón ha sido una profecía autocumplida: el país que él inventó estaba sumido en una emergencia de seguridad por el poder de capos de la droga, hoy sufre los años más violentos de su historia moderna.…  Seguir leyendo »