Jesús Casquete

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Produce cierto desasosiego escuchar en boca de políticos recién incorporados a las instituciones representativas apelaciones a la calle como el ámbito donde han de dirimirse cuestiones políticas fundamentales del país. La calle sería la tribuna del pueblo, y ellos sus exégetas privilegiados. En democracia la toma de decisiones es lenta y tediosa por definición; en ausencia de mayorías suficientes resulta además imprescindible entretejer compromisos con quienes piensan de forma diferente. Para acortar los tiempos no habría nada —postulan entre líneas los valedores de esta apuesta postdemocrática de la política— como tomar el pulso a la ciudadanía reunida en la esfera pública y acceder así a su voluntad, o mejor a la voluntad de un pueblo del que esos mismos políticos se apresuran a erigirse en valedores; el resto de representantes no serían más que traidores a los intereses de una mayoría que, por cierto, no les ha concedido la gracia de su voto en las elecciones.…  Seguir leyendo »

El prestigioso historiador Theodor Mommsen fue requerido en los años ochenta del siglo XIX para sumarse a la lucha contra los prejuicios, actitudes y prácticas antijudías que se abrían paso en su país, Alemania. Un compatriota, Wilhelm Marr, acababa de fundar la Liga Antisemita, incorporando de paso el término “antisemitismo” al vocabulario mundial. Mommsen respondió a la solicitud en los siguientes términos: “Se equivocan si creen que se puede lograr algo mediante la razón… Los antisemitas sólo prestan oídos a su odio y a su envidia, a sus instintos más ruines… [El antisemitismo] es una epidemia terrible, como la del cólera: no es posible explicarla ni curarla.…  Seguir leyendo »

Berlín, octubre de 1932. En el clima guerracivilista que reina en vísperas del acceso de Hitler al poder, la lucha por la calle a muerte entre nacionalsocialistas por un lado, e izquierdas varias por otro lado, se cobra una nueva víctima. Se trata de Richard Harwik, miembro de las SA. En su camino se había cruzado un comunista. Los dos se enzarzaron en una discusión envenenada por el alcohol. Uno grita “¡Heil Hitler!”, el otro ¡Heil Moscú!. El primero recurre a su bicicleta como ariete, a lo que el segundo replica con un puñetazo que dio con el nazi en el suelo, con tan mala fortuna que se golpeó mortalmente en la caída.…  Seguir leyendo »

Una democracia robusta requiere del compromiso permanente de sus ciudadanos con la cosa pública. La concurrencia periódica a las urnas es uno de los modos de canalizar la participación, pero en modo alguno el único para insuflar vitalidad al sistema. En la medida que es fiel reflejo de sociedades civiles dinámicas, en sistemas democráticos el recurso a la política de calle es un mecanismo adicional a disposición de los ciudadanos.

Si el ámbito resolutivo de la política se muestra obstinadamente incapaz de dar curso a las demandas ligadas al interés público sentido por una parte más o menos amplia de la sociedad, entonces a los ciudadanos les asiste el derecho de movilizarse en la esfera pública.…  Seguir leyendo »

Jamás seremos capaces de solventar la duda de qué suerte hubiese corrido el fenómeno terrorista en el País Vasco-Navarro si la glorificación de los etarras por parte del nacionalismo radical no hubiese encontrado la permisividad política, judicial y social de que ha venido disfrutando durante demasiado tiempo.

La pregunta al respecto de las trabas que desde el Estado de derecho se pueden legítimamente poner a la espiral de violencia en todo lo que tiene que ver con el ensalzamiento de los gudaris ha irrumpido tarde en las agendas política y mediática, aunque tal vez no demasiado tarde.

El diccionario de la Real Academia Española recoge dos acepciones encontradas del verbo “glorificar”: 1) hacer glorioso a algo o alguien que no lo era; y 2) reconocer y ensalzar a quien es glorioso tributándole alabanzas.…  Seguir leyendo »