Joaquín Pérez Azaústre

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de Marzo de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

Aprecio en las señales de mi cuerpo los presagios de lo que vendrá. No siempre seré joven, no siempre seré fuerte. De hecho, ya no soy joven, a pesar de lo que opinen mis amigos de setenta años. Precisamente eso, tener amigos de setenta años –pero no ahora, sino desde que comencé a escribir–, es uno de los más inmensos dones recibidos por mi vocación: alcanzar una cercanía honda en la amistad, compartiendo noches de vino y rosas pálidas entre conversaciones con poetas y escritores que te sacan más de cuarenta años. Esa gozada. Poder intercambiar opiniones, credos y gintonics con gente que has leído con veneración y contarle lo mal que lo has pasado, o tu liberación, tras volver a dejarlo con la novia.…  Seguir leyendo »

Vivimos el acecho a lo sensible, una mitomanía del sentimiento vago. Y escribo vago en una doble dirección, como una nebulosa de inexactitud y pereza. No es que yo desestime la sensibilidad, pero atribuirle propiedades terapéuticas para la gestión de un país sólo puede acabar en la cursilería emocionante de cualquier poema panfletario. Esto tiene mucho que ver con la nunca suficientemente recordada afirmación de Pedro Sánchez en torno a una quimérica –entonces– vicepresidencia de Pablo Iglesias y su insomnio moral. No sabemos si ahora ha conseguido conciliar el sueño, aunque seguramente sí, porque es hombre de tranquilidades éticas adaptables a las circunstancias; pero lo que no se recalcó lo bastante, a pesar del cambio una presidencia después, fue esa declaración reconvertida en algodón de azúcar del espíritu.…  Seguir leyendo »

Fernando Simón es un hombre al acecho de su divinidad. Nunca un santo laico fue canonizado en menos tiempo y en unas circunstancias tan adversas, que al final sólo llevan a la demolición o al santoral. Han bastado un par de carraspeos por brizas de una almendra por tragar, unas cuantas camisas arrugadas de lino con su rastro de siesta en la pechera, un mapa de sonrisas en plan Joker que deja el maquillaje para volver a la España vaciada y 28.403 muertos oficiales, para que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias se haya convertido más en una aureola que en un rostro, más en una creencia que en un epidemiólogo, mucho más en un santo que en un hombre.…  Seguir leyendo »

Vuelven los fachas. Estaban justo ahí, apolillados, con sus codos artríticos. El desconfinamiento los ha ido sacando de su encierro doble: el del coronavirus y el interno, porque el facha se esconde en su caverna y, cuando sale, trata de camuflarse en la selva demócrata. Una pulserita por aquí, un cuello del niqui por allá. Porque llevar tirantes con la banderita te puede salir caro, como nos enseñó Rodrigo Lanza. Pero hoy en día, con el coronavirus, a falta de éxitos deportivos fulgurantes, pueden llevarla a las caceroladas.

Ésta sería la lectura que hace mucha gente de las manifestaciones contra la gestión del Gobierno de Sánchez durante la pandemia.…  Seguir leyendo »

A quien redacte los comunicados de Plácido Domingo habría que darle el Premio Nobel de Literatura en la misma ceremonia que premie a José Luis Ábalos con el Nobel de la Transparencia y a Pedro Sánchez con el de la Sinceridad. Sería un espectáculo, porque la pareja estaría dispuesta a abrir el baile, recoger la medalla y regresar a celebrarlo a la Moncloa, paseando por la fuente de Guiomar. Sin embargo, dudo que el hacedor de las primeras y las últimas –por ahora– palabras del tenor sobre sus –antes presuntos– abusos sexuales acudiera a Estocolmo, a no ser que lo hiciera para recluirse en la coctelería Pharmarium, sin coronavirus, pero encadenando dry martinis para olvidar.…  Seguir leyendo »

El día que mataron a Gregorio Ordóñez se nos estrangularon las palabras. Algo nos sacudió de una forma distinta, áspera y mordiente. Algo se nos rompió en la respiración de lo probable, con aquella pureza diluida en el agua sucia de las alcantarillas. La mañana se había oscurecido definitivamente y los chicos valientes con la chispa en los labios, que venían a llevarse la vida por delante, como Gregorio Ordóñez, tenían asegurado un disparo en la nuca. Eran días más turbios de lo que pensábamos, días de furia entre los soportales de un mutismo impuesto por los ejecutores y por sus voceros, que no tenían empacho en demostrar que las apariencias no engañan.…  Seguir leyendo »

Destruyamos a un hombre. Es muy fácil. Es tremendamente fácil. No hace falta matarlo, ni darle una paliza. Ni siquiera acusarlo formalmente. Tampoco es necesaria una denuncia. Bastará verter sobre su imagen la sospecha de maltratador, acosador o violador. Si añadimos pederasta tendremos pleno al quince. Cualquiera de estas conductas es terrible: terrible en el rescoldo de una intimidad, en el autorretrato ante el espejo de cualquier hombre ético, y ante la alarma pública. Es lo peor que puede ser un hombre. Precisamente por eso, por la gravedad de estos crímenes, hemos llegado a un punto en el que bastará con nombrar cualquiera de ellos y vincularlo a un rostro, a una imagen, a una identidad, para volarla en pedazos, para enlodarla en un fango que se adhiere a la piel con el convencimiento del betún.…  Seguir leyendo »